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Good grief!

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 16/11/2015
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Good grief!

 

Bajo la pantalla del ordenador desde el que escribo esto tengo una figurita de Schroeder, uno de los personajes secundarios de la tira cómica Peanuts. Está sentado frente a su piano de juguete, con los dedos índices levantados en ademán de interpretar incansable una sonata de Beethoven, tal y como solía hacer en el cómic. De todos los niños que desfilaron por la obra maestra de Schulz, Schroeder es quizás uno de los más puros: el único rasgo que verdaderamente lo define es su obsesión. Ni siquiera el interés romántico con el que Lucy van Pelt tan insistentemente lo perturba consigue despegarlo de la música, el sitio al que podría volver siempre. Uno de los muchos méritos de Schulz era su capacidad para esquematizar la conducta humana sin convertirla en una caricatura ni enjuiciarla explícitamente, y eso hace que sea tan sencillo identificarse con sus personajes. Desprovistos de las dobleces con las que nos desenvolvemos en el mundo real y reducidos a la esencia, se vuelve muy fácil verse retratado en una frase ingeniosa de Linus, en un grito ahogado de Charlie Brown o en un silencio elocuente de Snoopy. Y como Schroeder, en mayor o menor medida casi todo el mundo puede entender lo que significa tener una pasión desmedida por algo.

 

Hace algo más de un mes, después de unos días con molestias, me desperté incapaz de mover el brazo. Una continuada mala postura y muchos excesos en el horario me habían producido tendinitis en el supraespinoso del hombro derecho, cuyo tratamiento consiste básicamente en reposo. Mi lugar de trabajo es también mi propia casa, así que habitualmente estoy sentado frente a la mesa apenas unos minutos después de levantarme de la cama. Cuando no puedo hacer eso, no sé muy bien qué hacer.

 

2015 marca el 65 aniversario de la publicación de la primera tira de Peanuts, y habrá una nueva película en los cines estas Navidades. La maquinaria mercantilista en la que Schulz también supo convertir su obra sigue bien engrasada, y el bombardeo publicitario para relanzar la franquicia una vez más ya lleva algún tiempo funcionando. Como suele pasar, la adaptación para el consumo masivo es más amable, más luminosa y más entrañable que la raíz de la que surge, y dado el alcance tan extraordinario que Snoopy y compañía han tenido en forma de peluches, tarjetas de regalo y pijamas estampados, a menudo se vuelve difícil separar una versión de la otra. Si existe algo que me absorbe con tanta intensidad como hacer cómics, es leerlos. Así que ante la imposibilidad de lo primero, dediqué mi recién impuesto tiempo libre a releer, y no sé cuántas van, algunas etapas de Peanuts.

 

Schulz dibujó la tira durante cincuenta años. Es, verdaderamente, el trabajo de toda una vida, de una forma difícilmente igualada por otros artistas de cualquier disciplina. Y como una vida se lee: el trazo impoluto del joven entusiasta y habilidoso se transformó en la línea temblorosa del anciano experto, sin que Charlie Brown aprendiera nunca a dominar sus ansiedades e inseguridades. Peanuts es el triunfo de un tipo de síntesis que uno no se cansa nunca de visitar. A poco que nos fijemos, la maestría con la que los elementos están limitados a su mínima expresión se nos hará evidente: todo es como debe ser, porque es imposible imaginarlo de otra manera. Aunque el éxito sin precedente de los libros, las películas y el merchandising convirtió a su autor en un millonario cuyo emporio sobrepasó de largo cualquier aspiración que hubiera deseado alcanzar, la tira, en su mayor parte, siempre mantuvo un grado de intimidad en el que el hombre frágil e inseguro que la dibujaba se hacía muy evidente. Peanuts era el piano de juguete al que Schulz siempre volvía, y ahí están contenidas sus preocupaciones, sus dudas y su visión revolucionaria de cómo una idea sencilla puede transformar un medio entero.

 

Cada cierto tiempo, yo mismo me encuentro volviendo a Peanuts. Casi todas las respuestas a las dudas que me surgen cuando estoy dibujando están respondidas de una u otra manera ahí, y aunque por suerte el abanico de talentos a los que acudir en busca de soluciones es enorme, no creo haber encontrado nunca un catálogo más accesible y a la vez intrincado de aciertos brillantes. Como es habitual en los momentos más inoportunos, recibí durante el tiempo que estuve parado una cantidad inusitada de encargos, que fui acumulando a la espera de recuperarme. Al volver a la rutina, me encontré de nuevo con las jornadas maratonianas, afanado por resolver el trabajo atrasado para poder volver cuanto antes a hacer cómics, que es lo único que haría siempre si pudiera elegir.

 


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Etiquetas: comic antonio hitos
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