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Nadar y guardar la ropa

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 22/06/2015
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Nadar y guardar la ropa

 

Nada hay más natural que nadar y guardar la ropa, ¿qué tiene de cobarde la más sensata opción cuando uno está vestido y le apetece, sí, nadar, por deporte o por necesidad, por si acaso o por probar? Nadar y guardar la ropa. Sin ser un acto heroico, no merece el juicio de quien, por despreciar el arreglo y la componenda, pretende sancionar a quien sólo se muestra prudente. ¿Ese? Ese nada y guarda la ropa, condena el inquisidor señalando con el mentón a la distante víctima, curvando hacia abajo el rictus, sugiriendo así desprecio; Ese nada y guarda la ropa, sentencia, como quien dice: Ese sí, pero no.

 

Sí, pero sí, digo yo, dando un paso al frente. Nadar y guardar la ropa exige visión de futuro, contención del impulso mecánico (madurez, por tanto) y aplazamiento del inmediato placer por un bien superior. ¿Es prudente lanzarse con ropa al estanque, a un riachuelo, al ancho mar?, pienso en voz alta para los menos dispuestos a fiscalizar al juicioso. ¿Qué virtudes encierra el carácter de quien, empapado por necio, gana dos veces su peso y bracea como un ánade cubierto de alquitrán, inclinado, por estúpido, a la muerte y arriesgando, no sólo el aliento y la felicidad de los suyos, sino también las llaves y el teléfono móvil? ¿Hemos de verdad creer que es encomiable —aun esquivando una muerte aproximadamente cierta— que, por un instante de expansión, alguien afronte, al abandonar el agua, el rigor de la intemperie, con la ropa pegada al cuerpo, a merced del frío y del viento, arriesgándose a una pulmonía o, aún peor, al señalamiento? Ya sólo nadar y quitarse la ropa, sólo eso, revelaría una actitud responsable que todos deberíamos aplaudir (si el orden fuera el inverso), pero quitársela, nadar y, además, guardarla, sólo pueden censurarlo los insensatos, los envidiosos, los majaderos.

 

No pretende esta tímida invectiva establecer como culminación de la virtud un acto doble, acaso triple, por lo demás modélico. De ningún modo. El espíritu humano soporta apuntar más alto, rebasar el mismo cielo. Nadar después de quitarse, doblar —doblar, insisto: subo la apuesta— y guardar la ropa distinguiría al auténtico virtuoso del resto, como el hombre se distingue del muchacho. Como el discípulo del maestro. Mas la categoría del héroe, la del Aquiles del cálculo, el Academo de la templanza, el provecho y la multitarea, se alojaría en el ánimo de quien, abandonando de forma definitiva la contingencia del común, fuera capaz de nadar y… lavar la ropa. ¿Qué reto quedará para la especie cuando, aun en un simple inciso destinado al asueto, un semidiós sea capaz de trascender la previsión para llevarla a una nueva cota de compromiso y acierto? Nadar y lavar la ropa. Sin llevarla puesta, ojo. Y luego doblarla y guardarla. Ese es el reto.

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