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Manojo de flores (una investigación particular)

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 10/12/2018
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Manojo de flores (una investigación particular)

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Me gusta surfear por cadenas de televisión de cuyos nombres nunca me acuerdo, brotan un día en la pantalla y luego desaparecen para siempre, canales que programan películas que van de la chusca moralina de serie B hollywoodiense a olvidadísimas joyas del séptimo arte, virtudes que ya serían sufrientes para llamar mi atención, y a las que hay que sumar una más: por la calidad de imagen y sonido parecen ser copias grabadas directamente con cámara doméstica a un televisor, copias compradas en el top manta. Una locura.

Días atrás, de madrugada, y tras pasar por cientos de canales, en el doscientos y pico emitían una de tales joyas, A Unmarrided Woman (aquí, Una mujer descasada), del año 1978, dirigida por Paul Mazursky y protagonizada por la sin par Jill Clayburgh. Trata de una mujer a la que su marido le engaña con otra, y de cómo ella ha de reconstruir su cotidianidad a través de una serie de aperturas a mundos y relaciones sociales que desde su extracto burgués del Upper East Side neoyorquino jamás hubiera imaginado. Pero lo que me interesó de la película fue otra cosa. Tras una secuencia filmada en escenarios reales, en la que, en  mitad de la calle, el marido le suelta a bocajarro que tiene una amante, ella sale corriendo y callejea un par de manzanas hasta que en estado de shock se agarra a un poste de luz, en el que hay un teléfono público, y acto seguido vomita sobre la acera. Me fijo entonces en ese teléfono público, cubierto de las habituales notas, pegadas con cita, de anuncios del tipo “se frece fontanero”, “pizzas a domicilio”, etc. En uno de ellos se lee: “Dave Hofstra (bass), Steve Moses (drums)”. Nunca he oído hablar de esos músicos. 

 

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Al instante los asocio a alguna escena de jazz emergente en la Nueva York de finales de los años 70. Siempre me han inquietado todos esos detalles de “realidad orgánica” (no de guión) que se cuelan en la películas, como cuando el personaje que interpreta Humphrey Bogart en Cayo largo intenta encender un cigarrillo y le falla la cerilla, y debe usar una segunda; claramente ese segundo fósforo no estaba en el guión, claramente ese segundo fósforo no se le enciende al personaje que interpreta Humphrey Bogart sino al mismísimo Humphrey Bogart. La realidad abre ahí un agujero en la ficción. Como esas otras escenas que alguna vez todos hemos visto, rodadas en las calles, donde alguien pasa y mira a cámara y en esa furtiva ojeada, que apenas dura un segundo, es roto alguna clase de velo de lo real/ficcional. 

 

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Pero a lo que iba: investigo entonces en la Red los nombres de esos dos músicos, Dave Hofstra y Steve Moses, y tras varios intentos llego a una página en la que un tipo relata un concierto celebrado en 1980 en un garito de Nueva York, Irvin Plaza, y habla de una banda llamada The Public Servants, adscrita al movimiento no wave, aquel estilo musical que en el cambio de la década de los 70 a los 80 hizo suya la actitud punk para aplicarla al jazz y a la música experimental. En esa banda tocaban esos dos músicos. Y nos dice:

(The Public Servants) aparecieron en uno de los momentos más emocionantes de la historia musical de Nueva York y combinaron el pop, el funk, el swing y la performance de vanguardia de una manera que hubiera sido inimaginable un par de años antes. Eran geniales (…) Dos años más tarde se habían desvanecido sin rastro, dejando atrás solo un single, una rareza auto-producida. Pocas personas que estaban en el entorno musical de aquel momento pueden incluso recordarlos. Nunca he visto un artículo sobre ellos en mi vida.

Afecto como soy a los bordes, a los extrarradios y a los residuos de las épocas, me pongo a buscar y no paro hasta encontrar en Youtube ese single de The Public Servants, con sus dos únicos temas grabados: “Jungle Hotel” y “Mistake”, y no tardo en darme cuenta de que el tipo que aparece en la portada (fotocomposición sucia y pretendidamente abrupta, del estilo fanzine de la época), es ni más ni menos que el filósofo francés Roland Barthes, quien nos mira desde ese falso Egipto con cara de haber sido pillado ejerciendo de banal turista. Detrás de él, como en una viñeta de cómic, la Gran Esfinge egipcia nos dice: 

“Pensé que un manojo de flores era la cara de una dama.”

 

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Tal frase, dicha por la Gran Esfinge (sin nariz y con su rostro cada vez más acabado), me resulta turbadora, y pienso que, en efecto, nada más pertinente que ubicar en tal bizarro paisaje al inventor de la semiótica moderna, quien nos enseñó a interpretar los signos contemporáneos en clave antropológica, quien hizo saltar por los aires la banca de lo que hasta entonces se entendía por alta y baja cultura, quien supo ver en una cartel de ofertas de supermercado señales de pigmentos de las cuevas de Altamira. 

 

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Recuerdo entonces uno de los libros más populares de Roland Barthes, El imperio de los signos. Se trata de un bello y analítico tratado de la cultura suprema del signo, la japonesa. En un pasaje nos dice que la fotografía del rostro de un profesor occidental fue “japonesizada” cuando impartió una conferencia en una universidad de Japón (“sus ojos alargados y sus pupilas ennegrecidas”), y que, por el contrario, un actor japonés, fue “occidentalizado” para imitar los rasgos de los astros de Hollywood. Todo ello Barthes lo interpreta como “citas”, referencias puntales a otras culturas que vistas desde la propia siempre resultan exóticas. Y se hace la pregunta importante, la pregunta fundamental, la pregunta a la que había que llegar: “¿porque qué es pues un rostro sino una cita?”, qué es el rostro sino un lugar en el que “se escribe”, en el que constantemente estamos escribiendo y nos estamos escribiendo, un espacio en blanco en el que sin pausa estamos citando y traduciendo a los demás para construirnos a nosotros mismos. 

Vuelvo ahora la vista la Gran Esfinge egipcia y a su frase, “Pensé que un manojo de flores era la cara de una dama”, y vuelvo también la vista al rostro de la mujer que, traicionada, vomita junto a un teléfono público en una calle de Manhattan. Y creo que no digo más, que ya todo está dicho en ese rostro o manojo de flores.  

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