• Tiendas Fnac
Blog

La princesa y la bordadora

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 11/10/2018
1416
La princesa y la bordadora

Una vez me contaron una historia. Fue en Francia, recién llegado al El Havre de polizón. Ya sabéis. Me la contó un marinero gallego que se sabía, decía, todas las historias del mundo. Las contaba como cuentos. Puede que dijera la verdad y puede que se las inventara, puede que no tuviera la memoria de la que presumía. No lo sé. Pero las historias no se le acababan. Esta decía así:

 

Hace muchos, muchos años, tantos que no hay memoria escrita de aquello y sólo queda el eco de lo que nietos de nietos cuentan, vivía en un reino lejano una princesa de nombre Gaitana que se pasaba el día repitiendo: «Ay, si en lugar de princesa fuera una simple bordadora… Ay, si en lugar de princesa fuera una simple bordadora…». Y así. A Gaitana, hija única del rey Gaitán, viudo por razones que enseguida aclararemos, se le daban bien muchas cosas: se le daban bien las cuentas, se le daba bien la botánica, se le daba bien la lengua (que estudiaba, la verdad, sin queja), pero no quería responsabilidades de princesa, la mayoría gravosas, incluso las más atractivas en apariencia. Lo que la princesa quería era zurcir y zurcir, bordar, coser, hilvanar. Observaba a las bordadoras reales y las envidiaba a todas, tan seguras le parecían, tan concentradas. Todo armonía. Miraba fascinada cómo sus manos enhebraban la aguja y acariciaban el tejido, ensartaban con mimo la punta y, con dos tirones gráciles, recuperaban el hilo, algo más corto en cada vuelta, listas para empezar de nuevo. Gaitana no concebía mayor paz que la que la reiteración mecánica procura, sin nada que decidir, perfección sólo; se fijaba en que muchas canturreaban y desvelaban así un espíritu sereno, los rostros afinados y conformes. Gaitana no dudaba: en el hilo encontraría la dicha. El rey tenía en cambio otras ideas, más tradicional, más rey, más pegado a las costumbres, y aunque quería a su hija le guardaba también algún rencor, un comecome ingrato desde su nacimiento, del que no se libraba: su esposa había muerto en el parto haciendo un esfuerzo imposible, Gaitana venía de lado y desangró a su madre sin remedio. Los doctores no pudieron evitarlo. Triste bautizo, dijo el rey, el que coincide con el funeral de una esposa. Triste marca de sangre.

 

Fin del flashback.

 

La princesa suspiraba y suspiraba, asomada a la ventana. Tenía, por mandato expreso de su padre, prohibido coser y bordar y, en general, divertirse. Era a cambio aleccionada a diario en la historia y la poesía, en la espada y la agrimensura, para medir sus propias tierras, que no le interesaban mucho. Mientras, el rey, con fama ganada de hombre justo, dedicaba las horas a atender los asuntos del reino, a hacer cálculos astronómicos y a resolver disputas, y apenas se ocupaba de su hija; si no se cruzaba con ella, mantenía el buen humor y un punto de melancolía, como corresponde a un rey prudente y abierto a sus emociones.

 

Ahora, el giro.

 

Un día la princesa, cansada de esperar, mató a una de sus bordadoras y le arrancó la cara sin más, para hacerse pasar por ella. Pimpam. Se la cosió por las bravas a su propio rostro, que goteaba aún por la frescura. Como no había bordado nunca (todo en ella eran fantasías), no se la cosió muy bien y quedaron por todas partes pliegues, huecos, bordes, remetidos. Si tiraba con fuerza de un lado, se desajustaba el otro. Si encajaba la barbilla, una ceja se salía del sitio. Si devolvía a su lugar la ceja, la nariz mudaba de ángulo y de dirección, se le iba. La bordadora gritaba y gritaba mientras le tiritaban los músculos del hueco de la cara, se sacudía en espasmos cada vez más espaciados mientras la vida, como el aire de un globo, se le escapaba. La princesa, concentrada al fin —tal como quería— no le prestaba atención, aunque agradeció el silencio cuando por fin sobrevino. Gaitana tuvo que coserse y descoserse la cara hasta nueve veces para que le quedara medio bien. Con la cofia cubrió los bordes. Rebajó algunos bultos con saliva. Las costuras le dolían como el demonio, cada puntada dejaba en ella un castigo y un martirio, la textura del nuevo semblante era pastosa y ya no diferenciaba su sangre de la otra; sólo la doncella, muerta como estaba, se encontraba algo peor. Nada iba como la princesa quería.

 

No se sabe qué hizo con el cuerpo de la bordadora, unos dicen que lo dejó caer al patio, como era costumbre, otros que se lo dio a comer a los cerdos. Otros que lo desolló con sus manitas de princesa en una ceremonia innombrable que no tenía nombre precisamente por su carácter excepcional.

 

Por su parte, Gaitán, el rey justo, que de nada se había enterado, érase que se veía desde hacía un mes con un mozo de las caballerizas tan atractivo como cualquier mujer, más hablador e imprudente. Rey y mozo llevaban anudándose un tiempo sin la debida cautela, el rey era un hombre apasionado y muchos en el castillo empezaban a saber de su cojera, que ya no era la del desamparo. Gaitán, el rey bueno, empezó callando a uno o dos con alguna moneda caída por descuido o una admonición severa, pero el runrún y las murmuraciones, ahora que llegaba el verano y el rey se había entregado a amar con las ventanas abiertas, se le escapaban de las manos. Mientras Gaitana cosía y cosía alimentando así su vocación, el rey cerraba las bocas más indiscretas, y aun las otras, rebanándolas con precisión o sajándole a cualquiera, con menos discernimiento cada vez, el gaznate, que quedaba cerca de la boca y cumplía función parecida.

 

Los consejeros y ministros intentaron que el rey entrara en razón. Pobres infelices. Con el escrúpulo cada vez más suelto, los madrugó también, dicen que sin perder el humor, pues nada sabía de su hija desde hacía días.

 

A Gaitana, al día siguiente, se le infectó la cara. Atraía tantas moscas que el reino se quedaba sin ellas, le devoraban la carne, ponían huevos en cualquier hueco, seducidas por el olor. Gaitana apenas las veía, con los lagrimales llenos de humores y la piel vacía, se golpeaba a ciegas el rostro nuevo y echaba de menos el viejo, que siempre había sido funcional. Pasó tan mala noche que se decidió a recuperarlo, con la desgracia imprevista de que, al pegar un tirón al prestado, arrastró con él la mitad del suyo.

 

Los aullidos llamaron la atención del rey, cada vez más paranoico, que acudía allí donde sonara algo. El combate fue innombrable (por su carácter excepcional, repito): armados ambos con idéntico valor y parecidos instrumentos, padre e hija quedaron al final tan rebanados que sólo por la estatura se les distinguía. Lo llenaron todo de sangre azul y solomillo, de pavo recién cortado. Todo en láminas muy finas. Sin ojos y con el doble de cuerdas vocales que antes. Padre e hija resoplaban y gruñían, adheridos al suelo y a las paredes, sin verdadera animadversión ya, sólo cansancio. El salón quedó hecho un cromo. Murieron sin saber qué hacían.

 

En la zona palaciega no quedó nadie para asomarse, nadie para pararlo todo, nadie para aprender la lección. Sólo sobrevivió, sin venir a cuento —por hallarse atareado en las caballerizas, a sus cosas—, el palafrenero real, que, por una coincidencia inexplicable, era también el padre del mozo imprudente, y el esposo de la bordadora real, si bien, desinformado en general, fue el primer sorprendido por el desorden cuando entró gritando hola en el salón del trono.

 

Pronto se corrió la voz de lo que allí había pasado. Y el reino fue invadido por soldados mercenarios que lo primero que hicieron fue matar al palafrenero y sólo después preguntaron. Los reinos circundantes —que eran varios— expresaron también interés por aquellas tierras tan estupendas. Durante dos siglos, corrió la sangre.

 

Cuentan que el reino se llama hoy Alicante, y que por eso los de Alicante están hoy como cabras y van invadiéndolo todo, con una sed de sangre que no tienen ni los tiburones, no me jodas, que los dejas solos y se meten en líos desde la Baja Edad Media, ciegos como van, que parecen topos, carallo, ofuscados, como si el mundo fuera suyo, que ya me dirás tú, dejándolo todo hecho un cristo, dispuestos a joder lo que sea y a inventarse cualquier cosa, no me jodas, completamente desnortados, sin el menor sentido de la proporción, que ya me dirás tú, con un gusto por la calamidad que si al menos, carallo, compensaran con un mínimo sentido del compromiso, no te digo yo que no, carallo, pero es que tampoco, carallo, que tienen un carácter de chaval, sociopático, diría, carallo, que les hace, encima, ya me dirás, sentirse víctimas de todo, no me jodas, pero de todo, carallo, de toda clase de agravios, y por eso, no me jodas, es de lo más normal verlos matarse, carallo, entre miembros incluso de la misma familia, que ya me dirás tú, sin ninguna clase de control, no me jodas, incluso después de haber llegado, carallo, entre ellos, carallo, a alguna clase de pacto.

 

Y esta es la historia que me contó el marinero gallego, que fue calentándose, calentándose, hasta ponerse rojo y luego verde, porque los de Alicante, decía, le habían hecho algo muy gordo, que yo no digo que no, pero tampoco digo que sí, que los de Alicante son muy suyos, pero también los gallegos.

Tu valoración : Je détesteJe n'aime pasCa vaJ'aimeJ'adore
Atención Ha ocurrido un error, por favor inténtalo de nuevo más tarde.