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El domingo tiene un aire Mesolítico

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 30/03/2015
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El domingo tiene un aire Mesolítico

 

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En el último post que colgué en este blog afirmé que el ocio de domingo es un invento reciente, de cuando a mediados del siglo 19 la clase media de los países ricos pudo plantearse la pregunta, ¿en qué emplear mi día de descanso? También dije que, un día, en tanto buscaba información acerca de un poema de Rainer María Rilke, me topé con una fotografía que retrata un escena campestre, en la cual el poeta, con un libro entre sus manos, posa con la familia de su mujer, todos ellos en actitud de extremo reposo o apatía dominguera. Sí, con la invención del domingo como día dedicado al ocio fue inventada también su contrapartida: el aburrimiento en tanto que posibilidad real de gastar el tiempo.

 

Rilke

 

Hoy mismo –varios domingos más tarde-, muy de mañana, tras abandonar la pantalla del ordenador, me asomé a la ventana. Por la noche había llovido pero ahora el sol lucía con fuerza. En la calle un grupo de adultos utilizaban el carril bici para caminar, lo hacían pertrechados con ropa de deporte muy ajustada, hablaban entre sí y su paso era de verdadera marcha. Un tipo, mayor, en una bicicleta que ni era de paseo ni de carreras, con una bolsa al hombro silbaba, y después pasaron más ciclistas, éstos francamente fatigados. En la acera del otro lado, padres llevaban de la mano a sus hijos, unos se sentaban en una terraza, parecían muy interesados en lo que decía la prensa, otros jugaban al balón con los pequeños. Más al fondo aún, donde el puerto se abre a una ensenada, decenas de veleros, creo que de una regata, sorteaban unas boyas y dibujaban unas tremendas eses en el agua. Es entonces cuando dirijo la mirada bajo mi ventana y una mujer, muy joven, se agacha y valiéndose de una bolsa de color negro recoge el excremento de su perro; entretanto, el animal tira de la correa como si quisiera escapar de su propias eyecciones. He de admitir que si me lo hubieran dicho hace años no me lo hubiera creído: una de las más altas cotas de sofisticación de una sociedad hiperdesarrollada es recoger excremento de perro con tus propias manos. Pero igualmente primitivo sería proceder de modo opuesto: no recogerlo. De modo que, en la ciudad, ambas posibilidades resultan francamente bárbaras. Esto plantea un problema de difícil solución porque es manifiestamente ilógico que un acto y su opuesto sean exactamente iguales. No es lo mismo beber un vaso de agua que no beberlo, no es lo mismo publicar un libro que no publicarlo, pero sí es igualmente bárbaro recoger excrementos caninos con tus propias manos que abandonarlos.

NOTA: Por otra parte, obsérvese la siguiente evolución: una de las pocas cosas que hasta hace no muchos años unía las clases bajas con las altas era precisamente el amor por las mascotas. Bastaba ir a una zona depauperada para ver perros, casi siempre grandes y de razas poco comunes, circular por sus calles. Bastaba ir a una urbanización de lujo para ver perros, casi siempre de pequeñas dimensiones, cubiertos con chubasqueros o a bordo de bolsos Louis Vuitton. Esto ha cambiado. La clase media, acaso más sola que nunca y más necesitada de respuestas en forma de afectos cárnicos, ha accedido masivamente a la posesión de animales que alegran, consuelan y calefactan sus días. FIN DE LA NOTA

Pero volvamos al pasado domingo: y a pesar de todo, había en el gesto de aquella joven algo especial, una suerte de gracia. Los domingos poseen tal fuerza trasformadora que incluso recoger excremento de perro ese día no es lo mismo que hacerlo durante la semana. Inevitable especular si Rilke, tras posar para aquella fotografía, cerró el libro que tenía entre sus manos y se retiró a un cuarto a escribir alguno de los poemas que en esa época se traía entre manos: “Debes con dignidad soportar la vida/ tan solo lo mezquino la hace pequeña.” En efecto, en domingo, todo cobra un aire gratuito, un aire acción porque sí: la idea misma del lujo materializado.

 

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Fíjense, ¿no guarda esta escena, datada en el periodo Mesolítico, una asombroso parecido con aquella tarde dominical de Rilke?

 

Parietal Cueva San Juan

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