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El eufemismo por Decreto

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 16/03/2015
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El eufemismo por Decreto

 

Paralelamente a las manifestaciones masivas del 11 de enero en repulsa a los fatídicos atentados yihadistas cometidos contra la redacción de Charlie Hebdo, se producía en París una infame fotografía  en la que distintos líderes mundiales se congratulaban de ser Charlie ellos también, de estar en el bando de los buenos, de los que no quieren ser silenciados por la vía de la violencia y el miedo. Probablemente soy demasiado ingenuo como para entender el valor estético de la diplomacia, pero a veces dudo de si el efecto de cortinas de humo y espejos deformados en el que muchos de estos buitres desalmados van siempre envueltos no es precisamente lo que los convierte en pobres víctimas de su propia caricatura. Esa ambigüedad ideológica que no es tal, esa vuelta y media que distrae al oyente del tema que se trata, esa burla soterrada del que se sabe en una posición ajena, aislada, van cavando una brecha cada vez más imposible. De alguna forma, la política de la foto oportuna se ha hecho fuerte en toda la esfera pública, y los temas delicados sólo se discuten desde el eufemismo respetuoso, que entre tanta literatura a menudo encierra desprecios mucho más crueles que el propio insulto al que sustituye. Soy Charlie hoy aquí, pero ayer y mañana Charlie son escoria a la que no quiero tener cerca.

 

En los días posteriores a los atentados muchos de nosotros asistimos atónitos a un desfile de educados condicionales, magnificado en algunos casos por la ilusión de resonancia que producen las redes sociales. “Estoy a favor de la libertad de expresión, PERO” . Nadie esperaba que con los fundamentalistas también vendrían los adalides del respeto y las buenas formas. No se trata ya de la pulcritud infesta de los políticos de la foto, o de la desquiciante ridiculez del ojo por ojo que defendía el papa Bergoglio, y ni siquiera del exabrupto esperable de un cualquiera en la barra de un bar. Algunas figuras importantísimas de la cultura (entre las que recibí con especial pesar las de Hayao Miyazaki o Joe Sacco, entre algunos otros), amigos fanzineros y progresistas autoproclamados, incluso un puñado de humoristas gráficos de distintos países con larga tradición democrática, se lanzaron a relativizar en el mejor de los casos y a vilipendiar directamente en los supuestos más reaccionarios la importancia de la sátira, supeditándola a otra serie de valores subjetivos tales como la perspicacia del dibujante o la responsabilidad con un orden social cuyo significado nunca he terminado de comprender del todo. Básicamente se nos pide que entremos en una jaula invisible de corrección e higiene discursiva, no vaya a ser que alguien diga algo que incite a la insurgencia o al desorden, no vaya a ser que se genere un choque de ideas con sabe Dios qué consecuencias. Qué mejor criterio podríamos usar para la convivencia pacífica que el infantilismo paternalista del buen gusto, la mesura y la contención.

 

Se está tramitando estos días la aprobación de la apodada “Ley Mordaza”  (que no se refiere únicamente a una ley, sino a todo un conjunto de reformas que incluyen el proyecto de Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana y algunas reformas del Código Penal, entre ellas el nefasto “pacto antiyihadista” que han acordado PP y PSOE y que, por supuesto, no va a suponer ninguna mejora sustancial en la lucha contra el yihadismo, aunque sí contra el alborotador raso) que, entre otras perlas igual de graves, nos obliga a dejar de llamar a las cosas por su nombre. Los delitos informáticos, incluso aquellos que sirven para destapar tramas de corrupción, pasan ahora a ser considerados terrorismo. El periodista de investigación se convierte en un sospechoso cuyos contactos telefónicos pueden ser intervenidos sin control judicial. El activista ciudadano que difunde mensajes que puedan “alterar la paz social” (y lo que cojones sea eso) es ahora un delincuente. El reportero que documenta la conducta negligente de un policía tendrá que hacer frente a cuantiosas multas por poner en peligro su seguridad personal. No se trata ya de obstaculizar al delincuente, sino de perseguir al disidente. Incluso, como ejemplo irrefutable del completo disparate al que nos estamos precipitando, de repente algunos cómics geniales que llevamos décadas leyendo pasan, en términos jurídicos, a considerarse a la misma altura que la más despreciable pornografía infantil . Es desastroso que las leyes que deberemos cumplir todos se estén redactando desde tal bajeza intelectual.

 

Por su parte, en una pirueta para llorar de las que ya tendríamos que haber aprendido a esperar, a los imputados habremos de llamarlos ahora investigados, que es más limpio, más mesurado. Y presuntos, presuntos siempre. Presuntos cínicos hijos de puta.

 

Pues bien, este es el mundo que nos estamos construyendo, sin ofensas ni discordias malsonantes. Una alfombra blanca y estéril para cubrir una montaña de mierda infinita.

Etiquetas: antonio hitos
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