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La Quebrada

Mikel Aristregi
Por Mikel Aristregi
El 16/06/2017
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La Quebrada

 

En la tarde del dos de marzo de 2017, jueves, al periodista Cecilio Pineda Birto le descerrajaron diez balazos cuando se encontraba tumbado en una hamaca del auto-lavado El Tito sito en la colonia La Costita de Ciudad Altamirano, en el estado de Guerrero, México, causándole la muerte. En la mañana del tres de marzo de ese mismo año, viernes, es decir, un día después, un reducido grupo de profesionales de diversos medios de comunicación, básicamente plumillas de sucesos y fotógrafos en nómina de diarios locales y regionales, se concentraba en Asta Bandera, en la Avenida Costera Miguel Alemán de Acapulco, también en el estado de Guerrero, para denunciar los hechos acaecidos la víspera a 294 kilómetros de allí en línea recta. Entre los asistentes se encuentra cubriendo el acto el fotógrafo de El Sur Jesús Trigo, uno de los contactos con los que M ha llegado a la ciudad y el primero (y a la postre el único) que ha respondido a su llamada. Trigo toma fotos de sus colegas, casi todo planos generales, mientras habla por el móvil; tras colgar, le comunica a M que los aguardan en La Quebrada. Y, en efecto, al llegar a la sede de la Asociación de Clavadistas Profesionales de La Quebrada no los hacen esperar. Pasen, cuente, para qué, donde piensa publicarlo, encantados, a su disposición, tal vez pueda agradecer la colaboración con una propina, cómo no, empiece por Eligio, “Cuadrito”, venga un momentito, ¿para qué revista me había dicho que trabajaba?, este es un periodista español, amigo del cuate Trigo, por supuesto, cómo no, hasta mañana si Dios quiere, recuerde, la propina, ándele, lo vemos en el show. 

 

la quebrada - mikel aristregi

 

la quebrada - mikel aristregi

 

En los días venideros M irá a La Quebrada en repetidas ocasiones y a diferentes horas del día y fotografiará el show desde distintos ángulos o puntos de vista. Hablará con diversos clavadistas, quienes le explicarán historias comunes, patrones repetidos y predecibles como corresponde a las organizaciones que basan su existencia en conductas atávicas. Los jóvenes le platicarán sobre las dificultades técnicas del salto en relación a las características del lugar: altitud, profundidad, anchura, velocidad, fricción, impacto, temperatura, etc. Los mayores le platicarán con tono monocorde sobre cómo han cambiado los tiempos y de lo bien que se ganaban la vida hacía veinte años, que mejor que ahorita, pero que qué se le iba a hacer. Los chamacos le platicarán de sus sueños y ambiciones y de cómo anhelan alcanzar la cota de los 35 metros, algún día, tal vez en un par de años, cuando cumpla los 17. Todos le explicarán a petición del propio M cómo, cuándo y por qué se iniciaron en la actividad de los clavados y de la emoción que sienten todavía al impulsarse desde la roca. Del miedo también le hablaron todos, algunos más, otros menos, dependiendo del don de la locuacidad de cada uno, un bien escaso en México a la hora de tratar con desconocidos.

En el show de las 13:30, esa hora a la que el sol deja de moverse, las cosas, las rocas, el mar y hasta los propios saltadores, cobran un halo de irrealidad y hasta de impostura, como si dejaran de ser lo que realmente son, sean lo que sean, y tan solo el tenue movimiento de la descolorida pero imponente bandera semimonumental tricolor ondeando en lo alto del acantilado recuerda a los espectadores que solamente se trata de un efecto óptico causado por el calor y la reverberación de la luz. Lo mismo pasa con los sonidos; el murmullo de las olas, las sirenas de los yates saludando a los clavadistas, el graznido de las aves marinas, principalmente gaviotas, pelícanos y charranes, saludando a su vez a los tripulantes de los yates, le llegan a M como en sordina, como atenuados, achicharrados por el sopor, como acostumbran a llegar cuando uno está a punto de quedarse dormido mientras hace la digestión. 

 

la quebrada - mikel aristregi

 

la quebrada - mikel aristregi

 

Lo que a M le gusta de ver el show desde el nivel del mar es lo lejos que se ven los clavadistas allá arriba y como quedan por un momento suspendidos en el aire, recortados en el cielo como ángeles o aviones, antes de precipitarse a toda velocidad al mar. Lo que a M le gusta de ver el show desde la plataforma de los 35 es lo lejos que se ve el mar allá abajo. Solo desde esa posición se aprecia la magnitud del salto y el valor de los muchachos en su justa medida. También le gusta escuchar a los clavadistas hablar de sus cosas, del partido de los Chivas contra el Veracruz, de los hijos y de las suegras, de las chelas del jueves y del pozole que comerán cuando acaben de trabajar, como obreros alrededor de la máquina de café, esperando a que les llegue el turno para encomendarse a la Virgen de Guadalupe y precipitarse al vacío segundos después.


Desde la terraza del Hotel Mirador lo que más le gusta a M es el daikiri de fresa.

 

la quebrada - mikel aristregi


Para los shows nocturnos M prefiere el mirador oficial, una terraza ubicada a unos 10 metros sobre el nivel del mar a la que se accede descendiendo por una serpenteante escalinata de mampostería previo pago de 40 pesos. Le gusta el ambiente festivo que se apodera del lugar, donde no faltan los vendedores de refrescos y agua de coco, postales y camisetas firmadas por los propios clavadistas, y donde los turistas, la mayoría chilangos, la mayoría familias con hijos y parejas de enamorados, equipados con teléfonos móviles y palos selfies, pugnan por hacerse con un buen lugar desde el que poder grabar el show. Porque, en realidad, a excepción de los niños, más que verlo, lo que realmente quieren los asistentes es registrar el espectáculo, atesorar el salto como si fuera una especie de trofeo que poder degustar después; en diferido, sí, pero tantas veces como lo deseen. Lo tienes cariño? Creo que sí. A M le parece curioso que, pudiendo verlo con sus propios ojos, la gente prefiera verlo a través de una pantalla, como si solo filtrando la realidad adquiriera la dimensión de lo veraz. 

 

 la quebrada - mikel aristregi

 

Y ya, cuando los clavadistas emergen del agua y atraviesan la multitud que cortésmente les abre paso formando un pasillo, un pasillo informe, desorganizado, voluble, flexible como una serpiente o una niña china contorsionista, aunque pasillo al fin y al cabo, entre vítores y aplausos, los espectadores, pero sobre todo las espectadoras, los asaltan y los retienen para inmortalizarse junto a ellos (esta vez en foto, no en vídeo) en lo que debería considerarse como la guinda del pastel. 

Yo estuve en Acapulco.

 

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