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Como arriba, abajo

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 07/02/2017
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Como arriba, abajo

 

Soñar que caes es como soñar que asciendes. Pero al revés. Es decir: lo mismo. Soñar, por tanto, que caes y caes es como soñar que asciendes y asciendes: la pesadilla se funda en la ausencia de límites, y, si no asusta tanto la caída como asusta el golpe, más asusta su ausencia, ruta sin solución al infinito vertical, que puede ser hacia arriba o hacia abajo. Tanto da. Soñar que te persiguen es como soñar con serpientes: la expresión de no sé qué; como soñar con grifos abiertos, con dientes que se caen o con concubinas parientes. Soñar te hace espectador activo de una vida prestada, y en nada es más profunda la expresión de la pasividad que en su superficialidad, pues (decíamos ayer) caer y volar es lo mismo mientras no se llegue a ningún sitio.

 

Huir, por ejemplo, de un monstruo transparente, aterroriza más que ser al fin por él preso, reducido el terror a formas concretas, por viscosas que sean; la incertidumbre es al miedo lo que la expectación al suspense: su causa y elevador. Es la dilatación del prólogo lo que hace insufrible la espera, origen de toda angustia y de toda dicha. Que son, también, lo mismo. También en el cielo hay piedras con las que tropezar. Por eso volar y caer tanto montan, como empatan bucear y planear, y andar es lo mismo que quedarse quieto, mientras camine el mundo, igual que andar no tiene objeto si es el mundo el que se detiene y todo queda, de repente, al alcance de los dedos y toda victoria es cuestión de tiempo y hurta a cualquier logro su mérito. Igual que amar es reprobar un poco. Igual que la gula es una forma de abstinencia. Igual que abrir los ojos no interrumpe el sueño. ¿Por qué, pues, caer y caer nos baña en sudores fríos, y volar y volar (bracear, más bien) por el cielo nos llena de añoranzas de lo no vivido, cuando flotar no tiene otro desenlace que la final caída ni caer otro destino que el remonte a manos de una corriente fría o, en ocasiones contadas, del esfuerzo?

 

Golpear el suelo es –después de volar o caer, tanto da–, lo que pone fin al sueño. Yo me entiendo.

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Anónimo

El 18/06/2017

Y mientras devoro el sueño, es el atardecer quien se pone delante mía. Lo siento desconocido y eso me tranquiliza. Derramo el terror sobre las formas concretas. Me alcanzo con los dedos. Respiro. Todavía en mi cuerpo hay pájaros y raíces. Las piedras golpean el suelo y aterrorizan al entendimiento. Ponen fin a la añoranza de lo vivido y lo no vivido. Resistirse al viento es una forma de abstinencia. Amar lo que queda –después de volar o caer, tanto da– es ser al fin.