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El bando bueno

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 20/03/2020
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El bando bueno

Me piden desde el sello que escriba un texto contando cosas del disco de Sr.Chinarro que publicarán en breve. El nuevo, llamado El bando bueno. Cosas que ayuden a venderlo, se entiende. Para mí está terminado desde mediados del mes anterior, y poco a poco va siendo tan del pasado como los otros dieciséis. Pero entiendo que es el nuevo y que hay que ayudar a que se hable de él, a que se le preste atención. Porque desde que existen las pantallas la música por sí misma no sirve. Primero fueron los vídeos y la MTV, y ahora cada músico tiene que comportarse como un concursante de Gran Hermano, al parecer.

Se da por hecho que la mera existencia del disco en las redes, su posible divulgación instantánea y aparentemente gratuita mediante el corta y pega de un enlace, no será suficiente para llegar al público. También se sabe desde hace mucho que los que escriben las reseñas de prensa agradecen que haya material para romper el silencio y dar la buena nueva, otro corta y pega latente en un texto dado. Alguna frase medianamente brillante que destacar, o una tontería, da igual, pero que sea del autor: que se lo trabaje. Lo comprendo, por eso me he puesto a escribir, aunque no me apetezca nada, porque hace mucho que no me gusta Gran Hermano.

Son días de encierro obligado por lo del COVID-19, y no está de más tener este entretenimiento del escrito pendiente, así que después del zumo de naranja y de la ducha me he abierto el portátil y he empezado a teclear. Como hago siempre, procuro que sea un texto largo y denso, para que tanto los aciertos como los fallos pasen un poco desapercibidos. Me desahogo sin esperar nada a cambio: ni lapidaciones ni aplausos. Me pregunto si no haré lo mismo con las letras. 

Soy así desde que estaba en el colegio. También me gusta divertir, ya lo verán con la portada del disco, como lo vieron en EGB cuando cogí una pluma de gaviota y le metí dentro el tubo de tinta de un boli BIC, y la usé tal cual en clase para hacer los dictados y los copiados. O cuando me pinté el parche de Falconetti en un ojo y como castigo me hicieron llamar clase por clase a puerta fría para enseñarlo, para mi diversión y la del resto: puede que ahí descubriera mi vocación de payaso. 

Entiendan ahora la portada de El bando bueno. Un meme, la comunicación estándar de nuestros días. La broma universal. El reír por no llorar. No hay que dejarse engañar por mi gesto, habitualmente serio, o por haber elegido el nombre de Chinarro en vez del de Charlot: me lo tomo absolutamente todo a broma y no me creo de la misa la media, ni siquiera cuando soy yo el que la da, la misa, porque algo de predicador tiene también este extraño trabajo de hacer discos y algunos conciertos. En fin, no soy un buen vendedor. Si lo hubiese sido me habría dedicado mejor al aceite de oliva o a los quesos manchegos, más difíciles de regalar vía streaming de pago. Lo primero que vendí fue el parche que me pinté en el ojo, y no me fue mal.

Creo que esto de Falconetti lo conté ya en el blog que llevo en la página de la FNAC. Es probable que en Mushroom Pillow no quieran este texto para lo de la promoción y acabe en el blog, que he desatendido precisamente a causa de la grabación del disco. Esto me anima a seguir escribiendo: no será trabajo en balde.

En cuanto se publicó Asunción (abril de 2018) empecé a montar bocetos con el Garage band. Espero que ahora ocurra lo mismo: que mi memoria caché quede liberada en cuanto El bando bueno esté en la calle y en la red, y vuelva a conectárseme a la tarjeta de sonido con los cables al portátil, como si fuera yo un diabético con su diálisis, y de ese modo pueda seguir viviendo en sociedad, comunicándome con los otros como a mí me gusta. 

Aunque pueda escribir textos con una soltura aceptable, yo elegí, hace muchos años ya, cuando estaba en el instituto, que iba a acercarme a los demás mediante esas obras maestras de poco más de tres minutos que encontraba como tesoros ocultos en algunos programas de radio y televisión, en La bola de cristal o La edad de oro, en Ventana al pop o RU486, y hasta en los primeros videoclips; el de Regret de New order, o antes, el de Just like heaven, en el que invertía una y otra vez las monedas de 25 pesetas para desesperación de los compañeros de clase que jugaban al futbolín delante de la vídeojukebox. Primero fueron copias en cinta de las canciones ajenas, al poco llegaron las propias. Recopilando material ajeno para replicarnos nosotros. Somos copias modificadas de nuestros padres. La cultura es el virus bueno. El ADN elegido. Este es mi bando: el que hace saber. Y quien no sepa que vaya leyendo algo, que ahora tiene tiempo.

Todos tenemos una máquina delante para comunicarnos, un ordenador, más aún en estos días de encierro obligatorio, y me siento orgulloso de haber sido capaz de poner canciones en las redes sociales, no solo tuits o actualizaciones de estado de Facebook, o fotos de Instagram, o Fotolog en un principio. La improvisación a la que obliga el sistema de recompensas de los likes nos deja muchas veces a los pies de los caballos: todos parecemos tontos en algún momento si hablamos demasiado. Es mucho más considerado para el resto elaborar un poco los mensajes. Las prisas y las adicciones no son buenas.

Cada año o cada dos ponemos en esa red social especializada llamada Spotify el conjunto de las mejores canciones que he sido capaz de hacer en ese lapso. Eso es el álbum, el disco, que para mí es un álbum vital, no solo porque sea mi medio de vida, sino porque cuando vuelvo a escuchar mis discos antiguos casi consigo entenderme a mí mismo en cada etapa de mi vida, y hasta de la sociedad en la que viví, y eso está bien. 

No voy a hacer el carajote con mis discos. Si se publican es porque son buenos. Para pifiarla ya nos vale con el Twitter. Así que El bando bueno es bueno. Lo tengo claro.

Por lo demás, creo que es tontería dar muchas más explicaciones sobre el presente, y confieso que durante un buen tiempo, más de una década quizá, no volveré a escuchar este disco nuevo. Me ha pasado lo mismo con todos los discos que he grabado. Grabar es un proceso duro, extenuante, y, francamente, no veo el momento en que uno pueda publicar sin más las maquetas el mismo día que las monta. Hace ya más de veinte años que fantaseo con la posibilidad de lograr en casa y a solas el, digamos, producto terminado, o casi, y lo cierto es que siempre viene bien el concurso de algunos más para que su calidad sonora aumente. "Solo no puedes, con amigos sí", decían en La bola de cristal. Y si no son amigos, pues profesionales. El caso es que sean una de las dos cosas al menos.

No descarto dar clases de producción y mezcla en los próximos meses, o dejar para el pasado el abuso de las baterías acústicas, desaparecidas prácticamente en las producciones de éxito más reciente (véase el estudio de grabación de una tal Billie Eilish). Y, sobre todo, no descarto usar los sintetizadores como herramienta central de producción de sonidos, que para eso se inventaron. 

Aunque El bando bueno se ha grabado a la antigua usanza, ya muestra las veredas de un futuro que no puedo ni quiero evitar por más tiempo. Total, que, como todos los discos de Chinarro, es un disco de transición entre el anterior y el que vendrá. Y así se escribe la historia, no hay más misterio.

En Producciones peligrosas, (Peligros, Granada), trabajamos durante un mes sobre mis bocetos, usándolos como si fueran esas fachadas protegidas que hay que respetar en las nuevas construcciones, a las que entorpecen y embellecen a partes iguales, lo que generó no pocas tensiones. Siempre hay partidarios de tirarlo todo abajo y empezar de cero. Eso habría sido fácil si el arquitecto de la fachada histórica se hubiese muerto antes de acabar la nueva construcción, pero por mucho churro con chocolate que desayunara en Peligros acabé vivo y coleando de vuelta en casa.

Desde El fuego amigo, con la producción de J (con el que mantengo una divertida discusión a dos voces simultáneas en la segunda canción de El bando bueno), y con las producciones de Jordi Gil después, fui delegando cada vez más en asuntos de arreglos, estructuras y demás, pero ahora vivo a 900 Km de distancia de los músicos que me acompañan en las grabaciones y en los directos: eso me ha ido aislando más si cabe, y he vuelto a concebir mis canciones como hacía tiempo atrás: como un puzle cuyas instrucciones de montaje no pienso explicar a nadie ni a cambio de promoción o de un incierto ahorro de horas de estudio.

Justo después de Asunción me compré un bajo eléctrico y le dediqué un rato a ver cómo funcionaba la parte de los bateristas del Garage band, a los que se les puede dar cualquier instrucción sin que se extrañen lo más mínimo. Ser capaz de montar en una hora algo que suena a canción a partir de una serie de acordes hilvanados con una melodía incipiente me hace sentir conectado con lo que me ha gustado más siempre de estar vivo: escuchar música. Mucho mejor que jugar al futbolín o beber tintos de verano, sin duda. El Garage band me hace sentir, pues, vivo. Así que El bando bueno es mi vida de los dos últimos años, ni más ni menos. Espero que se venda lo justo para poder seguir escuchando y haciendo música sin que otros asuntos me entretengan, excepto los de la lectura y los seres queridos. ¿Quién podría ser más ambicioso?

José Sánchez, a los mandos en el estudio, me ha dado varias buenas ideas para mejorar algunas de las canciones. Jaime Beltrán también, y las ha adornado con sus siempre elegantes arreglos de guitarra. Carlos J. Marqués al bajo y Mario Fernández se las apañaron para respetar mis esquemas de bajo y batería. Y finalmente canté lo mejor que puedo esas letras que fui juntando, en las que empiezo a ver, como me ha pasado otras veces, profecías de estar por casa, augurios de medio pelo, presentimientos del pasado y confesiones al aire libre.

De hecho ahora me parece que más de la mitad de las canciones anticipaban el asunto este del virus. Se queda uno frío, como diría Iker Jiménez. En fin, no hace falta ser vidente para comprender que un planeta superpoblado y globalizado por el capitalismo salvaje se irá al carajo en breve. Es más, basta con no ser imbécil para verlo claro.

Cuando toquemos estas canciones en directo, si tal cosa llega a ocurrir, crecerán hasta ser lo que realmente son. Es una pena que haya que grabar los discos antes de darles vida en directo, y no al revés. Máxime teniendo en cuenta que hoy en día son los conciertos el eje de nuestra actividad profesional, y los discos deberían ser simples recordatorios de lo que un día fue, un acto de comunicación, en vez de anticipos fantasiosos del porvenir plastificados en la República Checa. 

Un porvenir que, de momento, se ha truncado por una pandemia. La no vida abriéndose camino: no puede ser de otro modo. La replicación más sencilla triunfando, la de la química casi inorgánica de un virus. Un poco de ARN y a volar, mensajero. El universo inorgánico nos espera con los brazos abiertos de sus millones de galaxias, asumámoslo (de esto iba Asunción también, es lo que hay).

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