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Contenedores

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 22/12/2015
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Contenedores

 

No había ninguna cerveza fría. Son las 12:31. Como dice mi padre, el cura ya ha bebido a esta hora. Tengo una pequeña nevera Teka. Es lo mejor que había en la jaula. Un depósito transparente de pistachos en otra esquina y sería un pájaro feliz. Ya he hablado de esto. Pequeña pero matona. En media hora la lata estará helada. Pistachos no tengo. El queso crea adicción, lo leí el otro día, pero me lo figuraba. De la jaula a la trampa de ratones y los estímulos bien dispuestos. No somos los reyes de la creación, solo una extraña mezcla de animales. En cuanto pueda beberme la cerveza daré por terminado el texto. Hay mucho escrito sobre cómo debe ser el final de un texto. No seré yo quien escriba más al respecto. Esta canción de Dirty Beaches es una maravilla para marcar el ritmo del teclado. Un teclado que no existe, es una pantalla. Tampoco las palabras existen del todo ya. Son de la pantalla, en la pantalla. Este disco magnífico de Dirty Beaches (Drifters/Love is The devil) no está siquiera aquí, bajo mis dedos, aunque desde algún lugar de este misterioso electrodoméstico se envía por Bluetooth al pequeño equipo de música. Esto de tener todos los discos del mundo entre los dedos y la polla es una gozada, no vamos a negarlo más. Perdonen, pero así tengo apoyada la tableta. Estoy tirado en la cama, y hace de atril una pierna cruzada sobre la otra, que forma un triángulo equilátero con la parte del colchón que ocupa. Qué rara el otro día, la tableta sobre el atril del estudio de grabación, mientras cantaba. Ventajas: los muy sensibles micrófonos no registran el paso de las páginas, sean mis letras todo lo largas que quieran. No sé qué haré cuando se estropee la nevera. Supongo que ya no las harán iguales. Las nuevas tendrán todo tipo de automatismos y enfriarán lentamente, a conciencia, como hace su trabajo un robot ejemplar. También la lavadora es sencilla. Hasta pude arreglarla una vez. Un chinarro de la playa bloqueó la bomba de agua. El colchón está vencido por los laterales. Me prometieron que era para toda la vida. Y puede serlo, porque no es necesario cambiar de colchón solo por eso. Body memory, así se apellida mi colchón. Me cobraron una pasta. Era 2007. ¿Cuántos discos desde entonces? Suelo sentarme en los bordes de la cama para componer. El verano ha sido intenso. Hay una mancha de sudor en la parte de atrás de la guitarra. He frotado con un limpia muebles, pero no sale. Es el único mueble que necesito, una guitarra. En la estantería cada vez hay menos libros por leer. Los que leo los regalo, los que no he leído saben -sus autores- que será por algo. Me mandan libros aun a sabiendas de que jamás daré mi opinión. Mis opiniones cambian, mejor no darlas. Lo sé como votante también. Es menos engorroso cambiar de opinión que cambiar de muebles, y más divertido. Las mesitas de noche guardan calzoncillos y calcetines. La noche está hecha pues de ellos. Cuando despiertas y los ves fuera por ahí tirados, sabes que la noche ha reclamado su lugar, ha ganado la partida. Igual que ayer, cuando fue la más larga del año. Los nazis celebraban unicamente el solsticio de invierno, hoy día del fin del verano, nada de navidades ni historietas. Lo sé porque a la Colau la han llamado nazi por eso. Yo no es que celebre el solsticio, ni eso, porque tengo el bono social de electricidad y sé que la oscuridad no va a matarme, al contrario: muy necesario en la Costa del Sol fue poner un toldo. Estaba jugando España no sé qué partido de la Eurocopa cuando lo instalaron, lo recuerdo bien porque todavía no tenía televisor. Luego compré uno, también pequeño. Al nene le gusta, a veces vemos alguna pelicula juntos. En fin, ha estado bien ser testigo de la conversión de la política en espectáculo televisivo. Que digo yo que podrían convertir el congreso en un plató a la moda de los diferentes canales y así nuestros representantes se ganarían el sueldo con los ingresos publicitarios, como hacemos los músicos a veces con la cerveza u otras bebidas alcohólicas. Me pregunto si mi súper nevera habrá cumplido ya su misión de hoy.

No, aún no.

Al ir a poner bien los roscos de vino en la maleta del nene, en el autobús, una chica me ha tosido a la cara. Ponen tantas palmeras porque esto es un poco jungla. Gusta así. Son sinceros. A veces pienso que debería volver a tener coche. No diésel, claro. Ya sería mala leche, con los datos que tenemos sobre enfermos y muertos causados por la contaminación. Compraría acaso uno eléctrico, como el Mitsubishi de Endesa, que casi me atropella silenciosamente después, cuando volvía a encerrarme andando por la Malagueta. En ese barrio de ancianos ricos vi morir a una mujer. Estaba yo fumando en la ventana. Ya no fumo, una necesidad menos. Lo he notado grabando el disco. La señora estaba en el cajero de Unicaja, donde estaba el tasador que inflaba los precios de las viviendas animado por la codicia y la torpeza de unos y otros. Quería yo la jaula solo para componer. Caí en la trampa. Y solo me quedé. Piándole a los eucaliptos, a la puesta repentina del sol. No sé qué leería la señora en la pantalla del cajero. Cayó redonda, como yo en el Body Memory. Desconecto ahora mismo la tableta de la corriente, por si acaso. Los Luque somos hipocondríacos. Ayer el nene se hizo una fisura en el colegio. Jugando al fútbol. Le disparó fuerte una compañera. Cayó mal al suelo. Maldito Casillas, funestos torneos mundiales. Me costó convencer de que lo mejor era ir al Materno Infantil. El Servicio Andaluz de Salud es una maravilla. Ojalá todo el país funcionara igual. Aunque haya alguien haciendo alguna trampa, en la cocina, con las máquinas, qué sé yo. Además, si usted lo sabe es porque conoce a algún cómplice. Pero lo importante es la salud, y el nene está bien, gracias. Perdón, me han llamado por teléfono. Era Antonio Fernández, un amigo que toca el violoncello y da clases en el conservatorio de Jaén. Maestro en todos los sentidos. Hizo los arreglos de cuerda de Perspectiva caballera y, por resumir, en los créditos solo puse que tocó el violoncello. Y claro, no tocó nada que hubiese escrito yo, puesto que no sé escribir música, al menos no eso tan complicado que tocaron, él, Lucas Valera y el otro compañero del violín que figura en los créditos del disco y cuyo nombre no recuerdo ahora y no quiero levantarme, buscar en la estantería y leer. Una pena que en Spotify no puedan mirarse esos detalles. Total, que en el disco que acabamos de grabar sí aparecerá toda la información. Si fue Antonio o Lucas quien escribió el arreglo. Porque por suerte han vuelto a arreglar un disco mío, el siguiente. Yo puedo inventarme melodías, es lo que suelo hacer. Las tarareo, escribo letras que vayan bien y las grabo. Las melodías que canto, quiero decir. Los otros músicos hacen su parte. Llevan las canciones a un punto distinto del inicial, distinto del que imaginaba, siempre mejor. La soledad solo conviene a los pintores y a los novelistas. Suena anticuado: pintores, novelistas... Hacer música con sesiones de iPad online y subirlas a las redes sociales como quien actualiza el Facebook. Eso es el futuro, por no decir que es el presente. Y sin miedo ninguno. ¿Qué quería decir yo con todo esto? Ah, sí, que como no se me ha estropeado nada, nada tengo que comprar, así que me quedaré en casa estos días de fiebre consumista incomprensible, pues hace un poco de frío y me duele la garganta desde que me tosió la chica del bus, que la cerveza por tanto me conviene no tan fría, es decir, ya, y que me parece absurdo interrumpir los informativos toda una mañana porque haya un sorteo de lotería. La ludopatía no admite excepciones, como la supuesta bondad del país, alterada notablemente con la descomunal hostia que le dio a Rajoy su vecino. El alcalde de Pontevedra debería ir pidiendo contenedores de palmeras.

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