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GAS (gear acquisition syndrome)

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 07/09/2016
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GAS (gear acquisition syndrome)

 

Cuando Jesús se subió al avión cargado con tres bolsas repletas de latas vacías de cerveza, de todos los colores del espectro visible, supe que así no llegaríamos a ninguna parte. Volvíamos del festival de Reading de 1991. Aún dejaban embarcar con trastos, guitarras y todo, pero nuestros instrumentos se habían quedado en la peluquería de su madre, donde ensayábamos para dejar de ser solo espectadores, lo que éramos, en Inglaterra y en todas partes. Tenía yo un wah fuzz Ibanez, un pedal de efectos que compré con el primer jornal que gané, trabajando en un festival que se hizo en la Sevilla previa a la EXPO´92: "Leyendas de la guitarra", así se llamó el evento. Tuve cerca a Roger McGuinn, de los Byrds, a Les Paul, el de la guitarra homónima, etc. Etcétera quiere decir que no me acuerdo de ninguna leyenda más. Vi ensayar a Joe Cocker, es verdad, que no tocaba nada, creo. No me hagan caso, yo solo sé de grupos raros, como los del Reading. Me parece que las Hinds han tocado ya allí. Me alegra saberlo. Por entonces parecía imposible. Un grupo español en el Reading. Y de chicas, además. No había muchas chicas en los grupos de entonces. Grupos 100% de chicas sí que había. Eso es un clásico. En todo caso, son buenas noticias. Se ve que no era imposible, lo de tocar en Reading, ni mucho menos.

No trabajé demasiado para las leyendas; Luis me enseñó a dar carreras hacia ninguna parte cuando el encargado del montaje nos miraba, y con esa estratagema simple podíamos pasar el rato escondidos junto a la máquina de chocolate. Luis siempre ha sido un gran defensor de la clase obrera. No me extraña que hoy adore los gatos. Años despúes, no muchos, sustituyó a Jesús como bajista, porque yo quería prosperar como Sr.Chinarro, al menos técnicamente, y, siendo todos amigos, Luis tocaba mejor que Jesús; además no se subía a los aviones con porquerías, o si las subía no eran tan voluminosas (lo digo porque en el vuelo a Nueva York, cuando fuimos a grabar el primer disco largo, quiso fumar en el avión, porque aún se podía como hoy se puede beber, pero, hombre, no cualquier cosa).

Es posible que Jesús aún coleccione latas de cerveza, no lo sé, hace años que no hablo con él, tenía pinta de no cambiar nunca. No es por nada, el tiempo pasa y voy poco por Sevilla, para qué. Allí sigue el Ariane, el cohete de Europa, una réplica que nunca despegará, y el lago de la Expo fue cegado vilmente en cuanto terminó la fiesta, cual ojo de Cíclope a manos de un héroe de excursión por los dominios ignotos del Poder. Era lo único que me gustaba de aquel monstruo festivo, la EXPO.

Una vez tocamos en la isleta que había en el centro del lago, en algún sarao del pabellón de Cruzcampo. La cerveza y la música, siempre así. También quedo el teatro Central, en el que la bebida está solo en la barra del bar, y hay que pagarla. Allí he tocado varias veces, un sitio estupendo que sobrevive, no todo está perdido. Me siento un poco optimista, verán por qué:

Este julio pasado he tenido bolos todos los fines de semana, con el consuetudinario acceso libre a las neveras y a los tiradores de las marcas patrocinadoras. En cuanto llegó agosto decidí parar un poco y, por higiene y por prevención de hipocondríaco, pasarme al agua con gas y la cerveza sin alcohol. Ya lo hice unos años atrás, aprovechando un tratamiento de antibióticos, y canté aquí mismo las loas correspondientes a la sobriedad reestrenada. Pasan los años y cada vez encuentro menos motivos para los ritos sociales, en particular para las celebraciones, así que no necesito la excusa del tratamiento antibacteriano. En un mes que llevo sin tomar alcohol la tripa va desapareciendo, sin correr ni nada, con lo que se demuestra que los problemas se arreglan antes cuanto menos haces: no correr ni beber, esa era y es la solución. Claro está que la economía se resentiría un poco si todo el mundo hiciera lo mismo: no hacer. Sin embargo, desde aquella larga noche de las leyendas, y aun antes, consideraciones políticas y de conciencia de clase aparte, mi intención ha sido siempre hacer lo contrario que los demás, es decir, no hacer. Debería llamarme Antónimo. A mis padres se les escapó ese bonito juego de palabras, aunque muchas veces me acusaron, no sin razón, de llevar demasiado la contraria. Hoy día intentan llamar Lobo a los niños, en una muestra de sinceridad loable. Antónimo es mucho mejor. San Antónimo. Me repito: la probabilidad de acertar haciendo lo contrario que la mayoría es, si no mayor, no menor, vistos los resultados de nuestra sociedad en conjunto, habituada a la mucha cara y la mucha cruz, a la exhibición de la vulgar estadística del fifty-fifty en el centro del campo de batalla. ¿Cómo encajar nuevos porcentajes en el viejo canto del duro, en la palma de la mano del juez de la contienda?

Es más divertido ir contra corriente. Por eso siempre me he burlado, con cariño y algo de admiración secreta, de los que tocan la guitarra como imitando el canto del canario enjaulado, y por eso ahora “Jam session man”, de Las Ruinas, es una de mis canciones favoritas en castellano.

Es verdad que cuanto mejores han sido los músicos que me han acompañado mayores han sido los favores del público, y con ellos los de las discográficas y los patrocinadores. Aunque los compañeros se burlaran de mi técnica, y más cuanto mayor era la cosecha, como extrañados con la paradoja y tratando de vincular todo lo que se puede medir sindicalmente, yo obviaba, por no dar mayor importancia al asunto y sin recurrir en exceso a lo espiritual, que su ortodoxia hubiese sido hasta entonces medianamente infructuosa. Era un acuerdo burlón, una chanza que parecía unir a los compañeros como a los empleados fijos de una fábrica, una asociación conveniente que me llevó a viajar con expertos en instrumentos, en pedales de efectos, en amplificadores, en platillos y tambores, dejando las latas vacías a modo de trofeos en cada ciudad, como muestras desprovistas de otro significado que el de nuestro paso, de la aceptación de un trato, de la gran fiesta de la publicidad, de la gran evasión, una, grande y falsa. Y por fin aprendí de qué iba todo eso por lo que luchaba desde los años de la peluquería. Nunca lo agradeceré como se merece, porque tengo que llevar la contraria, es mi destino. Es lo que en La bola de cristal llamaban "desaprender".

Nunca he coleccionado nada. Los objetos nos obligan. Ahora es tendencia pensar así, que no moda, y mucho menos práctica habitual, pero algo es algo. Tendencia.

Vivo en una casa muy pequeña, mil veces lo cuento, insisto en mis creencias y las repito como un papagayo de colores. Me gustan algunos de esos vídeos del Yorokobu, me hacen sentir precursor de lo que vuelve a ser moderno; en uno de ellos se ve un artista que vive en una tienda de campaña transparente. Las cajas de los frigoríficos nuevos aparecen aún en alguna calle, se siguen comprando cosas.

Me gusta mi casa, no me permite acumular objetos. Las latas vacías de la cerveza sin alcohol van al contenedor amarillo, con las otras. Las botellas de Vichy Catalán, al verde. Los chalets de cartón no caben en el azul. Lo que pase a partir de ahí ya es misterio de Limasa, la empresa medio privada que menea la basura en Málaga. Ni siquiera gestionamos bien la basura de la sociedad, no me hagan pensar en utopías, qué pereza. He conocido a grandes teóricos sobre la felicidad que no separan los envases. Ni siquiera por coleccionarlos.

Ayer por la mañana vi una caja grande llena de cedés junto al contenedor gris. Por la tarde ya no estaba. Es increíble, aún hay gente que los quiere. Es posible que hoy estén en Wallapop, esa escapatoria 2.0 del síndrome de Diógenes.

Hablando de síndromes, no he tenido ningún problema de abstinencia ni nada parecido, creo, porque en casa apenas bebía una o dos cervezas al día. A veces me duele la cabeza, pero lo achaco al calor infernal, casi una pena de muerte, un castigo merecido solo por los pirómanos que, como la erosión, se reparte equitativamente por el mundo, subiendo hasta los polos. Nadie defiende a las plantas, que son los seres vivos más indefensos. El padre Mundina debe de haber fallecido ya.

Basta con dejar de tomar tóxicos para sentirse de nuevo como un niño, y jugar a todo con todo, y recuperar cierta alegría expulsada a empellones por la ansiedad. Muchos hablan de la infancia como un paraíso perdido, y siempre me pregunto por qué no hacer lo mismo que se hacía entonces, o por mejor decir, por qué no dejar de hacer lo que entonces no se hacía. No creo que Peter Pan merezca un síndrome, y, por otra parte, tengo la sospecha de que la aversión y el terror al sexo de los que se agarran febrilmente a determinadas religiones se debe a una mala interpretación de este mismo pensamiento. Así nos va.

Una señora me afeó ostensiblemente que en un despiste abriera la boca de admiración ante una chica hermosa que sin prenda alguna en el pecho se quitaba la sal en la ducha de la playa de abajo, pero quizá hubiese visto con naturalidad que empinara una lata de cerveza delante de mi hijo, que se reía de mi conducta, de mi distracción, como persona inteligente que es desde que nació, del mismo modo que otros muchos no podrán serlo nunca, cualquiera que sea el plan educativo. Señora, lamento que usted se haya arrugado por sus pensamientos de mojigata, y no solo por el paso del tiempo.

La chica no me vio mirar, no se ofendió por tanto, aclaro. Por tan poco. Fue un segundo, sin mayor trascendencia. Me cuesta disimular mi admiración por el Arte Contemporáneo.

Este verano se ha visto muchos menos topless, en una tendencia inexorable que nos dirige hacia los años previos a la última y reciente guerra civil, por lo que es doblemente recomendable tener pocos objetos; o mucho me equivoco o pronto habrá que salir corriendo de esta desgraciada tierra con lo puesto.

En marzo compré un pedal para la guitarra. Muchas veces los profesionales del ramo me dijeron que necesitaba uno para levantar ciertas partes de algunas canciones de Chinarro, pero como no quiero llevar "backliner", "road manager", "operador de pay pay" ni ninguna de esas figuras del juego de las estrellas del rock and roll, al que todo trabajador de este gremio se halla tan pronto dispuesto, he preferido siempre conectar la guitarra directamente al amplificador. Menos trastos, menor probabilidad de error. Es peor que se asome un testículo por el bañador que practicar el nudismo, por ejemplo. Pero cuando llegaron los conciertos de El Progreso, el último disco de Sr. Chinarro (ya en sus tiendas), no sé, compré el pedal, quizá recordando los consejos de los músicos que me han hecho ser un poco alguien en el mundillo de la música, agradecido por sus servicios. Era solo un pedal, ocupaba y ocupa poco. Cabe en casa, y mis nuevos compañeros en Chinarro me recomendaron su adquisición de un modo agradable: son bastante jóvenes.

El verano ha ido pasando como si nada, como pasa siempre. Los flechazos quedaron para los noventa, y el amor es frecuente, saludable y cotidiano, que no es poco. Los altibajos son otro subproducto de la acción absurda. Y mi hijo, fruto privilegiado del caos, no ha permanecido al margen del último juego diseñado para la sociedad en su frenesí por la captura y el movimiento, en sus mal reprimidas ansias de cazar: el juego de Pokémon Go. Una perversión del espionaje mundial aliado con el consumismo desaforado: tráfico legal de "pokeparadas", micrófonos ocultos en cada bicho de colores.

No le dejo jugar en la calle, porque en ella campa a sus anchas una colección que es la más funesta de todas, que envenena nuestros aires e imposibilita casi totalmente la vida en las ciudades; la colección de coches, de todos los modelos; son prótesis de penes, tacones veloces en busca de la igualdad definitiva, fumaderos ambulantes, cámaras de gas ambulatorias, locutorios para semáforos en ámbar, lavabos pseudoinvisibles para la higiene nasal, escondites para hábitos perniciosos y de amores nuevos, máquinas de atropellar y de estrellarse. Id con cuidado.

Pero el nene juega en casa con una versión que hay en la que las calles son también virtuales, y mientras, yo, busco en internet otros pedales. Más pedales. No los necesito, pero quiero más. He caído en la trampa. Soy humano finalmente. No hay remedio para eso. Tenía que centrar mi atención en algo, no daba con ningún libro que me atrapase y los muchos conciertos de la primavera me dejaron un poco harto de música.

Los pedales son de colores, variados, como las latas de cerveza, como los dibujos animados, como Picachu, Jigglypuff, Squirting y Charmander o como se llamen. Después miraré sus nombres en internet. Le cuento a Guille que hace tiempo tuve unos peluches grandes de dos pokémons. Uno de Picachu y otro de una tortuga que no sé cómo se llama. La tortuga se la regaló mi madre a un niño del vecindario, porque yo tenía veintitantos años y mi padre fue alérgico a los peluches como soy yo ahora abstemio. Picachu llegó a Málaga, me lo cambió Carlos Ojeda (el teclista de cuando La primera ópera, y sin embargo amigo) por algún disco en mitad de una borrachera, poco antes de mi mudanza hacia el frescor que aún se espera. Puede que Picachu muriera ahogado con mis viejos vinilos, en el trastero ese que se inundó al poco de nacer mi hijo, que no siente pena por los peluches como no la puede sentir por los vinilos. ¿Quién quiere lo físico ya, si hasta los flechazos son hoy asuntos de una aplicación de móvil, encuentros fugaces como flashes de estroboscopio? Yo, yo lo quiero. Quiero lo físico, aunque a veces esté a punto de desnucarme el espejo del autobús cuando me despisto, como en las duchas de abajo.

No sé cómo ocurrió lo del segundo pedal. Es como cuando quedas por segunda vez con una chica que tampoco es que te haya gustado demasiado. Creo que fue el amarillo; apareció en Wallapop un pedal como el que compré, pero no verde, sino de ese color, el que nunca falta en los dibujos de los críos, agradecidos como si aún fueran autótrofos, inocentes como árboles que alguien querrá talar porque obligan a barrer sus hojas o hacen ruido si les da la ventolera, o albergan pájaros madrugadores que dejan nuestra pereza en evidencia.

Son efectos diferentes los de cada pedal, claro. El de este amarillo se llama Flanger, una especie de primo lejano de Chatmander, también japonés y antiguo, inventos para la confusión visual y sonora. Y estaba en Sevilla, adonde tenía que volver para hacer un concierto en un evento de Martini, esa bebida de las fiestas de instituto con la que me reconcilié al fin. ¿Por qué no comprarlo, el Flanger? Barato y de los años 80, un Ibanez, como aquel wah fuzz que tuve, que por cierto ahora vale bastante más dinero que en 1990, pero lo malvendí a la vuelta de Nueva York, harto ya de grupos de música. Este otro pedal amarillo llegó a la prueba de sonido a manos de un señor cincuentón, el que lo vendía, probablemente un jam session man retirado, sevillano; fue divertido regatear un poco con él, más que nada por practicar el arte de la negociación, animado yo por algún martini con tónica, una mezcla sorprendente, rica, a decir verdad. Le ofrecí uno, pero no quiso. Cogió la pasta y se fue deprisa, como si me hubiese timado.

Si un pedal abulta poco, dos no podían abultar demasiado. Y no estaba agotando el planeta con mi compra, pues mi flanger lleva mucho tiempo fabricado. He ahí el encanto discreto de la segunda mano, de lo vintage, como dicen los hipsters.

Después encontré uno de color morado, también Ibanez, y también en Sevilla, de la misma serie, la 9. Debe de haber bastantes jam session man retirados por allí. Si con el verde podía dar un poco de fuerza a los estribillos -algo muy conveniente, dado que mucha gente va a los conciertos para desahogar sus fuerzas, creyendo que tienen que hacer algo con ellas más allá del amor puro, el físico-, con el amarillo puedo sonar como The Cure en Seventeen Seconds, y con el morado a Durutti Column o a Timber Timbre. Aunque no sé si tengo técnica suficiente para sonar como todos mis grupos favoritos. Siempre podré hacer ruidos raros.

Y así se abrió la veda, la serpiente de verano: el nene cazando pokémons y yo pedales viejos en los mercadillos virtuales de España. Hazte con todos. Estos foros de guitarristas son mucho más divertidos que el Twitter o el Facebook, por no hablar de Milanuncios o del Wallapop. ¡Qué redactores! ¡Qué desfachatez a veces! Leyendo los textos de los anunciantes encuentro las mismas diferencias entre provincias que he encontrado viajando y tratando con los diferentes tipos de españoles, que como se sabe son más que españoles mismos. No creo que sea casualidad que encontrase los mejores en mi ciudad natal, ni que uno que vende un malagueño -y que podría interesarme en el caso no tan remoto de que quisiera marcarme un Tam Tam Go o un Héroes del Silencio- sea tan caro como uno nuevo idéntico que venden en una tienda de Mataró (más IVA desgravable). No me molestaré en regatear con este, aunque cuando te acostumbras es divertido y te integra en la muchedumbre, pues cuando acompañaba a mi padre en su trabajo de comerciante no encontré en la existencia común más que un chalaneo infinito, y esos recuerdos le acompañan a uno siempre.

Ya tengo ocho pedales, más que canciones nuevas. En cuanto pase el verano, el calor, me pongo a trabajar en serio. También yo necesitaba vacaciones. No solo mi hígado, también mi cerebro lo agradece. La moderación es buena, pero me cuesta controlar, lo confieso. Si un bebida está buena, ¿por qué parar? No me gustan los términos medios, hay algo sospechoso en ellos, como en la tranquilidad del psicópata.

El último pedal, llamado Session Man (no podía ser de otra forma), es rosa chicle y hace sonar la guitarra como la de la parte central de la canción de Prodigy llamada Smack my bitch up, aunque esta también tiene un wah wah, creo. Me dice Mario, el bajista de ahora, que nunca habría pensado que me gustara Prodigy. Le digo que dieron uno de los mejores conciertos que yo haya presenciado. Fue en un FIB. No recuerdo qué escenario era, ni qué marca patrocinaba. Digo esto porque me llamaron el otro día para hacer una encuesta telefónica sobre publicidad. Atendí a la mujer porque me gustó su voz. Y ya había participado en otra encuesta sobre movilidad que me pareció interesante. Entre otras decenas de preguntas, que si sabía quién patrocinaba el Primavera Sound. Y el FIB. No mencionó más festivales. También me preguntaron a quién votaría si se repitieran las elecciones. No me extrañó nada, porque también la política es marketing. Por eso no prescindirán de campañas electorales, así repitan elecciones hasta la guerra. Llegué a temer que la encuestadora fuese Nando Cruz impostando la voz. Mi tolerancia a las casualidades tiene un límite.

Estoy por escribir a Ibanez, por si pueden mandarme algún pedal más. No me importa hacer publicidad a cambio de algo si el producto es bueno o puede ser bueno si se usa bien. ¡Sobre todo si no abultan mucho! Dije a la encuestadora que cuando aparece la publicidad en los medios desconecto. Apenas recordé los anuncios de El Corte Inglés: un clásico. Tampoco pido tanto. Y la publicidad de la lotería, tan abominable. Y la de la DGT.

Mi cerebro es true by-pass, como algunos pedales, que no afectan a la señal de la guitarra si no están accionados. Accionar, ese otro gran verbo. Perdonen la broma. Esto de los pedales me está superando. Entiendo que no interese mucho a los que no tienen guitarras eléctricas.

En fin, yo quería escribir sobre Menorca, pero hoy me ha dado por aquí. Hay una colección que todos practican, o lo intentan al menos: es la colección de dinero en el banco. Con la edad nos hacemos más tacaños y en el banco se frotan las manos, porque los ahorros se quedan ahí cuando morimos, si no se los llevan antes jugando con la avaricia, los sacos rotos y los contratos engañosos. Bankia invirtió en publicidad más que nunca justo después de lo de las preferentes, recordémoslo. Podían permitírselo.

Me pregunto si lo de los pedales no será una forma de invertir en algo bonito y práctico, porque estos cacharritos antiguos cada vez valen más dinero, y suenan a los discos que hicieron historia como los pedales nuevos de boutique, hechos a mano, o los del Thomann, recién hechos con los pocos materiales que van quedando en La Tierra y sus vertederos, suenan a los discos nuevos, a, en fin, a Apple. A mí me gustan estos Ibanez, y algún Boss, porque me recuerdan aquellos años de la peluquería de la madre de Jesús, y su colección de latas vacías, de todos los colores del arco iris doble que vimos en Reading y tantas veces he franqueado después, como un papagayo rodeado de canarios flauta, virtuosamente.

Etiquetas: antonio luque música
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