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El tornillo que faltaba

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 02/01/2020
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El tornillo que faltaba

Ayer por la tarde me di cuenta de que le faltaba un tornillo a la tapa de abajo de uno de mis sintes y lo pasé fatal. Busqué por todas partes como si lo hubiese desmontado anteayer, aunque fue hace meses cuando lo compré a la aventura por Wallapop y lo desmonté porque me llegó sucísimo y con dos notas que no sonaban. Ni siquiera estaba seguro de que no llegara ya así, con el fatídico agujero negro vacío, sin el tornillo.

Como si me faltara a mí mismo el tornillo he mirado incluso en la caja de herramientas, en cuyo fondo se acumulan piezas extrañas desde el 2005, cuando empezaron las mudanzas y con ellas los muebles de quita y pon, las lámparas y las cortinas, los taladros que tanto disfrute dan al vecindario y tanto me molestan a mí. He ordenado el cajón de sastre; hasta agujas había. Cada pieza suelta es el recuerdo de un fracaso en el montaje general.

Sé de sobra que este jaleo que me monto es por el nublado; cuando una borrasca se acerca mi cerebro va buscando cualquier problema para agarrarse a él como a un clavo ardiendo y fastidiarme la vida con sus tonterías. Puedo hablar de mi cerebro como de una entidad autónoma; es posible que esto deba preocuparme también.

Esta vez han sido tres las borrascas que venían, en cola, con sus nombres propios y todo, que ya no son exclusivos de los huracanes -por fin un logro de la lucha de clases, lástima que sea de las clases de tiempo atmosférico-. 

Por muy consciente que sea de que el problema del tornillo es tan tonto como el del anuncio ese del nota que quería demandar a los de una marca de atún, o de la sustancia que fuera, porque la lata no era tan abrefácil -era abredifícil-, no pude evitar arrojarme al suelo y mirar bajo los sillones, bajo las camas, en habitaciones por las que el sintetizador no se ha asomado ni en sueños, si es que sueña -no lo descarto-, y hasta desatasqué los salideros de agua del balcón, en los que había tierra como para haber sembrado algo más productivo que el tornillo de un cacharro del año de la pera.

Lo de rastrear en el balcón tiene su lógica, porque fue allí donde le miré las tripas al pianito, que funciona ahora perfectamente: aún recuerdo la emoción de comprobar que lo había reparado yo solo; que aquellas dos teclas muertas por el polvo ya sonaban, y quién sabe si con esa misma emoción olvidé atornillarlo del todo. 

No pasa nada realmente, hay otros nueve tornillos iguales que sujetan la base de madera al chasis metálico. Así que traté de tranquilizarme, en balde: la presión atmosférica estaba bajando, tengo un barómetro en el bulbo raquídeo o algo peor, algo suelto ahí dentro, un cable pelado. ¿Y quién no? 

Una vez hube ordenado la caja de herramientas, revisado todos los rincones, palpado la alfombra -en la que se podría haber camuflado el tornillo como se camuflan las púas cuando caen sobre ella-, e incluso preguntado si tenía alguno de sobra al chico del servicio técnico de Barcelona que me arregló otro de los sintetizadores de mi pequeña colección, el Polysix, quedó un único rayo de luz y tranquilidad para mi espíritu: la ferretera de la calle Rubidor (no es el nombre exacto, creo que es Rubio i D´Ors, como sea). 

He explicado muchas veces que no me gusta mucho salir de casa y tratar con los demás, y cada vez me gusta menos: todo el mundo parece frustrado y cabreado y no tengo necesidad de tonterías ajenas, bastante tengo con las mías. Algunos parecen usar el Black and Decker para trepanaciones en familia. Por desgracia en algunos casos no es broma esto. 

Sin exagerar: las borrascas y otros cambios aún peores que se avecinan tienen al personal de los nervios, y, desde aquella vez que mis padres se fueron con mis hermanas a casa de una de mis tías, permitiéndome quedarme por un rato con el piso del Polígono para mí solito, encuentro un enorme placer en la soledad, compartida con los libros y las canciones, o con una persona más a lo sumo (porque hay otra fuente de placer que en este texto no viene al caso, de momento). 

He ido a la ferretería de la Rubidor otras veces; la anterior fue para comprar el mecanismo de la cisterna, que soltaba agua a todas horas y no me apetecía financiarles a los de AGBAR otra polla gigante para el skyline barcelonés, aunque a decir verdad no necesitan excusas de fugas ajenas para meter fenomenales pollazos en las facturas, que en los casos de otras provincias que conozco ya pasan directamente del abuso a la violación. Qué negocio, vender el agua de la lluvia. Si al menos no hubiera que ir además a por agua embotellada... La de aquí es imbebible, es una pena: me encanta beber amorrado al grifo, de nada sirvieron las riñas de mi madre para que dejara de hacerlo algún día.

La reparación de la cisterna fue un éxito también. La chica me explicó a la perfección lo que había que hacer, y me vendió un modelo que permite interrumpir la descarga de agua con una segunda pulsación: una maravilla. 

Ella y un hombre que podría ser su pareja regentan el local con un orden y una pulcritud que me parecen tan meritorios como necesarios en una ferretería. ¿Cómo si no encontrar la aguja precisa en semejante pajar? No es un negocio para caóticos, desde luego, y sin embargo he conocido ferreterías oscuras, estrechas y desasosegantes, en las que no te prestaban mucha atención que digamos si ibas solamente a por un tornillo, como aquella de enfrente de la plaza de toros de la Malagueta, en la que estaban más por la labor del estoque.

Entré desmoralizado: el del servicio técnico me había respondido al correo diciéndome que esos tornillos son muy raros. Una respuesta lógica, tratándose de un aparato hecho en Japón hace más de treinta años. 

Es el que sacan los Aviador Dro en el vídeo que hay en YouTube de La ciudad en movimiento, un playback para la tele. Supongo que de algún modo mi cabecita pensaba que devolviendo el cacharro a su estado original todos volveríamos a los años ochenta.

La chica de la ferretería no solo no se enfada porque interrumpa la conversación con su compañero para preguntar por un puto tornillo, sino que me sonríe, lo coge con cuidado, lo mide, lo busca y en menos de 30 segundos lo encuentra y me lo presenta como si fuese la cabeza jibarizada de mi mayor enemigo, quienquiera que sea. Yo, que no suelo hablar con desconocidos así como así, bromeo con ella sobre las medidas de los ingleses y los americanos (los pies, las pulgadas), y afirmo que de ellos se sabe todo con recordar que conducen por el otro lado. En Japón usan el sistema métrico, así que el milagro no ha sido para tanto. De repente le pregunto si no tiene el mismo tornillo en negro, y me arrepiento enseguida de mi desfachatez. No solo no se enfada, me indica que puedo pintar la parte visible con un rotulador indeleble. Qué apañada es. Me dan ganas de abrazarla. Su compañero está muy serio, mirando unos paquetitos. Las ganas de abrazarla eran en sentido figurado, haya paz, no quisiera ser testigo de más mudanzas. Miro a la derecha y veo unos candados. Me acuerdo enseguida de que necesito uno para que no me abran la caja del sintetizador que voy a llevarme a Granada para grabar el disco. Porque por ahí empezó todo: le compré un estuche (una caja fuerte) al cacharro este del tornillo para llevármelo a Granada bien protegido en el coche que me prestan para bajar trastos y subirme al heredero, y finalmente he cambiado de idea y me llevo el primer sintetizador que compré, el Polysix, que ya vino con su cajita. Esas cajas se llaman flightcases, pero todo el mundo sabe que si lo facturo en el avión cuando llegue tiene que ir directo al servicio técnico de Granada, en el que me levantaron una buena pasta para chapucearlo sin ningún resultado duradero.

Cuando voy a pagarle el tornillo y el candado me dice que el tornillo me lo regala, y en ese momento palpo mis pantalones y no lo encuentro, y vuelvo a entrar en pánico inútilmente: acababa de ver que allí dentro guardan una caja con cientos de ellos. Ella sonríe y me dice que lo he guardado en la cartera. Es verdad, me lo había metido en un sobre. Veo el sobre al sacar el billetito y respiro hondo. ¿Cuál será mi siguiente tormenta interior?

El colmo va a ser cuando acabemos el disco y no hayamos utilizado apenas sintes.

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