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Brigada Costa del Sol

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 11/06/2019
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Brigada Costa del Sol

Emiten ahora una serie de televisión ambientada en Málaga, Brigada Costa del Sol. Ahora no, los lunes. Ayer. Seguro que han visto algo, siquiera en un zapping. Cada dos por tres se ve el anuncio en Telecinco. La playa de los baños del Carmen, la Malagueta al fondo. No me ayuda nada a dejar aquello atrás. También es casualidad que la serie vaya sobre el tráfico de drogas, sobre la época en que empezó a entrar el hachís por allí. 

Recuerdo una noche de invierno con la policía allí abajo. Un desembarco allí mismo, con los mismos bloques de los ochenta al fondo que configuran en la serie el anacronismo inevitable. Porque algún edificio de los ochenta habrá, y de los noventa. Por no hablar de los cruceros gigantes que se escapan en algún plano como el café famoso de Juego de Tronos, sin duda dejado a propósito. Tan contaminantes como decenas de miles de coches, dicen, los cruceros. ¿Y para eso me deshice yo de mi furgoneta? El ecologista atontado. La alucinación verde. La batalla grande está perdida, asumámoslo. 

Tantos errores que se quieren dejar atrás con un simple desplazamiento, es imposible lograrlo. Además, está mi hijo allí. Me pregunta sobre sexo, drogas y rock and roll. Hago de padre e informo lo mejor que puedo. Algo sé de esos temas. Ojalá haga pronto un disco a lo Baxter Dury. Primero tendrá que cambiarle la voz, es un niño todavía. Y que el cambio no sea por el autotune o el vocoder, qué pesadez (ese cambio es como el cambio que prometen los políticos). Y que no muera yo demasiado pronto, como Ian Dury, el padre de Baxter, el de Sex and drugs and rock and roll. O que sea como el hijo de Robert Forster, el de The Goon Sax. 

Hay que explicarlo todo, me doy cuenta. Ni el sexo ni el rock and roll peligran, pese a las amenazas del trap, el reguetón o el neopuritanismo de tantas y tantos individuos como hay que no acaban de superar nunca el miedo a la desnudez, al propio cuerpo, a lo variopinto de la sexualidad. Por lo que he podido deducir, para los nuevos adolescentes el porno, al que tan fácilmente han tenido acceso, no es mucho más que una recopilación de Vídeos de primera, el programa de TV aquel de videoaficionados, precursor del Youtube, ¿recuerdan?; al menos los chicos y chicas más inteligentes tienen claro que se trata de representaciones teatrales de interés limitado, limitado al intrascendente onanismo. En cuanto a la música, él y yo sabemos que en todos los géneros hay algo interesante, y el arte depende más de la persona que del género, como suele pasar. 

El problema lo veo y lo huelo yo en lo de la droga. Desde niño identifica la peste a marihuana porque había varios vecinos que la fumaban. Es un tufo tan penetrante que no se puede no preguntar por él. Tuve que ponerle a salvo como pude, cerrando el balcón muchas veces, evitando así también los gritos dirigidos a perros perdidos calle abajo, que quizá huían de lo mismo. Había otro que quemaba sándalo, no sé qué es peor. Estos hippies, siempre me han dado risa. 

Me contó mi hijo que vio a uno de esos vecinos muy desmejorado, y que le contó que se había divorciado. Iba en patinete. Él, no mi hijo, que se extrañó de la confesión. Lo sentí por el vecino, pero lo puse como ejemplo de lo que las drogas terminan haciendo, más pronto que tarde. Y de paso pensé un poco en mí mismo, y en las decisiones que se toman cuando se fuman sustancias enloquecedoras (no las puedo llamar de otro modo). 

De poco sirvió el trabajo de la brigada de la serie: en Málaga la marihuana y el hachís son como el incienso en Sevilla (donde también se fuma bastante, no pretendo comparar en esto). En Granada al parecer hay pueblos enteros dedicados al cultivo de la planta. El otro día cruzábamos la Mancha por enésima vez, esta para ir a Salamanca, y vi grandes extensiones de cultivo de opio para la industria farmacéutica. Desde luego es más barata la automedicación, y seguramente menos nociva, aunque apeste. La pregunta es qué hace que chavales que aún no han llegado ni a soñar qué van a ser de mayores empiecen a jugar a los médicos de la peor manera posible: con las recetas. ¡Es mejor tocarse!

He soñado que el niño se encontraba un cigarrillo que alguien había tirado al suelo a medias, sin apagar, y se lo terminaba de fumar. Creo que ha sido por la noticia del alcalde de Vigo, que prepara un referéndum para prohibir fumar en la playa. Por supuesto saldrá que no se prohíba, porque los que fuman irán a votar y los que no, pues se quedarán en casa: ha pasado lo mismo con todas las elecciones. También es porque ayer crucé la calle delante de un coche del que se bajó una señora que tenía un cigarrillo encendido y lo tiró al suelo al bajarse. Es más raro de ver algo así en Sant Joan Despi, donde claramente se está ya un poco en otro país, en un país que acabará siendo Francia (¿qué creen que hace aquí Valls?).

Desde que en 2014 dejé de fumar sentarme en la arena de la playa de Málaga empezó a darme un asco espantoso, porque, como en tantos otros lugares, es más un vertedero de colillas y plásticos que otra cosa. Ahora soy más de piscina, y solo si no hay mucha gente en ella. O siempre lo he sido, pero me daba cosa colarme en el Hotel Puertobahía de niño. La timidez y sus consecuencias. 

La plaga de medusas del año pasado fue la puntilla. Parece que este año no hay, al menos de momento. Me alegra mucho saberlo, por él, por el niño. Pero cada vez que sale la promoción de la serie en la tele recuerdo las ratas saliendo de noche por debajo de esa acera rosa y rota que sale en las noticias cada vez que hay un temporal de oleaje, como si se acabaran de romper, cuando llevan así 20 o 40 años, como los que mandan llevan en el poder. En fin, la policía se ha entretenido mucho con los alijos y las fotos de lo decomisado o intervenido. Eso es la vida: entretenimiento. 

En el verano en que trabajé en el puerto de Málaga supe dónde guardaban toda la mandanga, en una nave del puerto que da a la calle, e inmediatamente supuse que no duraría allí mucho. Acerté, la robaron al poco. De nada sirve la lucha esa, pero los chavales que se inician en la drogadicción se tienen que esconder para evitar la multa, y por eso también me dan pena, porque esa marginación, en apariencia momentánea -lo que dura la combustión del maltrecho cartucho de hierbas-, se convierte en una marca indeleble, como la estrella de los judíos, o la mancha asfixiante de los pulmones, que nunca volverán a ser los mismos. 

Algunas mañanas la sábana sobre la que duermo aparece un poco amarilla, como la sábana santa: mi aparato excretor intenta librarse de un pasado de risas absurdas e historias intrascendentes de camaradería imaginaria. Sangre, sudor y lágrimas que nunca dejarán mis pulmones tan limpios como los de mi hijo. Eso le explico, y me dice que estoy un poco loco, pero que le gustan mis cuentos. He escrito una canción sobre eso de la sábana santa. Voy a ver si escribo otra, que las músicas ya las tengo, y va tocando un nuevo disco; parece que Asunción ha sido mucho para el body de la mayoría. No pasa nada, todo va quedando atrás, salvo algunos recuerdos medio inventados, así va esto. 

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