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El día en que la ficción se coló en la realidad

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 02/07/2019
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El día en que la ficción se coló en la realidad

A veces, en eso que (mal) llamamos vida real se dan situaciones propias de la ficción, momentos que parecen irreales, cosas que tienen la apariencia de enlaces con otro mundo que está aquí, con nosotros, a nuestro lado o a nuestra espalda, pero al cual sólo ocasionalmente nos es permitido acceder. Dentro de esta categoría de situaciones extrañas, iniciáticas incluso, hay un subconjunto que son tan perfectas y parecen tan preparadas que cualquiera diría que han sido diseñadas por un reality de cámara oculta, momentos que si los escribes en una novela no serían creíbles a pesar de realmente haber ocurrido. Algo así me pasó hace pocos meses.

Tras unos días en Feria Internacional del Libro de Bogotá, en la que todo había transcurrido como es costumbre en esa clase de grandes ferias (actos públicos más bien mecánicos y conversaciones banales con otros escritores y escritoras), en vez de regresar a España debía viajar a México, a otra Feria, en León/Guanajuato. En el aeropuerto de Bogotá me encontré con un escritor y buen amigo (al que llamaré M), con quien tras haber estado esos días en la Feria de Bogotá, conviviría unos días más, pues casualmente también era un invitado de la Feria mejicana. Cuando viajas con tanta frecuencia, y cuando además, como es habitual en esta profesión, lo haces solo, y cuando además, como es mi caso, no te gusta viajar, siempre es una alegría encontrar a alguien conocido con quien compartir al menos una parte del trayecto, así que como teníamos tiempo antes de que saliera nuestro vuelo, decidimos ir a desayunar a una de las cafeterías del aeropuerto. (NOTA: me reservo el nombre del amigo, al que llamo M, no por nada especial, sino porque con los años he aprendido que no a todo el mundo le gusta aparecer en textos ajenos).

Ya ante nuestras dos tazas de café aguado nos percatamos de que en la cafetería no había wifi, ni en el aeropuerto a no ser que pagaras una cantidad de pesos colombianos que nos pareció exagerada. Entonces me dice M, “tengo una idea, espera”. Se levanta y desparece por un estrecho pasillo que a mí me pareció una garganta sin fondo. Miré mucha gente pasar, miré el techo, miré mi taza de café y también miré la taza de M, sola y cada vez menos humeante, pues los minutos transcurrían, habían dado ya la voz de embarque y él no regresaba. No sé cuánto tiempo pasó hasta que, apurado, lo vi llegar. Supe entonces lo ocurrido. 

“Fui al mostrador de la sala VIP con la idea de preguntar si podía entrar un momento a darle un aviso a un amigo, sólo sería un instante, les dije. Como imaginarás, mi plan era, una vez dentro, conectarme al wifi gratis; lo he hecho muchas otras veces. Pero el chico del mostrador me dijo que eso no era posible, y yo insistí, a lo que él me respondió que le dijera el nombre de mi amigo y que lo llamarían por megafonía para que pudiera salir y así encontrarnos. Acorralado, dije el primer nombre que me vino a la cabeza, Alfonso Walter Cabrera, que instantes después retumbó en los altavoces como una llamada a la nada, a una ficción, a un país imaginario. Iba a darme media vuelta y regresar cuando emerge de la sala un señor, se acerca al mostrador, dice ser Alfonso Walter Cabrera, y que por qué le molestan. El recepcionista le indica que yo le busco. Se me acerca, me pregunta qué deseo. Me quedé blanco, no supe qué decir más que la torpeza de negar que él fuera Alfonso Walter Cabrera, a lo que replicó que claro que era Alfonso Walter Cabrera, y que además no había en Bogotá ninguna otra persona con el mismo nombre, que ese dato lo tenía totalmente comprobado. Pedí disculpas por la confusión, giré sobre mis pies y regresé”. 

“ Joder –le dije-, es tan perfecto que si lo escribes, no funciona, no sirve como ficción, parecería inverosímil”.

“Sí, la ficción rechaza la perfección”.

Cogimos en vuelo por los pelos, y en las cuatro horas de viaje hasta llegar a León/Guanajuato fui pensando que eso que llamamos ficción y eso otro que llamamos realidad funcionan de un modo exactamente inverso la una respecto a la otra. En las ficciones buscamos cosas que nos parezcan totalmente reales, cosas que nos hagan creer que eso que estamos leyendo es “verdad”, o por lo menos verosímil, y en la vida cotidiana buscamos lo contrario, situaciones extrañas, emociones anómalas, cosas que nos hagan creer que en toda realidad, y por rutinaria que sea, hay una oculta cara B que, excitante y ficcional, nos recuerde que en algún rincón de nuestras rutinas el destello de la maravilla aún existe.    

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