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Historia natural de la información perdida

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 21/03/2016
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Historia natural de la información perdida

 

Hace unos días, por la noche y ya acostado, no podía dormir. Minutos atrás había visto en un informativo el relato de una guerra: imágenes de vivos y muertos mezcladas de un modo que me pareció cualquiera. Di vueltas entre las sábanas e intenté no pensar en nada, pero como eso es imposible, intenté pensar en otra cosa. Vino a mi cabeza un cuento llamado El Mago, del escritor japonés Ryunosuke Akutagawa, que había leído esa misma tarde en una edición de la editorial Candaya.

Un adolescente va a una agencia de empleos de Osaka a pedir trabajo de mago, el encargado le dice que eso no es posible, que no hay empleos de mago, pero el muchacho insiste y le recuerda que el cartel de la entrada dice Agencia de Empleos y que él quiere un empleo de mago. Entonces el encargado le pide que regrese al día siguiente pues debe consultarlo. Acto seguido este encargado va a pedirle consejo a su médico, que es muy sabio, acerca de cómo contentar al muchacho. El médico se encoje de hombros pero la mujer de éste, que pasaba por allí, interviene y entre risas le dice que le haga volver al día siguiente, que ella sabe cómo hacer del muchacho un mago. El médico recrimina a su mujer por la broma pero ella se defiende y afirma que no se preocupe y que deje el asunto en sus manos. El muchacho se presenta al día siguiente, la mujer del médico le pregunta si estaría dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de ser mago, el muchacho responde que sí, y ella le dice que entonces tendrá que servir en la casa durante diez años y que tras ese periodo le enseñará cuantos trucos de magia él desee. Acepta sin rechistar y comienza un periodo en el que cuidará del jardín y de la carbonera, se ocupará del mantenimiento de las instalaciones y del tejado, hará toda clase de durísimos trabajos que no obstante no le hacen perder la ilusión y el ánimo. Transcurridos los diez años, el muchacho -ya todo un adulto pero al que siguen llamado muchacho-, reclama el prometido traspaso de conocimientos de magia. El médico, confiando en que hubiera ya olvidado la idea de ser mago, se pone nervioso, pero su mujer le dice que sí, que lo pactado es deuda, pero que para aprender deberá seguir sus instrucciones al pie de la letra. El muchacho asiente con emoción y ella comienza a darle órdenes cada vez más absurdas y difíciles, pruebas físicas que supera ante el asombro de todos, hasta que le dice que suba al altísimo árbol que hay en el jardín, él obedece y ella le pide que suba más alto, y también obedece, y ella insiste en que suba hasta la última rama, y cuando llega arriba le indica que se cuelgue de esa rama, y el muchacho se queda colgando en el vacío y ella le ordena que suelte un brazo, y el muchacho lo hace y acto seguido le dice que no tenga miedo y que suelte el otro brazo, y abajo, el médico, muy nervioso, le pregunta a su mujer si se ha vuelto loca, que por ese camino el muchacho se va a matar, y mientras la mujer y el médico discuten el muchacho suelta la otra mano, cae unos metros pero de pronto se detiene en el aire y flota. Desde allí arriba les da las gracias por haberle enseñado a ser mago de verdad y se eleva para desparecer entre las nubes.

Esa es la historia que se cuenta en Osaka. Lo que sucedió con el médico y su mujer nadie lo sabe, tampoco nadie sabe qué sucedió con el muchacho, pero el árbol permanece allí, bajo el sol del verano y la nieve del invierno. Y quise entonces quedarme dormido pensando en el tronco de ese árbol porque confieso que lo que verdaderamente a mí me intrigaba no era saber qué vio la mujer, ni qué vio el médico, ni tan si quiera qué vio desde el cielo el muchacho que salió volando, sino qué vio el árbol, qué podría contarnos de todo aquello ese silencioso tronco que aún hoy permanece día tras día y noche tras noche en un jardín de una casa de Osaka.

Pero ese pensamiento excitó aún más mi cabeza, así que lejos de dormirme pensé que era como La Fábula de los Tres Cerditos: lo verdaderamente interesante, lo que de verdad nos ayudaría a comprender la moraleja que la historieta encierra, no es saber qué nos cuentan los cerditos sino qué podrían contarnos sus casas, hoy en ruinas, incluso la casa del cerdito más responsable que, aunque de sólida piedra e inmejorable estructura, hoy no puede estar sino en ruinas. En efecto, es ésa una información a la cual ya nunca tendremos acceso. No es la cara A del mundo (la que se ve), ni la cara B (la que no se ve pero podría verse si quisiéramos), sino la cara C: una información que permanece y permanecerá oculta para siempre, y que por ello nos dedicamos a crearle sustitutos.

Y de sustitutos quería ahora hablar porque entonces me di cuenta de que el devenir de las culturas y sus cosas es el de una infinita cadena de sustituciones: el cuadro de un paisaje no intenta conocer qué información oculta hay en un paisaje sino sustituirlo, la hoguera no intenta conocer qué información oculta hay en un bosque en llamas sino sustituirlo, el ascensor no intenta conocer qué se oculta en esos objetos tan extraños a los que llamamos escaleras sino sustituirlas, Las meninas de Picasso no buscan conocer qué información oculta hay en Las meninas de Velazquez sino sustituirlas, la sacarina no intenta conocer qué hay de oculto en el azúcar sino sustituirla, y a su vez el azúcar no intenta conocer qué de oculto hay en la energía de los alimentos sino que en una sola cucharada busca sustituir toda la potencia calórica de éstos. Y así, todo va sustituyendo a todo y nos quedamos tan tranquilos. Todos menos yo, que lejos de dormirme continuaba más despierto e intranquilo que nunca. Porque me di cuenta de que aquellas imágenes de la tele que mezclaban vivos y muertos no buscaban conocer qué de oculto hay en una guerra, ni cómo es una guerra, ni tan siquiera explicar una guerra sino sustituirla por otra narración creíble y consoladora: la narración que de la guerra hacemos los vivos. Y lo que en realidad a mí me gustaría saber es otra cosa muy distinta, algo que nunca saldrá en un informativo ni jamás podrá ser escrito ni oído: qué vieron los muertos. En efecto, la verdadera narración de una guerra sería la que los muertos nos pudieran contar, y no esa otra historia sustitutiva que de los muertos hacemos los vivos. Sólo entonces pude cerrar los ojos y dormir.  

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