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El vagón del silencio

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 20/11/2017
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El vagón del silencio

 

En el AVE han habilitado un vagón, el vagón del silencio, que garantiza la irritación de sus ocupantes. Bien hecho. En el AVE hay muchos coches. Está el coche 1. Está el coche 2. Está el coche 3. Está la cafetería. Está el coche 5. Hay un montón de coches. Todos iguales. Menos la cafetería. Y el vagón del silencio.


El AVE tiene más cosas. Tiene, por ejemplo, servicios. Cuartos de baño, digo. De dos tipos. Hay uno tipo pequeño, tipo cuarto de baño pequeño, que es pequeño. Este cuarto de baño (tipo pequeño) es pequeño, hay dos más o menos juntos y es bastante pequeño. Y luego está el tipo demasiado grande, que es demasiado grande y hay uno solo, porque dos no caben. Y menos tres. El cuarto de baño demasiado grande es demasiado grande. La puerta, que es curva y deslumbrante, se abre automáticamente al pulsar un botón y tarda unas seis semanas en abrirse del todo. Cuando se abre, da paso a una especie de cancha de baloncesto en la que hay, al fondo, un inodoro normal, un grifo normal, lo del jabón pero sin jabón, lo del aire pero sin aire, y unos cuatrocientos metros cuadrados de nada. El cuarto de baño está muy bien porque tiene botones trampa que incrementan el nivel de alerta. Para abrir, hay un botón. Para cerrar, hay otro. Pero el botón de cerrar es sólo para cerrar, no para echar el cerrojo. Para cerrar de verdad hay un tercer botón, con forma de botón y tamaño de botón, pero que no se ve porque no se sabe que hace falta. Así que mucha gente lo ignora pero ignora que lo ignora, así que se sienta, por ejemplo, en el inodoro, al fondo del páramo, y regala, si hay suerte, al siguiente viajero un sinfín de imágenes curiosas. Porque el siguiente viajero llega con las ideas claras. Y pulsa el botón de abrir. Y abre. El primer viajero, por fortuna, queda tan lejos de la puerta, tan al fondo, que todo se ve desenfocado y sin detalle. El simple acto reflejo de pulsar el botón de cerrar no basta. La puerta se cierra, sí, pero tan lentamente como se abre. Tapar la sonrisa congelada del primer viajero lleva las mismas seis semanas que lleva desvelarla. Y luego está el vagón del silencio.


Pero antes está la cafetería, que va antes del vagón del silencio. Pero antes, antes. Varios coches antes. La cafetería está en el coche 4, pero no cuenta porque es la cafetería. No cuenta, pero puntúa. Ocupa todo el coche y tiene, decía, su propio número. El 4. En la cafetería sirven: café, té, agua, refrescos, cerveza, vino. Sandwiches fríos, sandwiches calientes, bocadillos calientes. Patatas, donuts, magdalenas. Y Kit Kat. Si uno quiere un sandwich caliente o un bocadillo caliente, lo mejor que puede hacer es pedirlo y darse un paseo hasta el aseo grande, darle al botón de abrir y regresar cuando la puerta se haya abierto del todo. Porque al horno de calentar bocadillos le lleva unas seis semanas calentar los bocadillos. Si son las nueve de la mañana y a la gente le da por desayunar, las colas llegan hasta el coche 2. Si pides una Coca-Cola, te preguntan que si con hielo, si pides un café, te preguntan que si con sacarina, y si pides un menú, te preguntan que si, por un euro más, quieres también un café. Y luego que si con sacarina. Y luego está el vagón del silencio.


En el AVE hay vagones ruidosos, que están llenos de gente ruidosa y relajada, y el vagón del silencio, que está lleno de gente ruidosa y sin relajar que sólo ha podido encontrar billete en el vagón del silencio. En los vagones ruidosos no se puede hablar por el móvil, hay que salir a la plataforma. Pero la gente no sale. Y habla. En el vagón del silencio, en cambio, está también prohibido hablar por el móvil. Así que la gente tampoco sale y también habla. El vagón del silencio es un vagón que sobra y que no sirve para nada porque sobra. Sólo sirve para ser el último vagón de todos. Encima. Y para estar lejos de la cafetería. Que ya ves tú.


En el vagón del silencio no sólo viajan los que no querían viajar en el vagón del silencio. También va gente que sí quería y que se pasa el viaje desconcertada. En el vagón del silencio, por ejemplo, no se puede comer nada. Pero la gente come. Y, como los que quieren ir en el vagón del silencio no tienen carácter porque no quieren enfrentarse al mundo y por eso van en el vagón del silencio, no protestan. Porque no se atreven. Sólo se enfurruñan por dentro, y hacen hum y hacen arf. Pero muy poquito, porque enseguida alguien les hace sssh, pero agachando la cabeza detrás del asiento, para que no se sepa quién es. Así que el que estaba indignado se indigna más, por la injusticia. Y llega a Barcelona casi llorando y muy estresado.


Yo voy en el coche 5, cerca de la cafetería, porque los del vagón del silencio, si no son hare krishna, me parecen gente complicada. Y muy conflictiva. Y eso es todo lo que quería contar sobre el vagón del silencio.

Tu valoración : Je détesteJe n'aime pasCa vaJ'aimeJ'adore

Anónimo

El 27/11/2017

A mi me gustaría ir en un vagón del silencio, no soy hare krishna ni soy complicada ( al menos eso espero) pero me gusta disfrutar del silencio, de un viaje leyendo, sin niños que te griten al lado ni den patadas por atrás en tu asiento, pienso que en Andalucía se grita demasiado, siempre hay demasiado alboroto, (yo según dicen también grito) pero después de tu aclaración de que en el vago del silencio no hay silencio me he quedado un poco pufff, yo no seria de las que quejaran flojito, yo me quejaría en voz alta, llamaría al revisor o como se llame ahora y además pondría una reclamación, y si no que le quiten el nombre y le pongan por ejemplo: vagón de silencios incomodos. Gracia por tu aclaración ;)

Anónimo

El 27/11/2017

Igual el baño es tan grande para que pueda girar una silla de ruedas, es un baño adaptado para personas con discapacidad. Ser pretendidamente gracioso e ingenioso a costa de la accesibilidad me resulta patético. El como "lo del jabón pero sin jabón", es lo de ser gracioso pero sin ser gracioso ...