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Donald Trump, artista conceptual

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 09/04/2018
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Donald Trump, artista conceptual

 

Se cumplen estos días 50 años del estreno de 2001, una Odisea del espacio, sin duda una de las mejores películas de la historia del cine, y quizá la mejor de ese género (del cual casi siempre desconfío y que decididamente no está entre mis favoritos) llamado ciencia ficción. Lo importante de 2001 no es el género al cual tradicionalmente se la adscribe, sino que se trata de una summa de géneros, un rectángulo de luz donde galvaniza todo el cine anterior y, por lo tanto, un momento cero, un punto que relanza al cine, la fundación de “otra cosa” que va de la especulación antropológica a la consolidación de todo un imaginario colectivo –al menos del imaginario Occidental-. Es bien sabido que toda ficción que nos muestre un futuro remoto no hacen sino hablar del presente en el que fue concebida, de los miedos, frustraciones y aspiraciones de los humanos que la filmaron –de ahí que las películas futuristas casi nunca acierten en sus especulaciones- , y que lo que le dará valor es ese genial acto de prospección imaginativa que muy pocas veces acontece, y por el cual tales miedos, frustraciones y aspiraciones se convierten en algo perdurable: en toda época futura podrá ser releída y revisionada y seguirá diciéndonos cosas. Pero no es el momento de hablar de las virtudes de 2001, ya gente mucho más acreditada que yo ha escrito ríos de tinta acerca de ella, sino de entroncar todo esto con un hecho, creo que singular, recientemente ocurrido.

La frontera entre Estados Unidos y México es una línea quebrada y casi desértica de unos 600 kilómetros, y el pasado 3 de enero, en el New York Times, alguien, y en un tono indudablemente irónico, lanzó la siguiente pregunta, “¿puede considerarse a Donald Trump un artista conceptual?” La pregunta venía a colación de la propuesta del artista suizo Christoph Büchel de considerar como piezas de land art a los prototipos de muros de frontera que la administración Trump está encargando; es decir, darles la categoría de piezas pertenecientes a esas maravillosas “esculturas terrestres” que en los años 60 y 70 del siglo XX pusieron el mundo de las artes patas arriba, llevadas a cabo por artistas tan brillantes como Robert Smithson –quizá su inventor-, Nancy Holt o Richard Long. Y es que si uno observa los diferentes prototipos que se han postulado como módulos del futuro muro, expuestos hoy en el algún lugar del desierto de Utah, cualquiera diría que se trata de piezas del propio Robert Smithson, o incluso del trabajo escultórico de Gordon Matta-Clark.

Ello, además de hablarnos de la gran capacidad imaginativa que anida en lo grotesco, nos indica una vez más la grandeza del arte, actividad que puede adaptarse a cualquier cosa -puede leerse en cualquier dirección- y al mismo tiempo no se adapta a ninguna –es un código fuente imposible de hackear-. Pero también nos retrotrae a imágenes que ya hemos visto. En realidad las hemos visto cientos de veces. ¿Dónde? ¿En la calle, en el campo, en el cielo, en el mar? No; las hemos visto en ese lugar donde se anticipan todas las cosas, en la ficción, dónde si no. Y es que la nota del New York Times, firmada por Michael Walker, nos recuerda “el impacto estético de esos prototipos que, aunque sea involuntariamente, se erigen en el desierto como la versión apocalíptica de una pantalla de autocine o el monolito de 2001, una odisea del espacio. En la película de Kubrick el monolito es una figuración de los enigmas que acompañan a la humanidad y su lugar en el mundo”, algo muy similar a la geopolítica diseñada por Trump, y se pregunta luego qué clase de misterio artístico puede albergar un simple muro de hormigón destinado a impedir desplazamientos humanos. Ninguno, claro que no alberga ningún misterio artístico, pero sí que habla de esa abstracción que es el hormigón, ese material que, frío y despojado de toda retórica, si echamos la vista atrás estaba ya anunciado en el mármol de la Jerusalén Celeste, esa ciudad que, según se nos dice en el Apocalipsis, pétrea, helada y bunkerizada bajará del cielo en el Fin de los Tiempos para albergar únicamente a la comunidad de fieles, a unos pocos elegidos. La Biblia, otra ficción que anticipó el muro de Trump, aunque esto no hay que decirlo muy alto, no vaya a ser que el nuevo vigía de Occidente se lo tome no sólo como un piropo sino como algo mucho peor: el deseo cumplido de ser el legítimo representante del reino de Dios en la Tierra.

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