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Fotografiando hasta perder la consciencia

Mikel Aristregi
Por Mikel Aristregi
El 28/11/2016
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Fotografiando hasta perder la consciencia

 


Si me fuera concedido el don de tener un superpoder, sin duda alguna elegiría el de la invisibilidad. Ya no solo para poder adentrarme bajo la alfombra roja y fotografiar sin restricciones y a placer la mierda que los poderosos generan con una mano y se empeñan en ocultar con la otra; también para poder captar el meollo de la vida en escenas cotidianas protagonizadas por personas anónimas cuya existencia trasciende a la vista de todos en hermosas coreografías. Esas que ocurren a cada instante, en cualquier lugar, (estando atentos) no tan difíciles de ver, pero casi imposibles de captar. Quisiera poder acercarme lo suficiente, tanto como considerase preciso, sin interrumpir ni alterar el flujo de aquello que capta mi atención y que deseo apresar, pero que a menudo acaba desvaneciéndose por el mero hecho de estar allí. Y quien diga que la Fotografía precisamente va de eso, de hablar con la gente, de relacionarse con el otro, no deja de estar en lo cierto, pero de lo que aquí estamos hablando es del mismo ACTO DE FOTOGRAFIAR que, aunque está relacionado, no es lo mismo. Créeme, llegado el momento de apretar el botón, el mejor estado posible es el de la invisibilidad.

 

El concepto de Fotografía es todo aquello que precede y sucede al acto de fotografiar. Fotografía es una actitud y un estado consciente e intencionado, un trabajo multidisciplinar que requiere de grandes dosis de esfuerzo y sacrificio, para lo que hay que estudiar, documentarse, instruirse, planificar, tomar decisiones, conocer y elegir material, analizar, proyectar, prever y proveer, interiorizar, empatizar (no necesariamente con el sujeto al que se fotografía, pero si empatizar con una causa, tomar partido), muy importante, y… soñar. Soñar mucho. Pero cuando estás con las manos en la masa, atrapado atrapando el instante más o menos decisivo, inmerso en el delirio que se prolonga durante un doscientos cincuentavo de segundo o unas horas, lo mejor que uno puede hacer es desaparecer. Y a veces se consigue; cuando uno pierde la consciencia de sí mismo, de su Yo, de su cuerpo y de su mente y del lugar que ocupa en el mundo, que todo se reduzca a eso, a fotografiar, con toda la complejidad que ello conlleva. Olvidarte de quién eres y de lo que estás haciendo te hace invisible y, paradójicamente, te acerca a tu Yo más espontaneo, más auténtico, el resultado de la suma de todo aquello que te hace ser quien eres y que se materializa en una fuerza incorpórea e intangible, si es que eso es posible. El miedo, por el contrario, te convierte en un hombre de cuatro metros y trescientos kilos vestido de rojo y con tacones stiletto bajo los pies.

 

[“Esta noche, el problema es que durante la actuación yo entro y salgo de mi mismo a ratos del modo más desagradable. En mi interior, múltiples personalidades pugnan por turnarse al micrófono mientras me esfuerzo por llegar a ese punto en que ya nada te importa, ese lugar necesario y maravilloso donde pegas fuego a tus inseguridades, liberas tu mente y simplemente sigues adelante. En ese preciso momento siento que me preocupo en exceso, que pienso demasiado en… lo que estoy pensando”. Born to Run, Bruce Springsteen]

 

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Acaban de cumplirse diez años de que me fuera otorgado el premio Nuevo Talento FNAC, mi primer premio importante, con la historia de Pich y el resto de niños de la calle que había fotografiado meses atrás en Phnom Penh. Rondaba la treintena y aquel era el primer reportaje de envergadura que hacía. Consciente de mis limitaciones, recuerdo haberme puesto como único objetivo Fotografiar todo aquello que quiera fotografiar, más allá de los resultados. Un año antes había viajado durante varios meses por el Sudeste Asiático y, ya fuera por mi timidez, ya fuera por mi falta de coraje, ya fuera por ambas cosas a la vez, no había logrado hacer ni la mitad de las fotografía que hubiese deseado hacer por miedo a enfrentarme al Otro, amparado en excusas de lo más variopintas, causando un hondo sentimiento de fracaso y frustración en mi interior al final del mismo. Esta vez, pensé, debía ser diferente; debía ser capaz de enfrentarme al reto de fotografiar siempre que sintiera el impulso de hacerlo, sin echarme nunca atrás. Entonces me pareció un objetivo modesto; visto en perspectiva, me parece de una sensatez desconcertante y una ambición descomunal, pues fotografiar no se trata más que de eso, de saltar al vacío, de seguir adelante, de no dudar de que eso que tú ves tiene la relevancia y la belleza suficientes para pasar a la posteridad, aunque sea de forma modesta, aunque solo lo sepas tú. El miedo, sin embargo, puede tomar muchas y muy diversas formas. Se oculta en una mirada, en un gesto, en un teléfono que comunica, en las luces de un cajero automático, en las cuatro paredes de una habitación de motel y en las manchas de mierda que adornan la parte inferior de la tapa de la taza del váter; el miedo, sobre todo, está en los ojos de ese tipo que te mira al otro lado del espejo:

 

09.12.04. (Día 32) Hoy me he levantado como siempre, a las 5:45. No había sueño, pero sí pereza. Pereza de salir a la calle y encontrar un tema. Tras un rato en la calle, he decidido volver a casa. A las 7:30 estaba otra vez en la cama. Estoy bloqueado. Estoy hasta tal punto bloqueado que me estoy replanteando mi proyecto de vida con la fotografía. Si ahora, que a nivel fotográfico tengo cuanto deseaba -un proyecto pagado, soledad y libertad para trabajar, un lugar lejano y diferente al mío, ninguna presión externa-, no disfruto con mi trabajo, cuando lo haré? Es más, pienso en los viajes realizados hasta ahora y la fotografía casi siempre me ha hecho sufrir mas que disfrutar. Tal vez esto no me haga feliz.

15.12.04. (Día 38) Hay una cosa que está clara: esto no va a tener la intensidad que le había supuesto. La vida del reportero no es tan idílica como la había imaginado. Ya ni triste, estoy un poco aburrido. Cada día la misma historia, hasta que algo salta (la sensación de una buena foto) y te devuelve el ánimo y la esperanza de que todo va a cambiar. Pero esto no va a cambiar. Esta es mi rutina. Podré estar fotografiando los niños de la 136, o el vertedero, o lo que sea, pero lo extraordinario va a seguir siendo puntual. La cuestión es que cuanto más tiempo pase trabajando, más posibilidades habrá de que pase algo extraordinario. Y después, cuando la gente vea las fotos, pensará que esto ha sido la hostia, porque solo verá esos momentos en los que todo se ha puesto en equilibrio y ha formado una de esas imágenes redondas; el fotón. Pero nada más lejos de la realidad. Así que, tras una buena sensación, no he de pensar "ahora empieza el momento", sino "ahora sigue el momento". Con el tiempo, cuando del viaje solo queden las fotos, a mí también me parecerá extraordinario. Seguramente lo que está siendo, pero yo no me doy cuenta.

[“Si miras la cara de alguien durante el tiempo suficiente, acabarás por sentir que te estás mirando a ti mismo”. Mr. Vértigo”, Paul Auster.]

 


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Cada uno debe encontrar los rituales que le lleven a conseguir esa invisibilidad. En mi caso, me lo tomo de forma bastante literal. En la medida de lo posible, elimino los espejos a mi alrededor para evitar verme reflejado en alguno por casualidad. Una vez, viajando por las remotas tierras altas de la provincia china de Sichuan, después de varias semanas sin cruzarme con un solo occidental, sin haberme mirado en un espejo (nada de duchas, nada de aseo), incluso llegué a olvidar que yo también lo era. No entendía por qué la gente se me quedaba mirando. En los primeros proyectos llegaba a quitarme los pendientes y compraba ropa en el mercado para parecer un ciudadano local más, como si en Asia eso fuera posible. Pero la cosa funcionaba en la medida en que a mí me ayudaba a sentirme más integrado, mimetizado con el entorno y sintiendo que llamaba menos la atención. Me daba confianza y fortaleza para pensar menos en mí y más en todo lo demás, aunque el motivo de conseguirlo nunca fuera éste. Aun no sabía que la confianza en tu trabajo y la comprensión e interiorización de los motivos que te llevan a hacerlo es lo que verdaderamente te hace invisible… aunque no siempre se consiga.

 

Pero, cuando se consigue, ¿hay una sensación mejor?

 

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