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De lo impulsivo y lo gradual

Sole Otero
Por Sole Otero
El 07/02/2020
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De lo impulsivo y lo gradual

Me suelo considerar a mí misma una persona bastante impulsiva y, por ende, bastante cambiante. Una vez que tomo conciencia de algún deseo o necesidad que está en mis manos resolver, no tardo en hacerme cargo, organizarme y accionar para concretarlo. No lo pienso demasiado y sorpresivamente tengo que reconocer que rara vez me equivoco cuando tomo decisiones con rapidez. Es en las elecciones dubitativas y lentas en las que suelo errar. Cambio constantemente, siento en mi interior que tengo una sola vida y que quiero probar vivirla de la mayor cantidad de maneras mientras sea posible.

Pero este último año -un año de grandes avances- me ha mostrado y dejado en evidencia lo que quizás ya sabía pero redescubro constantemente; los humanos somos seres más complejos, tenemos más capas, más lecturas, más sutilezas, no estamos definidos por blancos y negros. Sin dejar de ser esa persona impulsiva y decidida, también sostengo una lentitud para gestionar algunos cambios que me sorprende.

En este mismo momento estoy trabajando en una mudanza de país y de continente. Cuando digo en este mismo momento no puedo ser más literal. Adelante mío está desparramada mi valija abierta, estoy en mi cuarto de la infancia, en casa de mis padres, recuperándome del cansancio de mi fiesta de despedida y pensando en qué cosas no debería olvidarme y cuáles es mejor dejar atrás. Lo estoy pensando por vez mil, ya llevo tres meses envuelta en los preparativos de esta mudanza, pero lo estoy pensando por última vez; mañana parto finalmente. Y en esta situación me pregunto: ¿fue ésta una decisión repentina e impulsiva? ¿Tuve un rapto de inspiración y decidí en cuestión de horas que me vida tenía que cambiar? Porque a simple vista se sintió así cuando un día de septiembre, al volver de visitar a un colega argentino residente en la ciudad de Bordeaux (mi amigo el gran Lucas Varela, autor de la maravillosa ‘El día más largo del futuro’) y escuchando cómo nuevamente se complicaba la situación económica en mi país pensé “¿Y si finalmente doy el salto y me quedo acá?”.

En ese “finalmente” se encierran las respuestas a estas dudas. Ese día decidí tomarme el tiempo real de pensar qué haría falta para gestionar ese cambio, qué iba a perder y qué podía ganar, qué dificultades iba a encontrar, cuánto trabajo me podía llevar. Pero no era un cambio que nunca había barajado. Llevo casi cinco años de idas y vueltas, aprovechando las facilidades de mi trabajo para viajar, las invitaciones a festivales y residencias, con un pie en Argentina y el otro siempre en otro lado. He pasado bastante tiempo en Colombia, Estados Unidos, Francia, España, etc. Ya tuve hace tres años el impulso de irme y me retracté. No soy tan impulsiva y desprendida como parece, la decisión no es fácil y coqueteé con ella durante años antes de sentir que era la hora de poner manos a la obra de verdad. Preferí seguir sintiendo que tenía base en mi ciudad natal y que, pese a que cada vez la veía más esporádicamente, seguía siendo mi lugar para volver, hasta que se me hizo evidente, ese día con Lucas, que ya no estaba siendo práctica.

Siempre me sentí poco aferrada a las personas, pero lo cierto es que me duele perderlas más de lo que quiero reconocer. Y estos tres meses han sido complicados por eso. No sólo me refiero al cansancio físico, que sin duda tengo. Tuve que abandonar la idea de viajar con mis gatos, dadas sus cualidades poco aptas para sobrevivir un vuelo, tuve que hacerme a la idea de que durante un año -el plan es volver a Argentina como visitante para las próximas fiestas- voy a perder la posibilidad de estar con mi familia y mis amigos de toda la vida, y tuve que despedirme de casi todas mis cosas. Este último factor fue más grato de lo que esperaba, sin duda intensamente movilizante, pero aun así grato. Revolví y repasé así todas las fotos, cartas, dibujos, trabajos, archivos, libros, etc. que tenía entre mis pertenencias. Algunas cosas las repartí y regalé, otras las guardé distribuyéndolas entre casas de amigos y familia, abriendo el paraguas por si todo falla y me toca volverme. Pero en ese repasar mi vida encontré que tengo cierta seguridad y confianza en que realmente deseo lo que estoy haciendo: buscar nuevas oportunidades para seguir creciendo y construir en otro lugar. Al menos sé con certeza que quiero hacer la prueba, que hace años que lo quiero y que me costó muchísimo tiempo asumirlo. 

 

 

Ilustración Sole Otero

 

 

No odio mi país, sostengo un desdén bastante amplio por el sistema fiscal que no me permite siquiera entrar lo que cobro sin hacer unas peripecias burocráticas espantosas, pero el resto, las costumbres, la gente, los olores y sabores, me parecen tan malos y buenos como los de cualquier lado, pero más míos. Entonces ¿por qué quiero irme? ¿Es sólo un tema laboral?

En medio de esta aventura me encuentro trabajando en mi libro ‘Naftalina’, con el cual gané el premio Fnac Salamandra Graphic y que tengo que entregar en pocos meses. La mudanza ha interrumpido bastante mi trabajo; sólo pude completar 40 páginas en estos tres meses en Argentina. Pero Europa me espera. En mi libro relato parte de la historia de una familia de migrantes italianos que llegan a Argentina buscando bienestar en una época en donde el país podía prometerlo. Es una familia como muchas otras que llegaron a mi país en esa época, pero sobre todo es una familia como la mía. Y no puedo dejar de pensar en las condiciones en las que ellos tuvieron que elegir hacer ese viaje. La historia familiar cuenta que fue de un día para el otro, literalmente durante una noche, que escaparon del pueblo, escondidos, asustados por la persecución que se cernía sobre ellos. ¿Qué se habrán llevado? ¿Tendrían tres valijas como yo? ¿Se habrán olvidado algo importante? Sin rueditas en las maletas, bajo presiones políticas y económicas y con un viaje de más de un mes por delante, no solo es difícil comparar las situaciones, sino que es inclusive estúpido. Yo no huyo de nada. Yo tuve tres meses para gestionarlo todo. Corro todavía con más ventajas: conozco los lugares a donde voy, puedo contactarme con gente de ahí, hasta puedo caminarlos con el Google Maps cuando me dé la gana.

Mi próxima parada estable es un pueblo de Italia a 200 km del lugar donde vivían mis bisabuelos. Ahí voy a terminar mi libro. Nada puede parecerme más adecuado. Nada puede sentirse más lógico que haber ganado el premio justo después de tomar esa aparentemente impulsiva decisión de volver a Buenos Aires para poner mi vida en orden y migrar a Europa. Nada parece aleatorio en el hecho de estar haciendo un libro sobre una migración en una dirección mientras se hace otra en el sentido contrario, una segunda migración que, sin duda, puedo gestionar gracias al sacrificio de las generaciones anteriores que me abrieron puertas y me dieron posibilidades. Desconfío de apoyarse en las señales del destino, suelen hacernos caer en ideas dogmáticas y nos dificultan el proceso de abandonar planes fracasados, pero aun así no puedo dejar de decir que todo me parece muy adecuado, como si alguien lo hubiera escrito.

Si ésta fue una decisión impulsiva o gradual me cuesta definirlo y creo que no importa. No sé a dónde iré a vivir después de Italia, probablemente vuelva a mi querida Angoulême. Creo que el trabajo es un factor importante pero no es el único ni el principal, después de todo vivimos en un mundo comunicado y no es tan difícil seguir mi carrera desde cualquier parte del globo. 

Pero lo cierto es que esto es una aventura y si tengo que quedarme con un motivo último por el cual tomé esta decisión, si es que hace falta tenerlo, es porque quiero seguir viviendo aventuras, quiero seguir cambiando y quiero seguir probando vivir montones de vidas dentro de esta vida. Al menos hasta que algo me detenga.

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