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Impresiones

Mikel Aristregi
Por Mikel Aristregi
El 09/08/2016
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Impresiones

 

Impresiones. Cinco países en un mes solo da para impresiones. Conocer de primera mano la situación de decenas de refugiados sirios y desplazados iraquíes; impresiones. Un día, dos como mucho, en cada lugar. Entrevistas de varios minutos, a veces horas, incluso toda una mañana; todo un día; impresiones. No sabía nada y sigo sin saber nada. Tour guiado de la mano de una organización humanitaria de conocidas siglas con intereses en la zona; ¿qué intereses son estos? Ayudar a las víctimas con el capital que reciben de los países que originan esas mismas víctimas. El cuento de la pescadilla y la cola, la cola y la pescadilla, un negocio redondo, valga la redundancia. Son las mega-estructuras multinacionales de la paz: presidentes y vicepresidentes, directoras y co-directoras, coordinadores de proyecto, responsables de área, técnicos de formación, formadores de técnicos, jefes de seguridad, becarios y becarias, secretarios y secretarias, desde luego, aquí se tiene en cuenta la paridad; tampoco hay distinción de género a la hora de poner la mano; sueldos que dan para vivir lo suficientemente bien como para no llevar la contraria a nadie. Y sobre el terreno gente dispuesta a partirse la cara y el corazón, los machacas, los idealistas, los convencidos, los vocacionales, los autocríticos. De esos también hemos visto muchos, aunque solo son impresiones. Hablo sin saber. La maquinaria de hacer dinero exprime el limón y también el limonero. Toma, coge el dinero y barre lo que yo ensucio; la mierda, debajo de la alfombra. Se dice el pecado pero no el pecador. Como aquella vez en la que se te cruzó un perro y lo atropellaste; te mostraste dispuesto a llevar el animal moribundo al veterinario, pero no a pagar la factura. Que no hubiera cruzado. La culpa fue del perro o, en su defecto, del propietario, por no tenerlo atado.

 

En el campo de refugiados sirios más grande del mundo hay una calle, ya nos podemos referir a ella como avenida, llamada irónicamente y para orgullo de los franceses como Les Champs Elysees. Sus habitantes, en un alarde de triunfal desesperación, dicen que en ella, como en la original, se puede encontrar de todo; más allá de las previsibles peluquerías, restaurantes y comercios de todo tipo, lo que más abundan son los lugares de reparaciones. Parece ser que aquí todo tiene un uso, nada se tira, todo se reutiliza, todo se repara, salvo la propia situación. Más allá de la perfumada avenida, se extienden en perfecta cuadrícula los miles de contenedores reconvertidos en hogar, dulce hogar, de las familias sirias que llegaron con una mano delante y otra detrás. Cada vez mejor organizado, el campo cuenta con escuelas, hospitales, guarderías, bibliotecas, canchas de baloncesto, canchas de fútbol, parques infantiles, mesas de ping-pong, una gran comisaría y numerosas zonas de acceso restringido. A medida que pasa el tiempo, el campo tiene menos de provisional y más de lo contrario. Ya empezaron a parir allí, nuevos sirias y sirios nacidos fuera de Siria, fuera del sistema, a consecuencia del sistema. Qué hermosa figura, la paradoja, y al mismo tiempo, qué cruel puede llegar a ser.

 

Y más allá del perímetro de alambre y espino que delimita el campo, nada, aunque piedra y polvo algo son, incluso fuente de vida para los más austeros del reino animal. A todo se acostumbra uno. Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente...

 

Aquí llegan los más humildes, algunos analfabetos, ellas también, ellas más, cargadas de hijos, con solemne resignación. Llevábamos ocho días sin comer; no tuvimos más remedio que abandonar nuestra casa, nuestra aldea, nuestro país. También hay profesores que se ganaban bien la vida, enfermeras que trabajaban con las mismas organizaciones que ahora las asisten, jardineros y peluqueros, los segundos con más opciones de seguir trabajando que los anteriores. Llegan con la esperanza de regresar pronto a sus hogares originales, bendita ilusión, algunas familias ya van para cuatro años.

 

En el patio de un colegio de la ciudad de Adana, al sur de Turquía, unos 800 niños y niñas sirios forman en fila bajo la bandera otomana. Son los hijos e hijas de los refugiados llegados de Alepo y alrededores que, por tenerla a mano, tal vez porque no podían o pudiendo no se atrevieron a ir más lejos, cruzaron la frontera al país vecino, ese mismo que ayuda a Europa a tener sus calles limpias, una especie de callejón trasero de restaurante de disneyworld. Por favor, limítense a transitar por la senda señalizada. Frente al busto del que parece el padre de la nación, un amplificador, a todas luces de potencia insuficiente para tantos oídos, propaga a los cuatro vientos con hiriente saturación las bondades del sistema bajo el que se organiza su nueva nación y les recuerda la deuda que están contrayendo con él. Solemnes, niños y adolescentes responden con gritos entusiastas allá donde deben gritar, alzan los brazos allá donde los deben alzar, ejecutando una hermosa coreografía, nada como la repetición en esto de la psicomotricidad conductiva, si es que tal cosa existe. Ya concluyó la instrucción, ya calló el altavoz, ya es el turno de los niños, gritos y algarabía, es lo propio en un patio de colegio a la hora de entrar. Y de repente, sin previo aviso, un nuevo estruendo procedente del cielo cruza de norte a sur la ciudad, al menos el barrio humilde donde nos encontramos. Tengo la impresión de que, por un instante, todo, todos, queda suspendido, paralizado, y en movimiento sincronizado, más y mejor que lo presenciado con anterioridad, parecido a un solo animal mitológico con más de mil ojos, alzamos la mirada al unísono para contemplar la bóveda celeste del firmamento. Allá, a lo lejos, la brutalidad de la guerra condensada en dos puntos negros. Esa, al menos, es mi impresión.

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