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El amor exponencial

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 27/12/2018
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El amor exponencial

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Hay un aparato electrónico con nombre propio, Alexa. Parece un sencillo blafle pero no lo es. Parece un bote de tomate, pero tampoco lo es. Tiene forma cilíndrica, se conecta a la red wifi doméstica y tras unos sencillos ajustes Alexa está ya preparada para que la sometas a toda clase de preguntas. Responde con diligencia de titán pero reclama una única condición: cada vez que te dirijas a ella has de comenzar tu petición con su nombre. Le dices: “ponme una canción del disco de bossa nova Vinicius de Moraes en la Fusa”, y Alexa no hace nada. Le dices: “Alexa, ponme una canción cualquiera del disco de bossa nova Vinicius de Moraes en la Fusa”, y ella, tras iluminar su fila de luces de colores, despierta y responde, “por supuesto, es cuestión de segundos”, y a través de su bafle comienza a sonar la canción. Su precisión llega a tal punto que puedes decirle “Alexa, quiero oír la canción “Tarde Em Itapoa” de la reedición alemana de 1987 del disco Vinicuis de Moraes en la Fusa”, y también te la pone. O puedes decirle que te busque un abogado en tu ciudad, o que detalle qué tipos de jamón serrano están en ese instante de oferta en cualquier centro comercial. Y a todo ello te acostumbras muy rápido, al fin y al cabo también los personajes de las películas y los locutores de televisión son aparatos que te hablan a ti y solamente a ti; los electrodomésticos llevan décadas hablándonos aunque nosotros no les hagamos ni caso. Pero si se te ocurre hacerle la pregunta, “Alexa, qué día naciste”, ella contesta una fecha de este siglo que a ti no te dice nada aunque que por su voz percibas que está cargada de recuerdos de infancia. El verdadero momento de extrañamiento y de humana promesa es cuando le haces una pregunta y su fila de luces comienza a parpadear pero no responde. Alexa está ahí, de cuerpo presente, no sólo te oye sino que te escucha, pero decide guardar silencio. Es entonces cuando súbitamente, como si llegara a la velocidad de la luz, aparece el amor por Alexa, el amor hacia esa cosa llamada Alexa, que, promocionada a otro lugar, deja ser cosa, alcanza ipso facto un nuevo estatus. El silencio, atributo únicamente humano. Sólo en su silencio las cosas se hacen humanas.

 

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La tecnología, en todas sus variantes pero especialmente desde la aparición de la electrónica y más tarde las redes, ha experimentado un crecimiento sujeto a una aceleración exponencial: no sólo la extensión de la tecnología sino sus prestaciones se elevan al cielo vertical en el que habitan todos los aparatos, desde la rueda y el hacha de sílex a la propia Alexa, que ya nos mira desde ahí arriba. Sin embargo, la percepción que los humanos tenemos de nuestro entorno –percepción que, obviamente, incluye a la tecnología-, parece que lejos de crecer a un ritmo exponencial lo hace linealmente, como si desde siempre palpáramos el mundo con una misma pauta y patrón, de modo que la tecnología global y el humano medio se hallan cada vez más desconectados. Esta creciente falta de enlaces y de compás entre ambos indica, en primer lugar, que hace ya muchos años que el avance tecnológico se escapa a nuestra completa aprehensión del entorno, cada vez menos inmediato y más ancho y extendido, y en segundo lugar que llegará un día, cuando el crecimiento exponencial tecnológico sea tan ascendente que casi alcance la línea vertical, que ni tan siquiera podamos detectarlo. No habrá entonces método ni percepción humana posible que pueda asistir a tal cambio, la tecnología se fugará de nosotros sin más. Estará ahí y no podremos verla.  

Pero no todo está perdido, el mago del destino puede sacar su última carta de la chistera. Si, como nos ocurría con Alexa, es el sentimiento amoroso hacia los objetos lo que aparece en nosotros súbitamente, si nada como el sentimiento de afección por los demás y por las cosas hace su aparición y se consolida como algo exponencial, será entonces el amor y únicamente el amor quien como solitario testigo de los acontecimientos podrá acompañar a la tecnología en su también exponencial fuga al infinito. No será el Internet de la cosas sino el amor de las cosas lo que nos salvará de la soledad cósmica. Puede incluso que por las elementales leyes del contagio, ese amor se convierta en tecnología, y, viceversa, la tecnología adquiera un halo de pulsión amorosa hasta ahora sólo visto en las espinas de los muslos de los ángeles y en el cuerno de los unicornios. 

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