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Recomendaciones | Literatura

¿Hermano humor?

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 13/10/2016
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¿Hermano humor?

 

Creo que no puede haber nada que me interese que no contenga cierta dosis de humor. Creo que nada hay de sugerente en aquello que se toma tan en serio a sí mismo que no admite una refutación de sí mismo, que no juega con su propia aniquilación intelectual y teórica. Creo también que el humor es un buen modo de investigación poética -y científica- de la realidad, pues sólo llevando las cosas establecidas, regladas y normativizadas, al límite del absurdo podemos distanciarnos de ellas y hacernos la preguntas correctas, “¿por qué aquello que parecía ser normal de pronto ya no me lo parece?” Es en este sentido en el que creo que cuando Newton se hace la pregunta que prácticamente funda la ciencia moderna “por qué una manzana cae y la Luna no”, formula una cuestión también humorística: para los ciudadanos de su época la sola comparación de la manzana con la Luna debía de ser un verdadero chiste. O en otros registros: no creo que haya menos comicidad en prácticamente cualquier cuento de Borges –por serio se sea- que en los Monty Python. Ni menos humor en Apocaliypse Now que en Annie Hall. Se trata del sentido del humor como eficaz fuga de determinados dogmatismos y, de paso, como ampliación o resignificación de las cosas ya conocidas. Incluso personas que han estado sometidas a situaciones de inequívoco dramatismo y sufrimiento, cuando relatan sus experiencias se permiten introducir detalles que juegan con la risa; por ejemplo el texto La casa muerta, en el que Dostoievski nos cuenta su reclusión en un campo de concentración de Siberia.

En esto del humor me parece ver dos naturalezas, dos tipos. En primer lugar el humor que se usa como superación de una experiencia traumática, como duelo, por así decirlo, y que sólo con la distancia temporal resulta eficaz. Hoy no puede hacerse humor con las víctimas de los bombardeos de Aleppo, pero, seguro, pasado un tiempo que sólo la sociedad mediante pactos tácitos indica, aparecerá sin escándalo humor con ese asunto del mismo modo que hoy se hace humor con el nazismo (del típico chiste de calle a Malditos bastardos de Tarantino, ese código parece funcionar). Humor que normaliza un recuerdo traumático. Es por ello que un humor que tenga como tema, por ejemplo, las víctimas de ETA, no es aún admitido, y si lo es, sólo los propios afectados están legitimados a hacer chistes con ello. En este sentido, casos como el de Ocho apellidos vascos resultan un prodigio de inteligencia comparable con otros milagros cinematográficos que en el pasado jugaron similar papel respecto a la Guerra Civil Española, como por ejemplo la berlanguiana La escopeta nacional. Caso similar es el ya citado Dostoievski: sólo él y las demás víctimas tenían en su día derecho moral para permitirse hacer humor acerca de los campos de concentración de Siberia. Hoy, y siempre fuera del territorio de lo que fue la URSS (recordemos que el humor siempre es algo muy local), probablemente esa legitimidad se extienda ya a cualesquiera ciudadanos.

El segundo tipo de humor es aquel que, en mi opinión, nada tiene que ver con el distanciamiento, ni con el duelo ni con la investigación de la realidad mediante el mecanismo del absurdo, sino con el escarnio de aquello que detestamos y que nos irrita. Este humor, lejos de distanciar o neutralizar el objeto a batir, paradójicamente lo normaliza, lo hace común, aceptable, lo inserta en los códigos de la cotidianidad, perdiendo así toda eficacia. Tal es el caso de Donald Trump. Prestigiosas revistas, cómicos en prime time y personajes famosos contrarios a la ideología del magnate, no han dejado de construir chistes y humor acerca de cualquier cosa que afecte al candidato: cabello de mofeta, bigote de Hitler, etc. Y tengo la impresión de que lo único que hace este humor es, precisamente, aquello que los ciudadanos civilizados no desean: acelerar el proceso de normalización de este personaje, amabilizarlo, convertirlo en un aparentemente inofensivo payaso. En suma: a través de la repetición de esa clave cómica, sus ideas se convierten en algo aceptado, o cuando menos indiferenciadas de las ideas del mundo ilustrado. Parecieran que esos chistes sobre Trump fueran una campaña publicitaria trazada por él mismo. Lo extraño es que no.

 

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