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El culto al cuerpo

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 10/07/2015
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El culto al cuerpo

 

“La prosa puede hacer un truco divertido y familiar. Cuando estás leyendo buena prosa en un libro, el propio libro deja de existir, las palabras a las que estás mirando dejan de existir, y estás ahí en los relucientes acantilados o alcanzando a tocar una cara, o una espada, u otro libro, que dejará de existir a su vez cuando empieces a leerlo. Esto no es nada nuevo.

 

Los cómics no funcionan así, lo cual puede resultar triste, pero está bien, y tal vez es incluso parte de por qué los amamos. Los pequeños dibujos piden su autonomía. Ellos no son nosotros y nosotros no somos ellos. Cada imagen existe en sus propios términos como su propio mundo contenido delicadamente en una página, que está junto a otras páginas conteniendo otras imágenes que son mundos tan distintos –y tan interconectados– entre sí como un momento en el tiempo lo está del siguiente.

 

Es por esto que deseamos y nos enamoramos de cómics físicos de una manera que no podemos experimentar con los libros de prosa. Amar un libro que contiene prosa es como amar una taza llena de una bebida maravillosa. La taza y la bebida están conectadas sólo por la circunstancia. Amar un cómic es diferente. El contenido y la forma de un cómic están conectados inextricablemente. Los pequeños dibujos autónomos están contenidos con firmeza en las páginas del libro en el que el cómic está impreso, y no pueden separarse. Cuando sostienes un cómic, sostienes esos mundos. Son tuyos. […] Los cómics viven dentro de estos libros y son los libros, y los amamos de la misma manera que amamos a nuestros amigos y familia, que son cuerpos, que son personas, que son momentos, que son mundos, y que siempre serán ajenos y misteriosos para nosotros, porque ellos son ellos, y nosotros no.” 

Eleanor Davis en ‘Drawn & Quarterly: Twenty-Five Years of Contemporary Cartooning, Comics, and Graphic Novels’ 

 

 

Debía tener siete años. Hacia final de curso mi colegio organizaba una verbena con escenario y juegos y preadolescentes fumando en los baños. Durante la tarde, y para financiarse las Coca-Colas y los tickets de la tómbola que sorteaba una bicicleta, algunos niños tiraban una manta o un cartón en el patio del recreo y vendían pulseritas de goma, juguetes averiados de Happy Meal y otras piezas de basura doméstica. Compré, por lo que entonces me pareció una fortuna pero que ya no recuerdo, el primer tomo recopilatorio de las Tortugas Ninja de Eastman y Laird que aquí editó Forum en 1990. Era un tomo grande con encuadernación en rústica y páginas gruesas satinadas, un poco martilleado en las esquinas, pero aún razonablemente sólido. En el bajo de la portada había una pastilla roja con el eslogan “Las originales y auténticas Teenage Mutant Ninja Turtles”, y el libro incluía un par de textos que ponían en contexto el fenómeno comercial y el tebeo autoeditado que lo originó todo. En una ciudad pequeña de la era pre-internet, estas cosas podían contarse como grandes descubrimientos. Aunque los personajes ya ocupaban un puesto central en mi imaginario en forma de dibujos animados y figuras de acción, las historias contenidas en aquellas páginas no tenían nada que ver con lo que yo sabía de ellos, y por primera vez tuve esa extraordinaria sensación que sólo se tiene en la niñez de estar leyendo algo que no era para mí. La familiaridad del título y la ilustración de la portada habían permitido que aquel tomo se saltara todos los filtros parentales, y esa misma noche fue la primera de muchas que pasé absorbido por el mundo ajeno contenido en las páginas de ese libro. Siete u ocho años más tarde, en una de las contadas excursiones que hacíamos algunos amigos por los Salones del Cómic de ciudades a las que pudiéramos llegar y volver en autobús por menos de 30€, encontré en un stand de tebeos antiguos aquel primer tomo de Forum de saldo retractilado junto con los dos siguientes. Aunque en esa ocasión justifiqué el gasto con los otros dos que no había leído incluidos en el pack, nunca antes había comprado un duplicado de algo que ya tuviera. La nueva copia estaba mucho mejor conservada, sin signos visibles de haber sido siquiera usada.

 

Estos días he pasado por mi casa, la casa de mis padres, y he contado más de diez ediciones distintas de aquel primer número de las Tortugas Ninja, entre versiones coloreadas, recopilatorios y reediciones, acumuladas durante toda mi vida. Ni siquiera estoy seguro de que sea un buen cómic, porque mi relación con él no se sostiene verdaderamente en la experiencia de lectura. Cuando quiero ojearlo, sin embargo, siempre saco de la estantería el mismo ejemplar que compré en el patio del colegio. En la misma estantería, y en la de enfrente y en la de al lado, hay muchos homólogos. Los cuadernos apaisados de Carlitos de Ediciones Junior S. A. que vendían en un bazar de mi calle, las grapas de Bone de Dude Comics que el tipo que regentaba la tienda de cómics a la que iba entonces siempre se resistía a traerme, los retapados de Spider-Man inconclusos cuyas continuaciones me frustraba no encontrar… Si estoy en el humor apropiado, algunos días casi puedo ordenarlos en mi cabeza como si fueran un álbum de fotos.

 

Después de tanto tiempo, y sin importar cómo haya cambiado el criterio propio, es complicado deshacerse del impacto de esas primeras lecturas. De alguna manera es un fenómeno injusto, porque uno no decide con plena conciencia cuál será ese bagaje que habrá de llevar consigo desde entonces en adelante. Pero es esa mezcla inevitable de azar y curiosidad la que pone la primera piedra de un proceso que nunca acaba, y volver a ella, aunque sea sólo como un salvoconducto para volver a otro sitio y a otro momento, explica una parte fundamental de por qué nos gusta lo que nos gusta, incluso si es algo completamente distinto.

 

ninja_turtles

 

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