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Feliz Año Nuevo

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 27/12/2018
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Feliz Año Nuevo

Qué rápidamente he perdido la costumbre de publicar a diario opiniones, ocurrencias e intimidades en las redes sociales. Será porque Facebook, Twitter, Instagram y demás son más recientes de lo que parece. Esta noche ha habido otro tsunami en Indonesia. Un grupo tocaba en la orilla. Han perdido al mánager y al bajista, una tragedia que siempre puede ser peor, como cuando aquella otra catástrofe de 2004. Por entonces no había teléfonos con internet, al menos no era tan fácil delatarse mediante ellos. Y digo delatarse porque hoy todos somos un crimen en potencia para los demás. Una ola de humanidad. Muchos para un mismo sitio.

Sería 2007 cuando me colocaron el iPhone 3 en una tienda de El Palo, en Málaga. Seguro que fui a preguntar cualquier cosa y salí con el compromiso de permanencia firmado. Diez años más de engaño. Hay que andarse con cuidado, allí y en todas partes: hasta donde los perros se pueden atar con llonganissa hay disponibles cadenas para el prójimo.
Al poco de tener el iPhone 3 subí a Facebook una foto del interior de una tarrina de sobrasada (no mostré la marca). Ningún vegetariano comentó nada. Los principios tienen su encanto. No sé por qué me viene esa foto a la memoria en primer lugar. Al igual que las emisiones de televisión gratuitas, me da a mí que las redes van a ir quedándose para la publicidad y la propaganda exclusivamente, bien directa, bien camuflada. Yo anunciaré las actividades de Sr. Chinarro y ya. Nunca he sido de evitar conflictos, tampoco ha sido mi intención nunca crearlos, pero siempre hay cosas mejores que hacer que discutir con desconocidos.

Al principio la gente se conformaba con escribir sus tonterías en los comentarios de las noticias de los medios de la comunicación. Que estas mismas tonterías sean ahora las noticias de los medios me parece una revolución muy triste. Es responsabilidad de los periodistas arreglar eso, no mía. Me pregunto si ha habido revoluciones mejores a largo plazo.
Sigo perdiendo bastante tiempo en Wallapop, buscando cacharros para hacer música. Es un problema ahora que comparto piso, porque el verdadero lujo es el espacio, como bien saben los que alquilan trasteros. (Con esta frase veo que vamos saliendo de la crisis; me parece que esta frase de los trasteros y el espacio estaba en mis textos de 2007.) De pronto me encuentro con que tengo aparatos repetidos y debo venderlos. Repito las compras porque mis intereses son limitados. Y por ahí vuelvo a las redes sociales y a sus problemas: un tío que se indigna por el precio que le pongo a un sintetizador. Que regule el gobierno este mercado también, le respondo con sorna. Y en dos días hay un debate debajo del anuncio. Que parecemos inmobiliarios, dice el jefe del otro bando. Todos los mercados el mercado, respondo yo, un poco pedante. Y así va la revolución internáutica, que ni un anuncio de un pianito se puede poner con tranquilidad. Desde que fui delegado de clase en COU sé que no existe ninguna relación entre la disposición a opinar y la calidad de las opiniones, aunque sí con la cantidad, claro. Se da lo que sobra. En el exhibicionismo el tamaño también importa, aunque la exhibición nos espante antes de que un mínimo control de calidad pueda ser hecho. Los más inteligentes de la clase o guardaban silencio o esperaban un momento de tranquilidad para exponer sus ideas resumidas. Ahora pensará alguien que la inteligencia es un mito, una convención. Claro que sí. De todas las ideas solo nos queda ya la de la caverna. A donde regresaremos a palos. ¿Y qué ideas tengo yo para escribir hoy este texto que, me temo, se hará público? Muchas son repetidas, no soy tan listo. Como la de los trasteros. Las resumo a continuación y doy por terminada esta entrada de blog:

-Mejor escribir textos largos porque los trolls no saben leer tanto (la gente no lee, lo veo en los aviones, siempre hago la estadística: 2 o 3 de cada 200, incluyéndome).

-Está bien que la tele y las redes queden para anunciar productos de consumo, porque normalmente las canciones que acompañan estos anuncios son las mejores. Así se lo he dicho a mi sello discográfico, donde han quedado muy contentos con esta confesión privada. No voy a vender todos los sintetizadores, por mucho espacio que ocupen (solo el que tengo repetido), porque la mayoría de estos anuncios de televisión y redes tienen banda sonora de tipo años ochenta, de tecno pop (ya el Cachitos de Hierro y Cromo de esta semana me ha servido como señal de que estoy en lo cierto).

-No quiero ni pensar cómo tiene que ser compartir piso con alguien con quien no compartes todo lo demás, o casi todo. Desde luego el mercado inmobiliario sí que necesita alguna regulación. Más que el mercado inmobiliario, la idiotez del turismo perpetuo. ¿Hay algo mejor que quedarse en casa, si se tiene? Me explico la mala idea de algunos que tienen que vivir sin un mínimo de intimidad: la exposición definitiva, total, está en la guerra, en la que finalmente se enseñan -se ensañan- sus entrañas. (Sé que hay buenos compañeros de piso, por ejemplo los que se pasan la vida en un estudio de grabación -un abrazo para mi amigo Oswaldo-).

-En el portal de Belén hay estrellas, sol, luna y unos okupas, pero, que se sepa por las representaciones que triunfaron, en el establo faltaba la pared frontal, con lo que todo el que pasaba podía ver la escena, por no hablar de los olores (me pregunto si ya en esa época preferían los olores de los excrementos animales a los efluvios humanos de los caganers). ¡Ay, la adoración de los caganers cuadrúpedos, hasta cuando! El oro, el incienso y la mirra no abultaban mucho (me figuro que el oro lo que menos). De broma, me pregunto:

¿Dónde habrían guardado un sintetizador repetido? ¿Habrían colgado el anuncio en el muro de las lamentaciones? Y, sobre todo, ¿qué regalaríamos en estos tiempos a alguien que verdaderamente no tuviese nada, ya fuera conocido o no? Apuesto a que miraríamos a otro lado. Diríamos: son de una mafia de pedigüeños. Y esconderíamos hasta el euro. Pero la mafia está en las redes, colocándonos los bienes de consumo repetidos hasta debajo de la cama. Con buena música, que no falte.

Feliz año nuevo.

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