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Animales que hacen cosas al revés

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 29/03/2019
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Animales que hacen cosas al revés

En la ciudad de Querétaro hay una plaza con una fuente de aspecto antiguo. En su centro se alza un monumento al agua potable y al prócer que donó miles de pesos mejicanos para que los habitantes dispusieran del líquido que desde entonces, vaso a vaso, introducen en sus cuerpos. Pero la fuente también tiene cuatro caños por los que se vierte agua a un estanque, cada uno de estos cuatro caños es una pequeña escultura con forma de perro que expulsa el agua por su boca; animales que no beben agua sino que la arrojan, la vomitan, por así decirlo. La idea de la existencia de una fauna –incluso a veces una flora- que realiza con sus cuerpos funciones opuestas a lo que de ella se espera, es antigua. Se trata del sueño de criaturas que hacen las cosas al revés. Por ejemplo, esos dibujos de cuerpos mitad bestias y mitad humanos que abundan en mitologías antiguas como la egipcia y la asiria, o contemporáneas como la fundada por Disney. La domesticación del animal, siempre imperfecta –y hasta alcanzar hoy su impostado extremo en la mascota-, responde a ese mismo mecanismo de animal que ha de comportarse de un modo exactamente contrario al que se le daba por supuesto.

Y es que el animal no humano es una criatura que no llegamos entender. No nos cabe en la cabeza que el animal no se sienta dentro de nuestro tiempo. No entendemos que el animal no perciba ningún cambio en su cuerpo más allá de lo inmediato, ni que su presencia en la Tierra corresponda a la de una cosa estática pues carece de conciencia de dónde viene y hacia dónde se proyecta. En efecto, no podemos soportar que esas criaturas sean seres ahistóricos, y nuestra incomprensión de esa carencia de Historia nos lleva a pretender liberarlos de una cárcel que sólo existe en nuestras cabezas.     

La domesticación del animal no es otra cosa que su progresiva caída en el desvarío de su propia animalidad a medida que se aproximan al comportamiento humano, donde finalmente se expresará como una criatura fuera de sí, una criatura loca –sólo un loco obedece todo lo que se le dice-, dotada de un lenguaje que no es el suyo pero tampoco el nuestro. Cuanto más es adiestrado el animal, más se introduce en una penumbra hasta que alcanzar una oscuridad total, una personalidad muda y extraña, ni humana ni animal, monstruosa en sí misma, que no está ni este lugar ni en ningún otro. En el límite urbano de ese proceso aparece la mascota, la conversión del animal en un ser netamente histórico, transgénico momento en el que definitivamente es creada una legión de zombis que hace las cosas al revés; en lugar de atacarnos, en lugar de terminar de una vez por todas con la especie humana, colman nuestras más sentimentales apetencias.     

Pero pareciera que nuestra misión es ésa y no otra, darle la vuelta a todo, invertir la dirección de las cosas, mascotizar el mundo, porque también en el amor, en la política, en la economía y hasta en el flujo temporal de una cadena de mensajes de WhatsApp, hay algo que recuerda a aquellos cuatro perros que en una fuente de Querétaro llevan siglos inventando una naturaleza al revés. 

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