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El primer ladrillo

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 02/03/2018
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El primer ladrillo

 

Estoy trabajando en un cómic que transcurre parcialmente en una obra urbanística abandonada. La obra es un elemento central –simbólico, pero central– así que me estoy tomando muchas molestias con la caracterización de la escena para que los objetos que la habitan sean coherentes. La verdad, me tomo muchas molestias con la caracterización de casi todo. Cuando empecé a publicar en fanzines, y durante muchos años después, mi dibujo tenía una fuerte base de referencias fotográficas, y me preocupaba que todo encajara en la página con la naturalidad con la que se percibe la realidad. Por eso me afanaba en meter detalles imposibles en todas partes, en proyectar la luz y la perspectiva con un sentido estrictamente físico, y por supuesto en dibujar figuras proporcionadas y en correcta interacción con su entorno. Esa formación está ya muy modulada y no sé cuánto queda de ella en mi dibujo hoy, pero sé muy bien qué puertas me ha abierto y cuáles me ha cerrado en mi propio desarrollo como dibujante: hay cosas que quisiera dibujar de otra manera, y muchas otras que no sería capaz de hacer si mi aprendizaje no hubiera sido ese.

Sin embargo, algo que sí he descubierto con el tiempo es que esa coherencia que ando buscando no tiene demasiado que ver con el realismo, sino que se construye con otros mecanismos incluso cuando el realismo es el fin último. El dibujo es, antes que dibujo, la intención. He visto, como cualquiera, un montón de obras abandonadas, con sus vallas metálicas a medio oxidar, las lonas verdes colgando en harapos y los bloques de ladrillos apilados a la entrada. Sé cómo son y podría sacarla más o menos de cabeza, pero no me basta solo con eso para esto que intento. Hace unos meses me colé con un amigo en un edificio a medio hacer que lleva varios años vacío en una zona empobrecida y maltratada, y sacamos un montón de fotos que me sirven ahora como referencia. No descubrí nada inesperado, pero observé una serie de detalles que habría obviado si hubiera decidido guiarme únicamente por mi noción de cómo representar un espacio así. Las pintadas de las paredes no son los graffitis que uno se encuentra en otras partes, ni la basura viene del mismo sitio, ni los hierros y los cables se deterioran de la misma manera. Los restos de actividad de los sin techo, vándalos adolescentes y drogadictos erráticos tienen una vida propia imposible de fingir con conjeturas.

 

Lorenzo Montatore

 

Que el dibujo sea más o menos realista es irrelevante, pero la coherencia con el objeto representado la dan esos detalles, esa intención. Más allá del realismo está la verosimilitud, que sitúa al lector en un sitio conocido aunque la representación sea menos figurativa. Y esas elecciones, si funcionan, fabrican el mundo propio contenido en las páginas del cómic. Un mundo posible, aunque sea imposible. Cuando esto se comprende, el abismo que se abre es infinito. Lorenzo Montatore lo comprende bien, y en ‘¡Cuidado, que te asesinas!’, recién editado por La Cúpula, lo explica con una contundencia que solo es posible desde su síntesis radical. Montatore es mi amigo, así que más por pudor que por rigor intentaré no ser muy hiperbólico. Para eso dejo aquí la opinión de dos voces más autorizadas que la mía, que tocan casi todas las teclas porque conocen en sus propias carnes todo el iceberg que se oculta bajo un trabajo como este:

«Lorenzo Montatore es uno de los tres genios ocultos del tebeo español contemporáneo, y en ‘¡Cuidado, que te asesinas!’ ha trazado una raya en el suelo. A un lado estamos los demás, al otro está él. Con materiales extraídos de los escombros de la cultura popular, ha dibujado un esperpento cartoon que recupera la tradición más gloriosa del comix underground y la transforma en algo radicalmente nuevo. Con los colores rabiosos de la enfermedad, la adicción y el fracaso, Lorenzo ha pintado el bellísimo espectáculo del desastre. Una odisea nocturna, geométrica y lisérgica donde forma y contenido se resumen en una frase de macabra sabiduría: “¿A dónde nos llevan estas falsas perspectivas?”»
Santiago García

«Montatore lo tiene. Tiene el don. Cual audaz Prometeo, ha robado unas chispas del fuego sagrado del Puro Tebeo, burlando a los castos y celosos sacerdotes que lo custodiaban en su templo inaccesible de las Edades de Oro. Y nos las sirve con una velocidad, una bastardía y un desparpajo que ya no conocíamos. Puro tebeo, sí. Yo, por lo menos, hacía siglos –permítaseme la hipérbole– que no disfrutaba tanto leyendo uno. ¡La bomba!»
Max


Lorenzo Montatore - CUIDADO QUE TE ASESINAS


Yo me centraré solo en dos páginas, dos momentos, que resumen una visión del lenguaje de los cómics que es la mía porque es nativa y autónoma y es pura, y que también es vanguardia aunque solo queramos ver vanguardia en las abstracciones y las piruetas. Centramina y Optalidón, los protagonistas, pasean por una noche muy noche, muy azul, por una calle muy calle, muy sucia. Centramina busca en el pasado lo que no tiene en el presente, y vagabundean hasta el bar roñoso al que iban antes. Montatore no necesita más descripción que su propio trazo para explicar con exhaustividad la personalidad y la historia entera del bar. El edificio ondula literalmente, si sirve el adverbio para describir un recurso gráfico, y se hace blando y nervioso. En su fachada, manchas de la tinta del autor, una cicatriz cosida por cuatro puntos, y una tirita gigante. En el bar ‘Marca Ruina’ ha estado todo el mundo, aunque acabe de descubrirlo. La coherencia de los mundos de Montatore no está en los detalles traducidos del nuestro, está en los que se inventa. Por eso sus mundos no se parecen a este, pero se sienten exactamente igual. Veintitantas páginas después, Centramina y Optalidón, que después de muchas vueltas pueden estar vislumbrando lo que sea que andaran buscando, siguen un poco a la deriva y atraviesan falsas perspectivas, pasan por encima de un gato dormilón y escalan muros en ruinas. Finalmente Centramina se coloca sobre una montaña de bolsas de basura desde la que tal vez se vea toda la ciudad, y toma conciencia del trayecto (real y figurado) que ha recorrido. Un poco más abajo, Optalidón la mira, y la basura la mira. Todas las bolsas de basura tienen ojos, y por lo tanto están vivas. Las calles nunca están vacías del todo.

‘¡Cuidado, que te asesinas!’ es un cómic orgulloso de serlo y radiante de las cosas que hacen de este el lenguaje más exultante de todos. Ojalá yo lo hubiera leído antes de aprender cómo se hacían.

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