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Holywins

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 03/11/2016
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Holywins

 

 

Jesús no era de Burgos y la calabaza no tiene el protagonismo que tiene en los USA; esas son las dos afirmaciones que más me han llamado la atención en estos primeros días de reclusión otoñal, en los que el hermano siamés de la luz, el calor, va encerrándose en las castañas como nosotros en las mantas del sofá y las conexiones wifi. En las absurdas discusiones sobre si es preferible el jersey o el bañador, el verano o el invierno, se olvida con frecuencia que es la luz la que afecta más a nuestro cuerpo, de ahí la escandalera que se forma cada año con el tema del huso horario de Franco y de Berlín. No obstante, el quehacer diario del ciudadano estándar implica de un modo u otro alguna destrucción, y el triunfo final del calor está próximo. El CO2 es la molécula profeta, yo solo insisto.


Di un largo paseo hasta los búnkeres del Carmel, por recuperar en su versión sanitaria el hábito deportivo, y llegué demasiado temprano, como demasiado temprano oscureció. En este barrio de Barcelona, el Carmel, que solo conocía por varias catástrofes de las que se dan en tiempo de paz por la torpeza y la desidia como se dan en tiempo de guerra por la maldad, cuentan con un magnífico mirador para el ocioso donde antes hubo un lugar estratégico para el ocupado por la gran industria de la guerra. La neblina dejaba ver más que nada mucho humo de motores simulando ser natural confundiéndose con ella, y los reflejos de los cristales; miles de cristales formando ángulos determinados con el sol, donde quiera que este estuviera, y mis ojos, donde quiera que miraran, transformando la ciudad en un invernadero gigante que, como los de Almería, y a diferencia de la gran muralla china, se podría ver desde eso que pomposamente llaman El Espacio si desde tan alto no se hiciera inútil toda obra humana si no refleja la luz. Toda la cantera que hay junto al cementerio de Montjuic, ese bocado colosal, precipicio de vidas perdidas en viejas obras para nuevos faraones, bien pudo haberse ahorrado, porque vista desde lo alto la catedral del Mar debe de ser una como una alfombra sin magia, sin el hechizo del mar mismo, en particular del helado, el que nos libra de la radiación de nuestra estrella, la que nos achicharra cada día más con sus violentas explosiones.


Pasó un helicóptero que no era de la Dirección General de Tráfico, porque el tráfico sigue al aire del lobby automovilístico, y me hice una idea de lo difícil que debió de ser atinar con los cañones, de momento desaparecidos del mirador del Turó de la Rovira, a la aviación fascista, sabiendo que un fallo en el disparo sumaba a la enemiga la munición del bando menos ilegítimo sobre los refugios de la población, siempre culpable por inocente. Y para inocentes los niños, que estos días se disfrazan de muertos, ellos que no tienen miedo aún a nada, y menos a la muerte, tan lejana en apariencia. Pero no se libran de las discusiones de telediario, las de los mayores, boletines interminables de guerra y paz.


Hace unos cuantos años que hablan en los informativos del Holywins, muestra de la torpeza tan enorme que acarrea ese inmovilismo eclesiástico que hacen pasar por castellano, ese entumecimiento tradicional. De manera que no es suficiente con disfrazar a los niños de marineros y novias precoces cuando la primera comunión, o convertirlos cada navidad en actores y actrices de una misma escena, la del Belén, el nuevo estado unido del oriente próximo. También hay que vestirlos de santos y santas en este 31 de octubre en el que parecen divertirse tanto batiendo a duelo a los fantasmas que el cine y, sobre todo, los videojuegos, van introduciendo en sus vidas, fascinándoles con esa noción de finitud de la existencia que apenas conocían. Porque la resurrección que venden los del Hollywins es más de cirugía estética, supongo, dado que solo para Jesús, el extranjero, tardó tres días. Para los seres queridos de los demás fallecidos la espera se está haciendo un poco larga, la verdad.


No, a mí tampoco me gusta Halloween, ni siquiera el cine de terror, y ya con ver un filete olvidado en la nevera más allá de la fecha de caducidad tengo bastante recordatorio de la putrefacción y sus repugnancias, e incluso cerraba los ojos, como las niñas de entonces, aquella vez en verano que los adolescentes de la pandilla vimos Posesión infernal en el piso de no sé qué amigo que tenía ya vídeo en un apartamento de playa, debía de ser de familia rica. Es más, hasta en las catedrales se me aflojan un poco las piernas, seré muy cobarde, porque seguiría en ellas con los ojos cerrados si no fuera porque a veces, como en la Seu de Barcelona, hay relieves que parecen sacados de kink.com (página de contenidos para adultos que viene a ser como Posesión infernal pero sin que nadie parezca sufrir a disgusto). Para mí Halloween era solamente una canción de The Dream Syndicate, de esas canciones que escuchábamos en el balcón cuando el vídeo, menos mal, no estaba disponible.


Ya de vuelta de todo, dejando atras la ciudad de abajo y hasta la ciutat vella, confundida por algunos norteamericanos con un parque temático decorado, de milagro en pie tras la historia de los bombardeos, veo una larga cola de gente que quiere castañas, sin cartillas de racionamiento. Me pregunto si han probado alguna vez la calabaza asada. Es un manjar que he visto servir en Valencia, es verdad, pero en ningún sitio más. No encuentro explicación para eso, y me da igual; hace tiempo que no me pregunto por los gustos de la gente. A mí las castañas se me agarran en la garganta cuando están crudas, y me queman por impaciente y me manchan cuando están recién puestas en el periódico. Es una chica americana la que ha contado para no sé qué publicación que en los USA Halloween es más o menos como el Carnaval de Cádiz, pero con productos hechos a base de calabaza pervertida en la industria alimentaria de allí, ese foco insano de terror que tanto importamos. Me quedo con el bienmesabe, transformación bendita del ubicuo Leviatán.


En fin, disfrácense de lo que quieran, pero toda la vida con el mismo disfraz es un poco de locos, opino, teniendo en cuenta que el hábito no hace al fraile.


Salud.

Etiquetas: música antonio luque
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