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El Arca de Noé

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 04/01/2016
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El Arca de Noé

 

Lo suyo habría sido que Dios le hubiera dicho a Noé: «Os subís tú y tu mujer. Tú y tu mujer. Una pareja por especie; nadie más». Pero no. Noé se subió al Arca con su esposa, sí. Y también con sus tres hijos. Que subieron con sus propias esposas. Cuatro parejas de una misma especie en total, para asegurar; para enfrentar el Diluvio en condiciones ventajosas respecto a, por ejemplo, el koala común y el gato sin pelo (el adicto a la metadona del reino animal); Dios le dio a Noé un plazo para construir el barco, aprovechando el buen tiempo, y Noé lo hizo: buscó la madera, cortó la madera, alineó la madera, clavó la madera, curvó la madera, y, al cabo de un período indeterminado –la Biblia no se pilla los dedos en esto–, ahí estaba el Arca, en dique seco, con Noé, Sem, Cam, Jafet y señoras encima, detrás de una pancarta y con el puño en alto, cantando el No nos moverán.

 

Y empezaron a llegar los animales. De dos en dos –hurra–, sin excepciones; y miraban a los hijos de Noé con esa cara de «¿qué coño...?» que ponen los animales cuando saben que algo va mal pero no saben muy bien qué; se subían al Arca farfullando y haciendo cuentas, unos a pie, otros arrastrándose, otros directamente reptando, otros dando saltos; él y ella, ella y él; mejor avenidos que nunca, en vista de las expectativas.

 

Con las aves, hubo debate: «¿Qué hacemos, Señor?», preguntó Noé. «¿Que se suban al barco o que se busquen la vida?». «Que se suban, que se suban», contestó el Señor, que para eso lo era. «Es mi intención que el agua cubra hasta las montañas más altas». Noé se quedó pensativo: «Vale –se dijo–, pero quedarán un montón de maderas flotando, ¿no?» (Noé pensaba en tejados arrancados cargados de metáforas, en bosques devastados por la fuerza de las aguas, incluso en alguna barca). «Los pájaros –pensaba Noé– pueden posarse en cualquier parte y dejar algo de espacio para un hermano (casado) que tengo. O para llevar algo de leer.» Noé pensaba todo esto porque amaba a la humanidad, si era de su familia; pero lo pensaba en voz baja porque no quería despertar la ira de Dios, que se despertaba con mirarla. El asunto de los peces, sin embargo, estaba claro: los peces se quedaban donde estaban, nadando, buceando, flotando o a la deriva, a voluntad, pero en su medio y de muchos en muchos, sin subirse a ninguna parte y con la supervivencia más que garantizada. A Dios le gustaba el pescado por encima de todas las cosas.

 

Llovió cuarenta días con sus noches, que es como se dice «llovió cuarenta días» cuando se cobra por palabra. Al principio, hubo lío: gente que quería subirse al Arca, gente que, arrastrada por la corriente, se golpeaba con las cosas, piragüistas que, por rápido que remaran, no podían evitar que Noé –resentido por años de burlas– les pasara con el Arca por encima... Y luego dejó de llover. Y las mujeres de Noé, Sem, Cam y Jafet sacaron la ropa a tender (porque, aunque dentro había tendales, la ropa no se secaba, por la humedad, y, si se abrían las ventanas para que hubiera corriente, entraba el agua, y, si se encendía fuego, se llenaba el Arca de humo). Y Noé empujó un cuervo por la ventana y le dijo: «¡Vuela, cabrón! ¡Y no vuelvas sin nada!». Y el cuervo, poco convencido, fue y volvió, y volvió y fue, hasta que se secaron las tierras, como se secaba, con la brisa de la tarde, la ropa interior de Noé.

 

En vista de los resultados, Noé decidió mandar, en lugar de un cuervo, una paloma, que ya ves tú. Y la paloma volvió; de vacío, como el cuervo. Y luego volvió de nuevo, pero con una rama de olivo en el pico, como quien sugiere un condimento. Y luego salió otra vez y ya no volvió más. Así que Noé gritó, encarando el ancho día que despuntaba en el oriente: «¡Paloma de mierda, rata desagradecida portadora de infecciones, tenía que haber dejado que te buscaras la vida desde el principio, subida a cualquier neumático!». Así que, de muy buen humor, encalló el Arca de cualquier manera en la primera porción de tierra que encontró y sacó a los animales a patadas: «¡Fuera, fuera todo el mundo! ¡A vuestra puta casa! ¡Abajo de una vez!». Y Dios, con ganas de celebrar, dibujó, tras una promisoria loma –de un verde iridiscente–, un arco iris que simbolizaba no sé qué, un arco iris que ganaba en brillo y saturación a media que el sol se elevaba, mientras Noé enviaba a sus hijos en diferentes direcciones, armados con redes y palos. Y cuando el arco llegó al tope de su hermosura, a su «hasta aquí», con una semicircunferencia perfecta que inventaba nuevos colores para el mundo, aún podían oírse los gritos de Noé resonando en la mañana: «¡Y no se os ocurra volver sin la puta paloma, viva o muerta!». Porque Noé, por encima de todo, apreciaba la simetría. 

Etiquetas: rodrigo cortés cine
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