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Buzos y surfistas (el macroscopio)

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 21/11/2017
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Buzos y surfistas (el macroscopio)

 

Buzo - Hans Talhoffer

(Prototipos de buzos, Hans Talhoffer, s. XV)

 

1
Melville decía:
“Amo a los que se sumergen. Cualquier pez puede nadar cerca de la superficie, pero se necesita ser una gran ballena para descender a cinco millas, o más. Desde el comienzo del mundo, los buzos del pensamiento han regresado a la superficie con los ojos inyectados en sangre.”
En efecto, para el autor de Moby Dick, la actividad de pensar acerca de un asunto con todas las consecuencias, levantar un pensamiento original o escribir la novela que le encumbró, requiere de una inmersión oceánica y radical, nada de surfear, sólo así es posible emerger con una pieza importante entre las manos. Pero, ¿y leer, en qué consiste leer? Parece que la lectura tiene más que ver con quedarse en la superficie, y así es, pero en este caso superficie no es sinónimo de superficial, sino de crear un verdadero cuerpo que sobre la página, y siguiendo nuestra vista, nos conduce.


2
Estás asimilando unos párrafos con verdadero interés, el blanco del papel (o del monitor) y la tinta forman entonces una amalgama perfecta, un cuadro que parece no necesitar ningún otro color. Y ese blanco y ese negro no sabes cómo se mezclan pero no dan lugar a una mancha gris sino a una nube de significados; un cuerpo abstracto y esponjoso que se mueve al mismo tiempo que tu vista recorre el papel. Leer es crear ese organismo casi alienígena en torno al campo de visión, una especie de encantamiento que materialmente se encarna y crece y mengua y adelgaza y engorda porque en él van entrando y saliendo toda clase de materiales, algunos útiles, otros que al instante serán desechados, o cosas que acabas de leer y muchas que de algún modo anticipas aunque luego nunca sucedan. La mayoría son producto de cuanto has absorbido en otras lecturas y que has archivado para ahora, en la página presente, hacerlas aparecer como enlaces y relaciones.
A pesar de que los límites de ese cuerpo que ha crecido sobre la página son radicalmente cambiantes, su interior es muy compacto, alberga un reino que en cada instante se nos muestra pleno y lleno de sentido aunque también al instante pierda ese sentido para ganar otro. Y fuera de ese cuerpo nada vemos, las lentes se desenfocan y las brújulas giran sin sentido. Podemos decir que leer es construir un “macroscopio”: aparataje que permite ver cosas tan grandes que el ojo por sí mismo jamás abarcaría, cosas situadas en un plano de realidad varios órdenes de magnitud por encima de nuestra escala natural de visión.
Y si por cualquier circunstancia algo te despista (un ruido, alguien que te llama, un pájaro que pasa), y aunque sólo sea por un instante levantas la vista del papel, también al instante ese cuerpo se destruye. Retomar la lectura equivale a tener que crear otra nube de sentidos, otro macroscopio y su correspondiente nuevo cuerpo, por eso cuesta tanto retomar una lectura, y por eso lo creado nunca será lo mismo que lo recién destruido. De este modo, produciendo y aniquilando cuerpos, surfeando en la superficie del papel, aparece eso que al final llamamos “una lectura”.


3
Según las estadísticas, desde que yo nací la población mundial se ha duplicado. Si hoy me muriera en mi lugar habría dos cuerpos que no son el mío. Y resulta lógico que esa estadística de población planetaria no tengan en cuenta los cuerpos creados por mis lecturas, pero no puedo sustraerme a la tan inverosímil como egocéntrica idea de que de algún modo permanecerán diluidos en los dos humanos que me sustituyan, dos buzos que emergerán a la superficie con los ojos inyectados en sangre. La mía.

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Anónimo

El 04/12/2017

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