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El viaje vertical

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 10/08/2015
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El viaje vertical

 

Los trapecistas de antes abominaban de la red de protección porque encontraban que, precisamente en el desafío a la muerte, residía la razón de su arte. Un caballero fibroso con apellido italiano de alquiler trepaba por la cuerda con el torso en perfecta verticalidad y las piernas en ángulo recto, realizando un esfuerzo ímprobo que el público, deslumbrado por su sonrisa de marfil, no veía. Una vez colgado del trapecio, practicaba los balanceos de rigor para calentar los músculos y a alguna dama de la concurrencia; y, avisado por un redoble con cola de platillo, se soltaba de la barra, daba un par de vueltas muy cerca del cielo y se sujetaba a otro trapecio que alguien había sincronizado de forma impecable, dejando detrás una nube de polvo blanco y salvándose de la invalidez en el último instante.

 

A veces los trapecistas eran dos, incluso tres, ellos con bigote curvado hacia arriba, ellas con piernas de futbolista, todos vestidos como vestían los bañistas en 1920. El espectáculo era magnífico: fuertes y gráciles perfiles humanos dibujando corvetas en el aire, cruzándose entre las miradas perplejas del respetable, cediéndose el paso, suspendidos unos de otros hasta su nuevo lanzamiento, en una danza vaporosa que aclaraba tanto la procedencia del hombre del mono como su voluntad de superarlo.

 

De cuando en cuando, claro, algo fallaba: mucho sudor, poco talco, falta de sueño, un despiste... La gravedad se cobraba entonces su peaje y, ¡alejop!, dejaba una figura contorsionada en la pista con la médula espinal rota, mientras el público, mudo hasta entonces, señalaba con el dedo lo que no tenía pérdida ensayando, a la vez, diferentes variedades de pánico, íntimamente satisfecho al recordar el precio de la entrada. De ese modo, era posible admirar de nuevo a los trapecistas vivos, que soportaban imperturbables la pérdida observando con escrúpulo el código de la estirpe, orgullosa en la vida y en la muerte, lista para disputar a las nubes una y mil veces su puesto.

 

Luego llegaron las redes, como llegaron los cinturones de seguridad, la mayonesa con huevina y las cremas de protección solar. Los trapecistas se afeitaron el bigote y el mundo fue civilizándose poco a poco. La muerte fue haciéndose más y más prohibitiva, cada vez al alcance de menos gente. Dejamos de mirar al cielo y nos centramos en la red. Hoy sólo podemos disfrutar de las volteretas si nos garantizan que nadie se romperá la crisma delante de nuestros hijos. Lo que, en realidad, tiene todo el sentido del mundo. Así que desconozco –si lo tuviera– el valor metafórico de todo esto.

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