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Breve elogio de la traducción

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 05/09/2018
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Breve elogio de la traducción

 

1. Leemos libros extranjeros porque existen los traductores. Benditos sean. A ellos les debemos mucho y no siempre se reconoce su trabajo adecuada y merecidamente. Es un trabajo, sin duda una profesión, y también una práctica literaria. Muchos escritores somos también traductores. Creo que los escritores traducimos por vocación, es decir, por algo que nos fascinó muy pronto, muy jóvenes. También por dinero, claro está. Tal vez lo fascinante, en mi caso, se deba al cariz de juego combinativo del lenguaje y a la naturaleza adictiva de la traducción. También por el sentido deportivo que supone, algo así como ir al gimnasio. No conozco a ningún traductor literario que no encuentre en la traducción un placer, un reto, un vicio, una especie de juego complejo; casi todos coinciden en que, quizá, sea el modo más intenso de leer. 

La divisa del traductor es estar a disposición del texto de otro. Es una función vicaria, entregada, secundaria, a la que dar relieve pero no protagonismo. Cuando se dice que el traductor “debe ser invisible” tal vez se refiera a esa situación de ubicarse “un paso atrás”. De ahí que el tema clave sea siempre el de la fidelidad o la infidelidad. Es decir, el traductor como traidor, tal como reza la frase popular de “traduttore, traditore”. Creo que ese es el dilema básico de la traducción: optar por la literalidad u optar por la laxitud en la traducción literaria. Claro que es mejor la exactitud, pero sin ser rígidos, aceptando un amplio margen interpretativo. El traductor tiene que ser libre para poder desarrollar, sobre todo, el sexto sentido de la intuición. Esto el lector, en realidad, no lo capta, pero el resultado final sí se beneficia de ello y hace que un texto extranjero parezca que no lo sea.

 

2. Traducción viene del latín, traductio-ionis, que significa “hacer pasar al otro lado”. Traducir, por tanto, es volcar en una lengua un texto escrito en otra lengua y lograr que signifique lo mismo en las dos, es decir, alcanzar la equivalencia de lo que pretendía el autor. En una entrevista reciente, la gran traductora Marta Rebón decía que “traducir es coger un texto en una orilla y llevarlo a la otra”. Me parece la mejor definición de lo que es traducir. No hay, por tanto, traición, sino “traslado”.

En este sentido, conocer muy bien la propia lengua es clave, incluso yo diría que es la condición sine qua non para traducir. Recrearla, explorarla, amarla, recorrerla. Esto es lo que hace un traductor con su propio idioma, y esa es su gratificación. El traductor ha de tener paciencia y abnegación, escrupulosidad y lealtad, inteligencia y elegancia. A estas cualidades se suman otras dos fundamentales: sabiduría y memoria comparativa. Ha de ser, en cierto modo, lo que es un cinéfilo en el caso del cine. La cinefilia es un arte y un conocimiento, la traducción también.

Por eso no hay reglas para traducir. La traducción se practica, se hace. Y supone una experiencia que se puede compartir entre colegas, para aprender, pero cada traductor ha de resolver sus propios problemas, salir de sus laberintos o edificar la casa como buenamente sepa. En esto es como el escritor. Hay tanto criterios para traducir como traductores hay.

 

3. Malo es que un traductor sea inmovilista o intransigente. Más bien ha de ser alguien en permanente búsqueda y en constante movimiento. La traducción es una construcción siempre abierta. Por tanto, una característica del traductor (que lo emparenta, en cierto modo, con su especie más cercana, el escritor) es que siempre está abordando el problema de la elección. Elegir, que equivale a decir “buscar soluciones”. Como el escritor, el traductor ha de actuar resolviendo problemas, tomando decisiones y rebuscando en el interior del mecanismo para ver cómo está hecha la máquina, por así decir. También está tomándose licencias y abriendo caminos nuevos para expresar lo mismo, pero de otra manera. Al traducir, la comunión con el escritor al que traduce es total –al margen de gustos–, ya que se ve obligado a plantearse los mismos problemas, dudas y cuestionamientos que el escritor, a veces con mayor intensidad.

Un traductor bueno es también una referencia para el lector y un reclamo de calidad para comprar un libro. Los traductores deberían formar parte del márketing, ya que pueden ser una ayuda muy importante en la promoción del libro, sobre todo cuando el autor extranjero no puede venir a hacerlo o ya ha fallecido. Vuelvo a citar a Marta Rebón: ella, en tanto que su traductora, es la mejor promotora de Vassili Grossman (Vida y destino) y de Liudmila Ulítskaia (y su extraordinaria novela Daniel Stein, intérprete), por ejemplo. Como ella, algunos traductores son ya “una marca” en sí mismos y una garantía que las editoriales deben aprovechar. El editor debería darle un protagonismo específico. Por fortuna, la profesión de traductor literario, aunque siempre mal pagada, ha ganado un espacio fundamental en el ámbito editorial: ha ganado respeto. Elogiemos ahora a los traductores y a las traductoras que hacen posible tanto placer literario.

 

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