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Busan / Perutz

Adolfo García Ortega
Por Adolfo García Ortega
El 13/01/2017
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Busan / Perutz



1. Me gusta el cine surcoreano (del norcoreano no puedo decir nada, desconozco si existe). Es una confesión que me rejuvenece, porque es un cine arriesgado y novedoso. Diferente. Hablo en general, porque tampoco soy un experto que haya visto más allá de una docena de películas de ese país. Pero soy un cinéfilo empedernido, y desde esa óptica hablo. Reconozco, además, que me encantan las películas de terror y suspense trepidante, un terror más o menos posible, con situaciones en las que ha de superarse una amenaza fatídica. El cine surcoreano de terror y suspense suele contar más de lo que muestra, y los medios urdidos en sus películas para superar esa amenaza son extremadamente inesperados. Nada que ver con el concepto europeo o hollywoodiense del terror. En Occidente, el terror y el suspense han de provocar en el espectador una sensación de incomodidad absoluta, sin resquicios a la ironía o la sorna. Las surcoreanas, abordando el pánico como escenario directo, son, sin embargo, películas inquietantes, divertidas e inteligentemente burlescas.

En este campo, el cine surcoreano es ya una rama en sí misma del cine asiático y del cine universal. Películas como The host (2006) o Mother (2009) -un thriller absolutamente sólido e inaudito-, ambas de Bong Joon-ho, director que nos dio en 2013 otra sorpresa con Snowpiercer (Rompenieves), con un elenco internacional y más concesiones al mercado europeo, pero sin duda una muy fantástica película. O la desasosegante (pero poética al máximo) The Yellow Sea (2010), de Na Hong Jin, un absorbente polar que es, al mismo tiempo, una crítica social, una película de acción y una historia negra negrísima. Rezuma sangre de un color marronesco, pese a toda la violencia que exhibe, pero solo hay un disparo, y por error. El resto es cuchillero.

Estos días conviven en las carteleras dos películas surcoreanas muy distintas, pero ambas originales y sorprendentes, como suele ser el cine surcoreano de los últimos años. Una de esas película es Train to Busan, de Yeon Sang-ho, una película de zombis tan estupenda o más que la adrenalínica y divertida Guerra mundial Z. Train to Busan (ojo: imprescindible verla en versión original, aunque en realidad debería prohibirse por ley doblar las películas, es un crimen, pero esa es otra historia) está llena de signos autorreferenciales del género de terror y contiene un sutil humor y una desinhibida emotividad. También supone una extravagancia. Matizo lo de extravagancia como un atributo positivo, en tanto que introduce personajes totalmente inusitados en una trama de acción, cambiando el concepto de héroe que tenemos en el cine occidental. Esto ya se vio en The host, donde los “héroes” son un narcoléptico un poco sonado, una campeona del mundo de tiro con arco y un ejecutivo financiero. Este cambio de paradigma del héroe, significado por la asunción de la fatalidad –pues fatalidad es lo que preside, en general, la cultura que dimana del cine surcoreano-, es algo muy perceptible en la electrizante trama de Train to Busan. El elemento sentimental está presente todo el tiempo, a veces hasta parecer ridículo, y sin embargo tiene todo el sentido. ¿Cómo es posible que una película de zombis como es Train to Busan sea también lacrimógena? Incluso en The host tampoco se evita el elemento sentimental prolongado hasta la punta del kleenex. Llega más al espectador, humaniza los aspectos irreales, por así decir, y de tanto llorar acabas por desternillarte. Todo eso le da una orientación más transcendente que el mero entretenimiento. Sin duda que es una película divertida, que eleva la adrenalina y hace pasar un buen mal rato emocionante, quizá porque cuenta más de lo que parece.

La otra película en las salas es La doncella (2016), de Park Chan-Wook, basada en la novela de Sarah Waters. Como ya hizo en Thirst (2009), Chan-Wook tiende a un barroquismo gótico cargante, abrumador y denso al estilo fassbinderiano, pero menos dramático y sí más artificial. Esta artificialidad tiene destellos de ironía y se salva de ser patética precisamente por su retórica, aquí claramente erótica. Dos muestras antagónicas de arte cinematográfico, pero dos películas que suponen una vuelta a la magia del cine en estado puro: la mirada virgen ante la originalidad absoluta (y que no pase el tiempo en la sala).
 
 

2. Y hablando de goces, he aquí una propuesta relativamente distinta: gozar de la literatura, leer para disfrutar de un placer que no se parece a ninguno, eso que causa en la mente la pulsión fabuladora de la lectura (lo que se pierde el 40% de la sociedad española que no lee nada, y lo que no saben transmitir a los alumnos españoles ninguno de los planes de estudios que ha habido y hay, ¡ay!). Ese placer lo dan libros como De noche, bajo el puente piedra, de Leo Perutz (1882-1957), un libro que se lee como si se saborea un manjar. Perutz fue un escritor que en los años treinta del siglo pasado estuvo tan considerado como Zweig, Schnitzler, Roth o Werfel. Sus novelas son muy diversas, tratan de ser populares y buscan contar historias que asombren. El marqués de Bolibar, Mientras dan las nueve, son algunas de las más conocidas, ya que es un autor muy traducido en español.

Perutz estuvo escribiendo este libro durante muchos años, documentándose y haciendo y rehaciendo los distintos relatos que lo conforman. El resultado es un libro fundamental de la literatura europea. De noche, bajo el puente piedra data de 1953, cuando lo publicó ya hacia el final de su vida, y es, para mí, su mejor libro, a la vez que un libro maravilloso. Lo recomiendo siempre y sin que decrezca el entusiasmo. Novela episódica, o de relatos unidos todos por la época, el contexto, la ciudad de Praga y las relaciones de los protagonistas, cortesanos de Rodolfo II y de la Bohemia del XVI y XVII, seres como el asombroso Wallenstein, o los judíos que remiten al Golem, al rabino Loew y a la figura inquietante e intrigante del rico Mordejai Meisl. Cuentos de diablos y fantasmas, de miedos y política (increíble actualidad del titulado “Los fieles del emperador”), y de amores prohibidos, como el de Esther, la mujer de Meisl, y Rodolfo, el emperador fascinado por los gabinetes de maravillas, alquimistas, apariencias y oscuridades. Duelo entre el Castillo del poder y el barrio judío de la astucia. Historias mágicas, sorprendentes, cautivadoras, insospechadas, amores y encantamientos, la esencia de una Europa central plagada de mitos. En la contraportada se lee una cita de Borges sobre Perutz: “Un Kafka aventurero”. Lo era, sin duda. Un gran narrador de la aventura. Un Graham Greene austriaco.

 

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