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Batallas de gallos

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 29/07/2019
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Batallas de gallos

Los niños crecen y cada verano son otros. La eternidad que parecía el verano de la infancia era sustituida al año siguiente por una variación de esa misma eternidad, siempre en la playa de Valdelagrana, con su viento enloquecedor, su ausencia de tablas salvavidas, la primera cerveza derramada, las vueltas absurdas alrededor del edificio de los bares para ver y dejarse ver para conseguir el primer beso, el de aquella chica tal alta, mayor que yo. No soy tan viejo como para no recordarlo, ni tan joven como para no saber que la eternidad consistía como mucho en la reproducción, por la parte que sexualmente me toca. Torres más altas han caído, o se han derribado, o malvendido.

Este mes que ya se ha ido, mi hijo ha venido -lo he traído- gallito total. Gallito de los de las batallas. Me ha visto desde enano escribiendo letras y tocando la guitarra, y ha comprobado que las cuerdas de acero hacen daño en las yemas de los dedos, y ha calculado que el que escribe las letras y canta es el que gana la partida. Bueno, se lo he dicho yo. Como para cantar los de su generación ya tienen el autotune, ese invento para "trolear" a los cantantes, se ha centrado en escribir, ajustándose a patrones rítmicos sencillos. Podría ser peor, podrían los de su generación negar la existencia del tiempo, y no solo la riqueza de las melodías. Nadie puede negar la autoridad del tic, tac, la del metrónomo. Miento, algunos baterías la niegan, aludiendo al "rollo". La canción oscila en puro tenguerengue, pero tiene rollo, vienen a decir a veces, mientras me hago el sordo.

Habré contado ya que en su colegio propusieron extraescolares de música y no hubo suficiente número de padres interesados en que sus hijos aprendieran a hacer algo que no fuese perseguir pelotitas, como perros obedientes a los que ya no hay que recogerles las mierdas. Todo un invento, la pelota.

Aquí abajo alguna vez había visto a la hora de bajar la basura una reunión de chavales y chavalas sentados en las escaleras del parque. Por las indumentarias y los gestos suponía que rapeaban. No me acerqué nunca lo suficiente para oír algo de lo que decían. Ninguno llevaba guitarra; supongo que ese instrumento inocente habría roto la igualdad entre ellos. Es imposible que todos tocasen la guitarra, incluso que todos tuvieran una, por muy baratas que sean hoy (mucho más que en 1987). Al no haber ningún tipo de formación musical en las escuelas, el que llevara la guitarra denotaría algún tipo de estudio privado o, al menos, en el caso de los autodidactas, unas ganas de destacar sobre el resto. Todo está en los libros, incluso en los fotocopiados, pero lo escrito no puede competir con los vídeos y las fotos en que comparten esas habilidades que están de moda en la actualidad, la moda perfectamente transversal: sentarse en cornisas de edificios, saltar desde rocas, tirarse cubos de hielo por la cabeza y monerías así -que los monos perdonen la degradación-.

En 2013 grabé un disco en unos estudios magníficos que Red Bull montó en una de las naves del Matadero de Madrid. Concretamente en la del matadero de cochinos. A pesar de la gran cantidad de aparatos que había allí dentro fue imposible conseguir el sonido que me habría gustado, entre otras razones porque no pude estar en las mezclas, y por teléfono es muy difícil entenderse con la música, a pesar de que toda nos llegue por teléfono desde hace años. Me dijo J un día que el mal rollo de todos aquellos animales muertos se habría colado en la grabación probablemente. Una vez más, el rollo. En este caso la teoría me parece más fundada que en el caso del vaivén del tiempo en los bateristas. Oswaldo, el técnico del estudio, me llevó una noche no recuerdo para qué a un restaurante donde estaba el jefe de Red Bull allí en Madrid cenando con una pila de chavales. Esa fue la primera vez que supe de las "batallas de gallos". Los había de todos los países de Hispanoamérica, o como se llame; estaban bien vestidos, parecían de lo más modoso todos. Eran niños pijos claramente, vaya. Tomamos alguna cerveza, saludamos al jefe y nos fuimos por donde habíamos venido. Aquel disco le salió casi gratis al sello, aunque el que pegó su jeta a la marca fui yo. Da igual, ya no se puede no tener una marca detrás. Espero que mis compañeros de profesión entiendan que eso hay que cobrarlo de alguna manera. Los que van a los festis por los gastos, que creen que van a hacerse promo ellos, cuando en la práctica se la están haciendo a la marca de turno que se beba.

Mi hijo no baja a la piscina los primeros días y se pasa las horas muertas con el móvil en la cama tirado. No quiere ir a la playa si no es para saltar peligrosamente de las rocas (y que lo grabe, si es posible), y empieza a padecer los primeros complejos: la barriga y tal. Hay que moverse, le digo. Hace calor, responde. Pues a la piscina. No, a las rocas. Ni hablar, ya te abriste la cabeza en Calpe. Pero ahí no fue saltando, resbalé en la orilla. Más a mi favor, aprovecha la piscina... Nada, no baja. Batalla de gallos. Cada vez que le veo la cicatriz sobre la nuca me estremece pensar qué cerca está el fin de la estirpe. Cada vez que veo a un bastardo con el coche y el móvil sobre un paso de cebra, cada vez que leo la lista de aditivos del ketchup, cada vez que hablan de los peligros de la radiación solar que antes parecían no existir, y hasta cada vez que me llega el nauseabundo olor de la marihuana, desde el parque y desde tantos lugares de ocio y negocio.

Los amiguetes que hizo aquí en veranos pasados han visto también cambiados sus cuerpos. Ni los reconozco. Puedo entender lo que les pasa. Se encierran con las máquinas. Cuando yo tenía esa edad solo un amigo tenía la Atari con el juego aquel de La guerra de las galaxias. Para que te dejara subir a su casa a jugar pedía poco menos que una paja. Pero yo prefería con muchísimo a sus hermanas, Esther y María del Mar. El joystick del lavabo. Dios mío, ¿cómo salieron aquellos dos cuerpos de aquellos padres? 

Por esa época empecé a preferir la música, a imaginarme con una guitarra en un escenario. Con el amigo Paquito simulando que era Simon Gallup, o el guitarrista de Bon Jovi, y hacía como que escupía al público desde arriba. Paquito, el mismo que se entretenía haciendo un diccionario con las extrañas expresiones verbales de sus padres. Supe años después que se hizo funcionario de prisiones. ¿Dónde estás ahora, Paquito? Su hermano tocaba la guitarra acústica y se sabía Across the universe, decía Paquito, como el non plus ultra. Aún no me la sé yo. Tampoco me gustaban demasiado Los Beatles en los 80. Era yo más de sintes, parecían más sencillos de tocar, gracias al VL Tone de Casio. 

Me dijo mi hijo que quería un teclado, un piano. He dejado fuera de la caja todo el mes el Roland JX3P, por si le cuadraba tocarlo un rato. Hasta pensé en sacarle el Juno para que hiciera un arpegio a lo Stranger Things, porque se "enganchó" a la serie. Nada, ni caso. Pasa de todo lo que necesite más de un minuto de esfuerzo.

Por fin una tarde me dice que sale, que va a las escaleras que hay junto al Carrefour del Eroski, que hay una batalla de gallos y se ha apuntado. ¿Cómo te has apuntado, cómo te has enterado? Por Instagram. ¿Por qué en esa explanada tan desangelada, sin un árbol? ¡Te dará un soponcio, con este bochorno! ¿No es mejor el parque? Papá que me dejes. Voy a ir.

Me cuenta mi pareja que el otro día vio una desbandada de chavales que salían escopetados de allí, con alguna torta propinada o amagada. Las batallas, batallas son.

Me dice mi hijo que es imposible, que no se pelean nunca.

Me acerco por allí para bichear, pero los miro de lejos porque así me lo pide mi hijo con una mirada asesina. Los padres de los demás no han ido a espiar.

Siguen sin parecerme malos chicos, en general. Veo que alguno fuma. Estoy demasiado lejos para oler. Cuando acaba el show le hablo a mi hijo de las drogas. Parece entenderme a la perfección. Sé que me explico bien cuando quiero. Él se queja del jurado porque solo ha pasado una fase. Le hablo de los concursos de pop rock: solamente me presenté una vez y ganó un grupo de rock celta. No le interesa el tema. A mí tampoco.

Dos días después hay otra competición de estas en la otra punta de Barcelona. Ponen unos euros cada uno y el que gane se los lleva. Como si jugaran a las cartas. Alguien se lleva un porcentaje por organizarlo. Esos son los que saben de música. 

Llegamos en el tren. Caminamos junto a la piscina municipal más grande que he visto en mi vida. Escuela de calor. Con esa edad devoraba La ley del desierto, la ley del mar. ¡Qué letras! 

Ahí están los chicos. Estos tienen hasta una carpa y un micro. Los hay con pinta de peligrosos. Empiezo a tener dudas sobre si he hecho bien en traerlo. Un señor mayor pone una barra de bebidas para un concierto que hay después en esa misma remota plaza de la Prosperitat. Otros participantes son de la edad de mi hijo, y al poco hacen pandilla. Estos no tienen mala pinta. Se cuentan batallitas sobre las batallas. Paso de la barra del emprendedor aprovechado de la chavalada y me siento en un bar cercano. Tienen la cerveza realmente fría. Había empezado a pensar que esto de la gelidez en los botellines a orillas del Mediterráneo era imposible. Será culpa del plástico. Pido otra. Y otra.

El niño viene contento, ha pasado una eliminatoria. Casi todas las rimas aluden a defectos físicos y a follar con familiares del otro. ¿No se dan cuenta de que es una rutina más propia de reclutas que de artistas? Se están preparando para una guerra y no lo saben. Cada vez lo veo más claro. Anoche vi por primera vez La chaqueta metálica. Lo de John Wayne de Los Enemigos, lo de "el mundo es basura pero me gusta estar vivo" de Ilegales. La juventud tiene que estar entretenida. Los empresarios de la construcción y la destrucción no dudarán en darles lo que piden. Brigada de demolición. Drogas para infundir valor y vigor. Por España o por lo que sea. 

Aquí estoy ahora, con la tele puesta. En el debate de investidura fallido número dos. Van a llover hostias a saco paco. De momento estos gallos del Red Bull se dan la mano cuando acaban de insultarse al ritmo ramplón de la grabación, y es por una razón muy sencilla: no les hemos dado las guitarras, pero tampoco los fusiles. Me duele ver cómo el niño pone un Mi mayor en la guitarra casi al primer intento. A mí me costó un mes. Y sin embargo suelta la Telecaster y se vuelve al cuarto con sus vídeos de primera. No lo entiendo. Soy un pollavieja, dirán las de su quinta.

La final del concurso de batallas de gallos de Red Bull se celebra unos días después en el campo del Espanyol. ¡Llenan un estadio! El mundo se ha ido al carajo. Compro las entradas por internet. Elijo en un plano. Es solo medio estadio, menos mal. Podré ver el estadio medio vacío. Compro dos entradas porque el niño no puede ir sin acompañante adulto. Hacía años que quería entrar en el estadio ese que dejo atrás cuando salgo a correr junto al río. A veces viene el Betis, con su gracia sin igual. Me parece que el precio de las entradas del fútbol -y el de los carnets de socio- es un robo. Pero ahí están los estadios, llenos. Cofidis, que todo lo puede.

También hay llenazo cuando llega la final de las batallas. Un volumen atronador. Más equipo de sonido que en la mayoría de festivales en que he tocado. ¡Y todo para dos micros y un DJ! Menos mal que llevé los auriculares de tapón y pude evitar un poco la destrucción de mis oídos. Los contendientes están nerviosos, probablemente por la bebida energética o por su hermana mayor; no entiendo casi nada de lo que dicen, y lo que entiendo son rimas en tiempos verbales, ripios y chascarrillos traídos de casa. En fin, el pop de toda la vida, con un plus de agresividad y las melodías extirpadas de cuajo. Las letras agresivas funcionan bien, lo tengo estudiado. Aprovecho que el niño quiere perritos calientes y me trago gustoso una cola de tres cuartos de horas a la vuelta del vomitorio mientras él comenta las rimas con los dos gallegos que teníamos detrás. Al parecer ha venido gente de toda España. Cuando subo los gallegos están fumando. Esta vez puedo oler el humo blanco. Toso molesto. Empiezo a interesarme por la mecánica del concurso, pero para saber cúando se va a acabar. Respiro hondo. Todo llega y todo pasa. En la vuelta a casa el niño hace amigos de unos bloques más allá del nuestro. Habían charlado a la ida en el autobús circular y se olvidaron de darse el número de teléfono, o el nombre de Instagram. Se lo reproché, así que fue una alegría verlos de nuevo en la avenida del Baix Llobregat, caminando porque el circular acaba pronto. Seis niños con dos adultos. Llego a saberlo y me libro de la turra, encalomando al mío en la expedición.

Es tan inocente que ha mandado a la madre un vídeo del día de la batalla en la Prosperitat. La madre escucha los insultos, la burla a su barriguita de él (que ha menguado estos días), y las menciones a su familia. Lógicamente le prohíbe asistir a ningún concurso más. Estoy de acuerdo con ella. No hay que presentarse a concursos de música bajo ningún concepto. Hay que aspirar a algo mejor. Quizá este año haya extraescolares de música. Quizá lo apunten.

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