• Tienda
  • Cultura Fnac
Blog

Hagamos planes

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 05/11/2019
394
Hagamos planes

No me gusta hablar del tiempo, pero es lo común para empezar cualquier charla. Estoy muy contento de que se haya ido el calor. No entiendo que haya tanta preocupación por el calentamiento global mientras el verano sigue siendo la estación favorita de la mayoría de la gente. Me parece absurdo que quienes trabajan en oficinas con aire acondicionado prefieran el mes de agosto para salir de ellas, y no comprendo el gusto por el medio acuático de nuestra especie, carente de branquias y aletas y poseedora de ojos que se irritan con la sal y el cloro. Puede que lo que guste sea visitar asiduamente el Decathlon y llevar máscaras, o vestirse y desnudarse con rapidez y casi sin esfuerzo. El caso es que ayer fue el primer día en que pude salir de casa sin volver con la camisa un poco sudada. Quizá sea el sudor lo popular, más que el desodorante, lo percibo en demasiados casos. Nada dijo la Biblia del desodorante.

Mis excursiones a pie a la panadería o la frutería vuelven a ser placenteras, y me encanta esta mañana que se va abriendo paso entre la bruma invernal, que despeja mi mente en el balcón mientras sube el descafeinado y se tuesta el pedazo de pan integral que traje ayer del Forn de pa Luna, gran descubrimiento que debo a un amable seguidor de Twitter. La vecina de enfrente aprovecha el sol, que sigue ahí -no llore nadie por el cambio de hora-, para tender ropa, mientras abro la ventana de la habitación para que se airee, pues por fin el aire parece existir en su libre circulación, venciendo al bochorno de lo estático. En la piscina yacen en silencio las hojas muertas del viento que trajo el fresco anteayer y por fin han dejado que entre en el salón el perrito de los vecinos de abajo, que puede ladrar horas en el balcón sin padecer afonía, qué envidia. El césped crece más despacio ahora y no ha venido el jardinero con su máquina infernal, y hasta el domingo el señor de enfrente no nos amenizará la siesta con sus herramientas de cortar cositas sólidas y duras. Cada cuarto de hora pasa un par de trenes, pero no demasiado cerca; me gusta ese sonido, anticipa viajes hasta extremos desconocidos o no tanto. Sant Vicent Calders, Manresa, Mataró, el primer ferrocarril de España.

Nada me impide pues sentarme y trabajar con tranquilidad. ¿Qué voy a hacer pues con mi vida esta mañana? Tengo pendiente el texto para el blog de la Fnac, que ya toca; el último post fue cuando el veraneo. Hace mucho, parece, pero hasta anteayer veíamos bañistas en salmuera en la sección del tiempo de la tele. Me vienen a la mente las imágenes del Mar Menor murciano, que nos muestran una especie de caldero gigante al que han echado de todo menos el arroz y el limón, y me da pena que las preocupaciones generales de mis paisanos sean sin embargo unas cuantas ovejas negras entre los menores inmigrantes o las diferencias entre lo que cada comunidad autónoma paga y lo que recibe a cambio (como en grupos de amigos que no salen juntos porque no se ponen de acuerdo en cómo hacer bote, o vaquita, o como se llame en cada provincia; o peor aún, que no salen juntos porque no se ponen de acuerdo ni siquiera en cómo llamar al bote o la vaquita o como sea, entrando así en un loop de estupidez que ya solo se puede romper mediante la violencia), mientras que asuntos como los salarios o las horas extra quedan como tonterías de liberado sindical, como si el dinero que entra en la cuenta de cada uno al mes no fuese la clave que explica en primer y último término todo lo demás.

Hace ya más de un año quizá que le dije a mi agente que no me pasara trabajos por debajo de cierto umbral que considero mínimo, con lo cual ahora paso más tiempo en casa que antes y vivo más tranquilo, y cuando me aburro salgo a correr para volver al punto de partida, para sentir que llevo la misma vida de ratón enjaulado que los demás, pero con jaula al aire libre: más bien de burro en la noria pues. Hoy va a ser uno de esos días de deporte, en cuanto acabe este texto me pongo las zapatillas y me voy a seguir el camino de huertas y cabras del Llobregat. Fui al Decathlon hace tres años, compré dos pares de las zapatillas más baratas y aún me duran. Tengo el techo, la cama, las zapatillas y el pan. Quien quiera más que calcule cuánto tiene que dar a cambio.

Con el bochorno veraniego se fue mi indecisión sobre qué hacer con Sr.Chinarro exactamente. Me parece que Asunción, el último disco sin contar el recopilatorio Colección permanente, no ha gustado tanto como dicen algunos que ha gustado, y confieso que durante meses he sido presa de una desgana peligrosa, que no es depresión porque como buen andaluz, y como diría Byrne, no sé qué es la alegría. Con el dinero que me ahorro de los bares de copas, a los que no voy porque las resacas se hicieron inhumanas con los años, he comprado durante unos años pedales de efectos y sintetizadores, pero he seguido buscando la canción pop de tres minutos, porque estoy mayor para vender experimentos. Y las canciones de pop son y serán las canciones de hoguera de campamento que se hacen con la guitarra, salvo que seas de Depeche Mode, y puede que incluso en ese caso. Saber que hay muchos hits que se hicieron solamente con una caja de ritmos y un DX7 o un Juno 60 me ha hecho pensar mucho en esos derroteros, porque además los músicos de las bandas se dedican a otras cosas o a otras bandas si no tienen cierto número de conciertos al mes, y eso es un problema real para mí, aunque a veces hablemos de los menas en la furgoneta, o de lo peligroso que parece subir o bajar por las escaleras de la estación del tren o metro en Plaza de Cataluña (nunca me ha pasado nada, esa es la verdad), o recordemos el AVE Málaga Sevilla abandonado, o lo que tardaron en hacer la A-35, o del hermano de uno, que es militante de Podemos. Lo siento, no tengo las soluciones a nada de esto.

¿Qué hacer entonces? Tampoco tiene uno edad para hacer conciertos por ahí a cambio de la pulsera y la cerveza; ya ha bebido uno bastante, ya he visto a casi todos los grupos del mundo -a todos si contamos también los que estaban tocando mientras seguía yo en la barra del backstage o encerrado en las casetillas que llaman camerinos, escuchando a algún arreglamundos, cuando no a un salvapatrias incipiente, o a mí mismo y mis disparates orientados-.

Luego está el problema del sonido. Joder, cada día hay más estudios disponibles en España, pero sigo siendo capaz de distinguir una grabación extranjera de una española antes de que el cantante o la cantante empiece a cantar. Quería grabar un nuevo disco en Texas, donde grabó varios discos Daniel Johnston, por ejemplo. Mientras el sello y yo esperábamos un presupuesto tejano Daniel murió y me pareció un mal presagio. Luego llegó la temida cifra y fue un susto, más por el número de días mínimo que el productor pedía que por la tarifa diaria, que no era descabellada. Casi me obligaba a empadronarme en Austin. Entonces me acordé de Jordi Gil, que siempre decía que la diferencia entre un disco bueno y uno malo y entre un disco malo y una maqueta, en cuanto a sonido se refiere, estaba en el número de días que se le dedicaban, es decir, en el presupuesto. Entonces lo hablé con Mushroom Pillow y decidí que la pasta que hubiera iba ir si no a mi tierra, Sevilla, a la que los hados me niegan el regreso, sí al menos cerca, a Granada, que empieza a ser mi segunda tierra como Chinarro, puesto que en Málaga no encontré mucho más que boquerones y sardinas primero, y medusas después, sin duda porque no busqué bastante o no con la difícil simpatía de allí.

Ojalá supiera tocar el piano. Loquillo presumía de banda de Rock and Roll. Si los años ochenta no acabaron con el formato Beatles-Stones por algo será. Hasta Depeche Mode se ven un poco ridículos cuando aparecen en los Cachitos de hierro y cromo en alguna de sus primeras actuaciones sin guitarras. Y no olvidemos que el mejor grupo de Techno de la historia es Devo, que era una banda de bajo, batería y guitarras. Al final los teclados pasarán a tener el papel que casi siempre han tenido en Chinarro -un papel no pequeño-.

Aquí en Cataluña me han ofrecido ayuda varias personas, entre ellas Dani de Mishima, con cuya banda fue él hace poco a tocar al Centro María Victoria Atienza de Málaga, un lugar que se me resiste desde que personalmente fuese a llevarles en mano en 2005 El fuego amigo, con el carrito de mi hijo, bebé por entonces, sin más ayuda promocional que la escasa del Ejército rojo, a un paso de la salvación que vino de mano de Ártica/Mushroom Pillow y su necesaria disciplina. Allí, en el CCCP o como se llame ahora, MVA, creo, vi a Jonathan Richman una noche inolvidable, y tras la crisis a Bigott dos o tres veces, ya perdí la cuenta, o a Maga, en aquella peligrosa velada de Miolastán con alcohol (tenía una seria contractura y mi baterista se había ido con ellos con un grado de implicación cuyo origen era fácilmente rastreable). Aunque mi mánager aún lo intenta yo he dado por imposible esto de la Diputación de Málaga. A veces pienso que es por aquella vez en que me burlé del publirreportaje de Salvador Pendón en las páginas centrales de La Opinión de Málaga. ¡Pero es que salía en catorce fotos seguidas! En fin, era solo una crítica estética, perdón. Quién sabe, puede que muchos políticos sean rencorosos y solo trabajen para ver de qué bando estás. Me consuelo porque podría ser peor, podría ser la de León. Todo está bien mientras lo que está mal no se intente arreglar a tiros. Menos mal que Manuel Llanes programaba los conciertos de la Sala Gades y del Teatro Cánovas desde Sevilla, si no creo que aún no habría tocado en Málaga nunca.
Los vecinos, siempre mal avenidos. Bah, olvidemos el pasado. Pasado está.

Puede que cante en Sant Feliu muy pronto, el asunto no es fácil tampoco aquí, aunque para mí los idiomas nunca han sido un gran problema, suerte de mi oído musical y mi memoria extensa. Me disfrazaré de Santa Claus, de San Coca Cola entre Els Pagesos, y haré si es preciso la promo de alguna bebida nueva, como la ratafia Russet de la Sala Vol de mi compañero Artur, el de Nueva Vulcano, donde toqué en verano.

El otro día estuve con Mikel Roman, un pintor magnífico que he conocido vía Instagram, bebiendo cervezas amarillas en las Bodegas Pujol, a un paso del cambio de tercio al cava estupendo que hace el Joan allí mismo, en el sótano de las bodegas, en la cava, vaya, donde hace ya unos años llegamos a la madrugada con una guitarra de unos chicos de un grupo que andaba también de parranda y cuyo nombre he olvidado (perdón, es el cava), y con una amiga que echa las cartas y cuyos vaticinios se esfumaron también, y con más gente y en ese ambiente que me recordaba un poco a las bodegas de mosto del Aljarafe sevillano, con lo que me sentía ligeramente de vuelta a casa. Le decía a Mikel y a Joan que no voy más a las bodegas porque sé que debería ir a diario, e ir de vez en cuando es un peligroso recordatorio de tal deber, y con cava a diario es seguro que ya no habría más discos de Chinarro, ni textos, ni nada. Mikel también compra sintes y estuvimos hablando de hacer un grupo de música electrónica. Le recomendé a Oppenheimer Analysis pensando que era un grupo de ahora que usaba chismes vintage y resulta que no, me dice Mikel que son del 83 y que uno se ha muerto ya. Milagro del Spotify, la mezcla indistinguible de los vivos y los muertos. Lo cierto es que Depeche Mode hacían lo mismo pero bien. La posteridad es un derecho inalienable, hay que hacerlo bien.

Me cuenta Mikel que una vez le ofrecieron por Wallapop un sintetizador firmado por un miembro de Azul y Negro, aquel dúo electrónico español que a Mikel y a mí, que tenemos una edad, nos gustaba de chavales. Le preguntó Mikel al vendedor cómo podía saber que la firma era auténtica, y este le repondió simplemente que él era el de Azul y Negro EN PERSONA. ¡Joder, yo prefiero seguir firmando discos, retirarse y vender los cacharros sería tan triste!

Tenía un buen puñado de maquetas guardadas esperando a que me animara a ponerles letras, como huevos que esperan su incubación, y en fin, después del buen rato en el Pujol, de la charla de camaradería y profesionalidad de unas semanas atrás con Ramón The New y sus compañeros de Madee, Lluis y Pep, en el estupendo restaurante Can Rin, al que tampoco voy todo lo que debiera porque me da corte, y se lo dije a Pep como se lo dije a Joan, junto a la llegada de este frescor que despabila, a mi ánimo por llevar la contraria a una banda que se desanima más fácil que yo a pesar de su juventud relativa, a que le debía a José Sánchez de Producciones Peligrosas una oportunidad después de que me entrometiera demasiado en las mezclas de Perspectiva caballera (un disco con menor presupuesto al ser autoeditado); en suma, todo esto, me ha impulsado a cerrar unas fechas para volver a grabar, y ahora mi almanaque tiene un destino y mis días un propósito, y por eso respiro hondo el aire renovado de noviembre.

Ya no veo los estudios de grabación como máquinas tragaperras, no espero que me toque nada, ni siquiera unos aplausos. Espero, eso sí, que Mushroom Pillow recupere lo que inviertan, porque si algún día hay un Game Over preferiría cantarlo yo. No me preocupan los equipos DAS reventados de los garitos sin baño en el cuartito de atrás, ni el rumbo turístico o "urbano" de los festivales, ni mi aspecto sospechoso de "señoro" o de "pollavieja", ni carecer de las capacidades de baile de Dua Lipa o de la pasión por el flamenco folclore de Rosalía, o de un trasero que dé para el estricto lucimiento personal (aunque sigo corriendo a buen ritmo entre las cabras y lo tengo francamente duro).

La MTV ha hecho fumar crack a demasiada gente con talento y sé que ni en mil vidas me habrían invitado estos a darme una vuelta por mi bellísima ciudad, la más bella del mundo entero sin exageración ninguna. Lo más que voy a tener de la MTV fue una guitarra Epiphone de Bob Esponja que me regaló una amiga que trabajaba con ellos.
Yo me conformo con ir a coger setas con Mikel, asunto pendiente, o con ir a comérmelas a Can Rin: se me llena la agenda de cosas que me gustan, no puedo pedir más. Ya iré a Sevilla por Navidad.

Tu valoración : Je détesteJe n'aime pasCa vaJ'aimeJ'adore