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Andrés Lewin

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 07/03/2016
80
Andrés Lewin

 

1. Andrés Lewin era un cantautor que no se parecía a nadie y producía una especie de irresistible emoción entre los que oíamos sus canciones. Falleció el 5 de enero pasado a los 37 años. Murió como consecuencia de algo extraño, inaudito, inexplicable, algo sobre todo repentino, y que bien podría haber sido el título de una cualquiera de sus canciones: tenía un tumor en el corazón. “Tumor en el corazón”, por Andrés Lewin. Muchos de nosotros habríamos escuchado esa canción, de existir. Aunque bien mirado, muchas de las canciones de Andrés Lewin podrían haber llevado ese título. Era único, de veras. Era neurótico y divertido, poseía un humor fino, obsesivo a veces, irónico, y se plegaba a una ternura fatídica, la que anhela siempre que las cosas se repitan para disfrutarlas de nuevo o para cumplir una oportunidad perdida. Escribía, componía, hacía cine, fotos, tenía proyectos que montaba con la misma facilidad que los desmontaba. Sus letras necesitaban de una segunda ocasión, y cuando se escuchaban por segunda vez, se metían dentro de uno, se quedaban para siempre, y los que acudíamos a sus conciertos no nos cansábamos de escucharlas, porque ya las teníamos memorizadas, genetizadas, y formaban parte de una singular comunión con su autor. Los amigos y familiares que estábamos en el cementerio judío de Hoyo del Manzanares el 6 por la mañana, con frío y pesar, teníamos en la cabeza alguna de sus estrofas, alguna de sus sintonías, y rememorábamos el hablar pausado, bromístico, inesperado y súbito con que Andrés jalonaba su discurso. Tres ciudades en su vida: Buenos Aires donde nació, Tel Aviv donde vivió una parte de su infancia y donde luego tuvo momentos claves de su vida personal, y Madrid, ciudad dura y arisca que tardó en dejarse seducir por él, pero al final lo hizo: no eran infrecuentes sus conciertos en la capital en los locales más simbólicos de la nueva canción de autor de hoy en día. Era homosexual. Era inquieto. Era judío. Era generoso. De todo eso hizo bandera. Tengo algunos regalos que me trajo cuando regresó de un viaje a Tel Aviv donde encontró un amor que acabó siendo una de sus más hermosas canciones. Tengo el regalo de una fiesta de cumpleaños en que él y mi hija Elena nos tocaron y cantaron canciones para maravilla de todos los invitados. Andrés, sin duda, se apasionaba por las cosas, por las personas y por las ideas. Recorrió el Camino de Santiago como si lo acabara de inaugurar él. Hizo algo de cine, quizá con pocos medios pero con mucha lucidez, sabiendo lo que buscaba. Porque Andrés Lewin parecía siempre una de esas personas que están perdidas en un mundo sobrecogedor, pero en realidad saben muy bien dónde están y adónde van. Era un falso tímido y un falso náufrago. Era un niño que no quería crecer y sin embargo había crecido a golpes de realidad. Ha muerto con 37 años, pero ha dejado una obra que crecerá. Es breve, solo tres discos, pero tres discos inolvidables, con grandeza.

 

2. El primero de sus discos, Agencia de Viajes, es de 2003, y coincide con la muerte de su madre, con la que vivía y con la que guardaba una relación muy estrecha; el segundo, en 2008, se titula Animales y aeropuertos, magnífico. El tercero saldrá en marzo. Tiene un título hermoso y memorable, La tristeza de la Vía Láctea, y en él ha dado una nueva forma a temas anteriores suyos, dejando una versión definitiva de su mejor música y su mejor poesía. El destino no ha querido darle el regalo de ver el disco en la calle, a él, que tantos regalos daba. Nos abandonó antes, ay. El 16 de marzo, en la sala Galileo donde tantas veces cantó, se presentará La tristeza de la Vía Láctea. Muchos cantautores amigos cantarán las canciones de Lewin y él estará presente en nuestra memoria y en nuestro corazón, ese “tumor en el corazón” que ya tenemos todos por él. Él no está, pero crecerá un mito que se llamará Andrés Lewin, es cosa de tiempo, y seguirá brillando por aquí cada vez que pase el cometa Halley.

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