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Ficómic y la lógica universal

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 08/09/2015
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Ficómic y la lógica universal

 

El texto que acompaña a la instalación ‘Growth and Form’ de Richard Hamilton en el MACBA, en una licencia a medio camino entre el sensacionalismo y la simplificación excesiva, explica que el ensayo del biólogo y matemático D’Arcy Wentworth Thompson en el que se basa la obra propone que la belleza es un factor determinante en la evolución de las especies. Hay un tipo enquistado de arrogancia en ciertas construcciones mentales que pretende que la experiencia humana sea no sólo una manera de interpretar el mundo, sino la medida con la que explicarlo. La forma es un factor determinante para la selección natural, y la manera en la que los miembros de una misma especie –o de otras que compartan hábitat- experimentan la belleza de sus iguales puede resultar crucial en su desarrollo, en cuanto a lo que la subjetividad de esa belleza delata en términos de idoneidad sexual, salud o conveniencia. El proceso no es arbitrario ni excluye otras cuestiones tanto o más importantes, y desde luego no es lo mismo que el juicio que un observador ajeno, nosotros, hagamos sobre lo que es bello y lo que no. Es de un ombliguismo sonrojante suponerle a la naturaleza un interés por nuestras preferencias estéticas o de cualquier otra índole, y sin embargo parece que, formulada con conveniencia, esta idea no tiene muchos problemas en ser aceptada y aplicada con desigual criterio. Wentworth Thompson, en realidad, no pretendía tanto proponer una tesis como describir un fenómeno complejo, sirviéndose de herramientas marginadas por sus contemporáneos tales como la física o las matemáticas. El mejor argumento contra la idea de una belleza inherente a los objetos es pararse a oír la disparidad de opiniones que las piezas que conforman la muestra de Hamilton suscita entre los visitantes.

 

Llevamos toda la vida otorgándole en medida variable este valor antropocentrista a la naturaleza, cuando no directamente teocentrista. Aun en ausencia de una divinidad en sentido clásico, esto no deja de ser una manifestación religiosa por lo que tiene de negación del pensamiento crítico en beneficio de una idea más reconfortante de armonía y orden. Las frases hechas del tipo “la naturaleza es sabia” dejan ver el grado de permeabilidad que nuestra cultura tiene con este tipo de superstición, e ilustra muy bien esa forma tan extendida de pensamiento en la que uno se coloca a sí mismo como el centro hacia el que gravita la realidad misma: no es que mis condiciones sean el producto directo al que me han empujado los devenires naturales, haciendo que mis limitaciones sean soportables en el medio que habito, sino que el ente naturaleza provee para que yo esté abastecido. Esta predisposición ideológica, sumada a la ignorancia científica que hemos tendido a normalizar, componen un cóctel nefasto cuando se extrapola a situaciones concretas de nuestra vida diaria y, por extensión, a las decisiones de los gobiernos e instituciones en las que nos organizamos. En ausencia de un criterio educado, pareciera que estuviésemos dispuestos a otorgarle el beneficio de la duda a cualquier discurso que encaje bien en esta cosmovisión que nos hermana con la naturaleza en direcciones arbitrarias. Lo natural supone una virtud en sí mismo y, lo que es peor, los publicistas y los charlatanes han construido una marca con aires de superioridad moral alrededor del concepto.

 

La industria inmensa de la pseudociencia –que paradójicamente tiene como una de sus principales bazas el rechazo por la industria inmensa de las farmacéuticas- ha interiorizado a la perfección esta desinformación generalizada, que envuelta en miedos irracionales, rumorología y herencias ancestrales fabrican consumidores devotos dispuestos a ignorar toda evidencia contraria a la superchería de su elección. Ficomic, que aun siendo una organización privada es lo más parecido a una institución aglutinadora que tenemos en el cómic español, ha tenido a bien subirse al carro de la irresponsable promoción de estos embaucadores peligrosos. En la lista de invitados del XXI Salón del Manga de Barcelona, que se celebrará durante el último fin de semana del próximo mes de octubre, figura la chef de cocina macrobiótica Mayumi Nishimura. Ficomic lo explica así en su página web y redes sociales: “La cocina macrobiótica es una de las más saludables y equilibradas que además forma parte de una manera de entender la vida en Japón y cuya influencia se ha extendido por todo el mundo. […] En 1982, Mayumi Nishimura se fue de Japón a Estados Unidos para estudiar con Michio Kushi y Aveline, reconocidos líderes mundiales del movimiento macrobiótico. […] Durante ese tiempo también ayudó a muchos pacientes con cáncer a que se recuperaran bajo la guía de Michio Kushi.”

 

Cáncer, ni más ni menos. Ficomic no se conforma con la debatible aunque razonable idea de que la dieta macrobiótica, en sus vertientes menos extremas, puede en efecto conformar ciertos beneficios para la salud. Detrás de una apabullante avalancha de idioteces incapaces de sostenerse más allá del pensamiento mágico sensiblón, la macrobiótica moderada resulta, en su aplicación práctica, en una forma saludable de comer. No sé qué clase de persona necesita creer en el Yin y el Yang para comer bien (aunque según la biografía de la chef que facilita Ficomic, Madonna, Brad Pitt y Gwyneth Paltrow están entre esa clase de personas), pero si la cosa no pasara de ahí esto no dejaría de ser una inocua aunque bochornosa tomadura de pelo. El problema con esta gente, y ahí Ficomic entra hasta la cocina, es su falta de escrúpulos. Las consecuencias de rechazar tratamientos convencionales y de efectividad muy contrastada para ponerse en manos de especuladores de filosofía pueril pueden ser fatales, y desde luego una organización como Ficomic no tiene ninguna necesidad de meterse en ese jardín. Aunque dudo que la audiencia vaya a responder significativamente, la inconveniencia se multiplica cuando tenemos en cuenta que el perfil mayoritario de asistentes al evento son personas muy jóvenes con una predisposición anterior a ser seducidos por lo exótico de la propuesta, que tenderán a asociar con ciertos elementos de una cultura por la que están interesados. Sólo un niño o un adulto con un juicio crítico bajo mínimos rigurosamente obliterado a los hechos empíricos puede dar pábulo a barrabasadas tan descabelladas como la existencia de un orden cósmico universal que tiene al hombre como centro, pero es el trabajo de los cuentistas hacer el relato verosímil para el gran público, con la ayuda inestimable de los escaparates que se les ofrecen. Es un despropósito mayúsculo que entidades como Ficomic, que nada tienen que ver con el tema, le allanen tanto al camino a chamanes modernos, presentándolos como figuras de prestigio, en detrimento de personalidades relevantes para el motivo del Salón. Comer cereales es genial, claro, pero la ciencia ya lo sabía. Y además lo explica.

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