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El Axioma de la Elección (política)

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 09/10/2017
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El Axioma de la Elección (política)

 

Desde hace una par de meses no sé por qué me encuentro a menudo alguna referencia al Axioma de la Elección. He visto citado tal axioma en algún artículo divulgativo de matemáticas, pero también cuando tecleo en Google cualquier palabra que comience por “ax” aparece el Axioma de la Elección como una de las elecciones disponibles. Recuerdo haberlo estudiado en el primer curso de carrera, en una asignatura llamada Álgebra I, y no volver a verlo más en mi horizonte, recuerdo también que ese axioma describía una situación aparentemente paradójica, o cuando menos llamativa, que no podría ahora enunciar en sus exactos términos pero sí más o menos de este grosso modo: el Axioma de la Elección afirma que de un conjunto de objetos siempre es posible elegir uno. Tienes una docena de manzanas, coges una, y ya está, el axioma está cumplido, es tan sencillo que casi da risa. Pero no riamos tan rápidamente, porque también afirma que si el conjunto está compuesto no por un número finito de objetos sino por un número infinito resulta imposible elegir solo uno de esos objetos. Tenemos una cesta con infinitas manzanas, elegimos una, y siempre pegadas a ella vendrán en nuestra mano muchas más manzanas. Los matemáticos, que como todo el mundo sabe están locos, llevan un siglo discutiendo sobre este asunto.

 

El asunto de la votación a partidos políticos que más o menos cada 4 años en todo país democrático llevamos a cabo guarda relación con el Axioma de la Elección. No lo digo por la obviedad de que al ejercer tal derecho el ciudadano esté “eligiendo” a sus representantes, sino por la parte exactamente contraria, por lo que el ciudadano no elije, por la “parte oscura” del Axioma. En efecto, en teoría, al insertar una papeleta electoral en una ranura estás eligiendo una manzana y sólo una entre un número finito de manzanas, de modo que resulta razonablemente fácil la elección, pero –y como la experiencia sobradamente demuestra-, ocurre que ese voto trae asociada toda una serie de potenciales situaciones futuras que no estaban consignadas en los programas electorales, de modo que, indefectiblemente, cuando votas has de saber que el Axioma de la Elección se cumple, sí, pero aplicado a un conjunto infinito de posibilidades. Votas a una opción, pero no sabes cómo ni por qué el conjunto de pronto se vuelve infinito y el Axioma de la Elección se pone en marcha en su versión dura: asociadas a tu manzana llegan muchas otras, no incompatibles con la original pero sí imprevisibles. Así las cosas, no queda más remedio que concluir que “votar bien”, es decir, votar sabiendo qué se vota, no es votar a un programa electoral sino todo lo contrario, intuir todo aquello que el programa electoral no dice pero que indefectiblemente traerá asociado. Votar bien es aprender a olfatear, intuir, anticiparse de algún modo a la conculcación de los principios que tarde o temprano todo programa ideológico pone en marcha. En este sentido, cualquier urna electoral es una urna de cenizas: se vota para una muerte.

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