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Belachao

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 23/05/2018
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Belachao

 

«Una mattina / mi son' svegliato...», cantaba Yves Montand en los 60 con voz de crooner y la ceja levantada, como si quisiera llevar la resistencia antifascista a San Remo. ¿Quién no ha cantado ‘Bella Ciao’ en el coche sin saber qué hacía? Las canciones no tienen que significar nada, sólo amontonar fonemas de forma rítmica y bella. Belachao es un término tan ajustado al canto como beibi y nemequitepá, tan válido como agapimú. Y tan vigente. Como el uiuiuí de Queen. Como el guiropa de James Brown. Como el acachú de ‘Grease’, que cantaba con voz de gato John Travolta.

«Parachúruru, churu», sancionaba Antonio Flores en una de sus mejores letras. Como otros piden en los bares el güinonino de Pink Floyd, que es lo que viene justo antes de «neduqueison». Así debe cantarse, así se ha cantado siempre. A Dylan no le dieron el Nobel por poeta, sino por silabista: si las letras del de Duluth no resisten la tinta es porque no deben publicarse, sino cantarse, nada significa nada y todo es hermoso en ellas, un enigma sin suelo, todo resuena y se enreda, todo se agrupa y fluye, como fluyen los días. Como fluye el náhuatl. Como fluye todo lo que fluya. Se canta en inglés por aproximación, en francés por vicio y en italiano porque se parece. La nueva generación —que por fin sabe qué canta— es el Concilio Vaticano II del solfeo, que despoja al latín de todo misterio. ¿No dice ‘Lola’ cuanto debe en sus primeros guitarrazos?, ¿qué aporta entender a los Kinks, salvo confusión, terror y dudas? La ducha, filtro final, desnuda las tonadas matinales para que sólo su esencia resuene en los azulejos y sobreviva al tiempo. El runrún sobre la razón. El triunfo de lo aproximado. El sonsonete. Vale para el español, flexible como cualquier lengua: «Te partu la boca», cantaba Luz Casal; «Tú que trabajas por una mujer», cantaba Ana Torroja. Vale para el alemán: los cantantes líricos de medio mundo se baten con Wagner y Schweitzer sin entender nada, infiriendo por las palabras que conocen el significado de las que no. Vale para el portugués. Vale para el griego. El aparato fonador lo sabe todo.

Solos en las noches frías, los partisanos de Italia se daban ánimo, perfectamente afinados, en la Segunda Guerra Mundial. Su voz era el solaz de los soldados alemanes, que, en las faldas apeninas, soñaban a su arrullo con Baviera. La guerra infectó a una generación de jóvenes, melómana, comunista, que corrió la voz por el mundo y la adaptó a sus siete mil idiomas. La canción fue mudando de sentido y de criterio. Se adaptó, cambió de traje. Pero mantuvo las ches —cada vez más incoherentes—, que, por despojarse de significado, se han hecho eternas. Aquellos guerrilleros de las montañas boloñesas que buscaban en la nostalgia su esperanza, murieron bajo las balas enemigas para que los niños del futuro puedan cantar en el coche.

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