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Bienvenidos a Acapulco

Mikel Aristregi
Por Mikel Aristregi
El 22/03/2017
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Bienvenidos a Acapulco

Cuando M escuchaba al capitán de Vacaciones en el Mar decir a los pasajeros aquello de Bienvenidos a Acapulco, a M aquel lugar le sonaba tan exótico y atractivo como inalcanzable, como si a Acapulco ya no solo se tuviera que acceder ineluctablemente a bordo del Pacific Princess, algo que a M, pese a su corta edad, ya se le antojaba imposible, sino también como si aquella ciudad misteriosa ubicada en el limbo entre lo real y lo imaginario -ya que en la serie se mencionaba, pero nunca aparecía- estuviera vetada a todas aquellas personas que no tuvieran la piel bronceada, peinados extravagantes y dentaduras refulgentes que incluso una vez apagado el televisor M no podía dejar de ver.

 

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M llega a la estación Papagayo de Acapulco en autobús desde DF una tarde cualquiera de un mes cualquiera, pongamos marzo, y de allí toma un taxi al hotel María Acela en la calle La Paz número 20 donde el día anterior ha reservado una habitación. El hotel es barato, 120 pesos la noche, y está bien ubicado, a cinco minutos caminando de la Quebrada, tal vez alguno más, dependiendo del paso, por lo que a M le había parecido una buena opción. Durante el trayecto entre la estación y el hotel, de quince minutos escasos, M comprueba que la inmensa mayoría de los acapulqueños son como el resto de los mexicanos que ha visto hasta ese momento, de corta estatura y con sobrepeso, con una piel curtida por el sudor y el pasado, la antítesis del glamour.

 

Con los días M comprobará que Acapulco es como una camisa hawaiana que se ha sometido a demasiados lavados, con sus playas y sus palmeras y sus puestas de sol, pero en la que ha transmutado a tonos pastel todo lo que antaño había sido de un intenso verde-papel. El mismo cielo le parece a M como si estuviera teñido de un azul desvaído y las nubes, dispersas y solitarias, desprovistas de volumen y de contornos difuminados, más que delante estuvieran detrás de la bóveda celeste, como si fueran los trozos de una pared blanca que la pintura añil lechoso no hubiera alcanzado a cubrir. A M lo que más le llama la atención de Acapulco, no obstante, no es el cielo; es la edad avanzada de los camareros que lo atienden en los restaurantes que frecuenta como el Ricardo o La Sirena, aunque en ningún lugar es tan patente como en el Flamingo’s, donde un ejército de sexagenarios que parecen septuagenarios ataviados con blusas de raso color salmón deambulan por el complejo hotelero con movimientos lentos, pulso firme y ojos melancólicos. De servir cócteles hemos pasado a servir cubas de cerveza, le comenta Don Manuel a M en un tono entre resignado y divertido mientras le sirve su cuba de seis Coronas a pie de piscina. En Playa Condesa un vendedor ambulante de no más de veinte años camina por la arena con un cristo de medio metro en una mano y una especie de paella por lo menos para una docena de comensales en la otra. M le pregunta de cuál de los dos vendes más y el joven no sabe qué responder. Perros ovillados como serpientes en las aceras, pelícanos sobre las rocas y barquitas en Playa Hornos, miles de aves –a M le parecen golondrinas- pernoctando sobre los cables del tendido eléctrico en la confluencia de las calles Jesús Carranza e Ignacio de la Llave y que a M la imagen le recuerda, contemplada desde abajo, a un pentagrama en clave de sol.

 

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La habitación de M, en la primera planta, es rectangular y tiene dos grandes ventanales que ocupan prácticamente la totalidad de dos de sus lados. En el que da a la calle la Paz, en este tramo peatonal, con sus banderitas de colores dispuestas de lado a lado, verdes, rojas, amarillas, blancas, perforadas con diseños que podrían ser flores pero que también podrían no serlo, y que va a morir a unas escaleras que ascienden el cerro abigarrado de casas hechas de cemento y uralita y que por su seguridad le han recomendado no subir, se abre una puerta que da paso a un largo balcón donde M ha encontrado el placer de desayunar cada mañana como suele decirse con un ojo puesto en el espectáculo efímero de la cotidianidad que le ofrecen sus nuevos vecinos y en la novela de Roberto Bolaño 'Los sinsabores del verdadero policía' que ya está a punto de acabar el otro. A M le parece que es la habitación más maravillosa que haya tenido jamás, amplia y luminosa, con baño propio (aunque sin agua caliente, una cuestión menor en estas latitudes), un ventilador de pie, y provista con dos camas de uno treinta y cinco cada una y de firmeza aceptable que utiliza para dormir una, la más alejada de la ventana, y como estantería y escritorio la otra.

 

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Con el paso de los días M ha empezado a identificar a algunos, pocos, de los transeúntes que circulan bajo su balcón. Está el hombre de los calzones rojos de franela y camisetas deportivas sin mangas, de esas con grandes números a la espalda, de cabello negro azabache peinado con gomina de forma impecable hacia atrás y que, M deduce, debe ofrecerse a subir los pesados bidones de agua hasta las casas de algunos vecinos a cambio de una pequeña propina. Su lamentable estado físico hace que tenga que tomar aire cada pocos escalones, instantes que aprovecha para fumarse un cigarrillo y saludar a M con efusividad. También está el viejito de la bolsa vesical que cada mañana desciende penosamente por la rampa que discurre en paralelo a las escaleras y que parece de reciente construcción, cordón umbilical que lo une a la ciudad, poniendo un pie a la mitad del siguiente y aferrado con todas sus fuerzas a la barandilla metálica en lo que parece una broma de mal gusto (la palabra que realmente acude a la mente de M es “agonía”) para comprar un par de bolillos, sus bolillitos. El ascenso no es menos penoso, y M piensa que el Calvario no pudo distar mucho de cuanto contemplan sus ojos.

Y luego está la mujer de mirada impertérrita.

Los hechos acontecieron de la siguiente manera: M, apostado en el balcón, sorbe un americano de un vaso talla mediana de porexpán adquirido minutos antes en una de las omnipresentes tiendas 24 horas Oxxo mientras lee las noticias locales en un ejemplar caducado del Liberación. Tal vez alertado por su sexto sentido, seguramente por casualidad, M levanta la mirada hacia las escaleras y se percata de que una figura lo está observando detenidamente. Se trata de una mujer que, a primera vista, a M le parece extraña o, más bien, curiosa, aunque en ese momento, de preguntarle, no hubiese sabido decir por qué. Es alta y esbelta pese a su edad que, aunque mayor que M, éste no sabe determinar. Las miradas de ambos se cruzan por un instante antes de que M agache la cabeza y regrese al Liberación. Obviamente, M ya no puede dejar de pensar en la mujer. Inquieto, o más bien intrigado, aunque también inquieto, vuelve a mirar hacia el lugar donde estaba plantada la misteriosa figura y, para su sorpresa, comprueba que sigue allí. Sus miradas se reencuentran, ambos se observan, esta vez sin que M trate ya de que el contacto parezca casual, y fruto de esa observación prolongada M se va percatando de que una nueva idea que explicaría la insolente curiosidad de la pinche señora ha acabado nidificando en su masa cerebral: debe estar trastornada. Así que M, en un acto reflejo, decide sonreírle, a lo que ella le corresponde lanzándole un beso. M, inmóvil, inmovilizado más bien, no hace nada, y la mujer, envalentonada, acaba desplegando todo su arsenal mímico haciéndole el sublime gesto inequívoco para ofrecerle una felación, un guagüis que dirían acá, hermosa palabra, mucho más hermosa que mamada, pensará M horas después del incidente. Pero antes, tras rechazar educadamente la oferta de la puta, M volverá a clavar la vista en las páginas del Liberación, en las que a duras penas conseguirá leer: “Sigue creciendo la llegada de cruceros a Acapulco; van 19 en la temporada y 9 en el mes de enero”.

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