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El sueño de los tres cuerpos

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 27/12/2017
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El sueño de los tres cuerpos

 

 

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El ser humano habita el planeta Tierra tras haber pasado por no pocos estadios evolutivos, del renacuajo a bípedo que piensa. Así que me pregunto por qué todos y cada uno de nosotros, en nuestro propio desarrollo individual, no pasamos por esa misma evolución. Quiero decir por qué yo mismo no fui renacuajo, luego pez, luego una especie de ratón y luego neandertal para finalmente terminar siendo el sapiens que sospecho que soy. O dicho de otro modo, por qué tras una breve y simbólica etapa fetal que duró 9 meses (mamífero disfrazado de renacuajo) de pronto fui humano.
Visto así alguien podría decir que cada vez que los seres vivos dan un salto evolutivo se partiera de un nuevo cero, que todo lo anterior se borrara. Pero no, más bien hay que decir que claro que en mi cuerpo animal vive un renacuajo, y un pez y un ratón y todo lo que fuimos, pero de una manera tan esquemática que sólo quedan sus imprescindibles huellas, las que no pueden ser evitadas. El resto de indicadores de lo que fuimos, en desuso o hipertrofiados, fueron desechados. ¿Y con qué sueña el cuerpo animal? Con la inmortalidad, naturalmente sueña con la inmortalidad.

 

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Algo parecido ocurre con la tecnología, aunque en este caso de modo extremo y acelerado. Todo cacharro promete partir de cero, lo que es tanto como decir que cualquier tecnología nace obsoleta; o mejor dicho, es un cuerpo que nace para morir siempre mucho más pronto que tarde, para ser superado de inmediato por otra innovación. Una vez rebasado por el último cuerpo tecnológico, del cuerpo anterior nada queda, o aparentemente muy poco (la mayoría de las veces sólo el logotipo de la marca comercial hace las funciones de ilusión de continuidad). Pero ese despojamiento o aparente partir de cero es su valor, no apelar a ningún gen ni a ningún prestigio adquirido. Por decirlo de algún modo, la tecnología es un cuerpo que evoluciona más burgués que aristocráticamente, y cuando intenta mostrar algún noble linaje de marca, el brazo chino que tiene se encarga de bajarle los humos.
¿Y cuál es el sueño de este cuerpo tecnológico? Pues resulta doble. Dado que toda tecnología nace obsoleta, el sueño del cuerpo tecnológico sublima su propia carencia mediante dos mecanismos:
A) por una parte funda el utópico sueño de la ciencia ficción, que en realidad es un relato que siempre habla del presente, de los miedos y aspiraciones pertenecientes a la época en la que son enunciados. Basta repasar la historia del género para comprobar que todos sus relatos (de los valorizados Metrópolis, Blade Runner, E.T., Matrix o Solaris, a esa otra maravillosa legión de títulos de serie B) apelan a un futuro que en realidad es un “futuro que ya es pasado”.
B) y por otra parte, el cuerpo tecnológico funda un sueño distópico y de intenciones netamente realistas, por el cual la tecnología es origen de todo mal futuro, ficción que toma su mejor y más acabado ejemplo en el discurso de la ecología extrema o catastrofista, la cual de un modo asintótico proyecta una imposible armónica conexión humano/naturaleza.

 

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Y en realidad he escrito este rollo y he llegado hasta aquí para decir que todos esos cuerpos nada me importan. El único cuerpo que me importa es el tuyo.

 

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