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La araña

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 07/07/2016
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La araña

 

En cuanto el paseo marítimo se plagó de corredores supe que había llegado el momento de echarse a andar. No es ánimo de llevar la contraria, ni una manifestación más de un raro elitismo como método de defensa no violento en mis orígenes de barrio obrero; es un nuevo sentido aún no común, el del precursor de lo que vuelve a su tiempo y a su espacio. Aún creo en eso de los coeficientes intelectuales -perdonen este chapado a la antigua mío-, y de los millones de horas que pasé en clase aprendí antes que nada que la media es baja. Un 70% de los españoles no pisa jamás ni un museo ni una biblioteca. Viven lo justo para pasar el día. Nada hay de malo en esto, los días están para pasarlos, como pantallas de la play.

Cuando preguntan en la radio a los que saben de medicina deportiva del daño que correr puede hacer en las rodillas y otras articulaciones, casi puede escucharse cómo se frotan las manos. Son todos un poco como ese dentista de cada diez que no recomienda lavarse los dientes (aquí añadiré que los dentífricos industriales tienen mucha pinta de tóxicos contaminantes, sustituibles por otros de hierbas que existen, hierbas buenas y silvestres, e intercalar en mi relato la batallita aquella de Vitaldent, de cuando me dijeron que había que reconstruirme media boca, y escapé hacia el dentista de consulta propia que me dijo, santo a clonar este, que mi boca estaba bien).

La nueva moda de irrumpir por aceras estrechas a más velocidad que el resto, y sudando, en manadas cada vez más numerosas, les va a proporcionar en un futuro próximo a los traumatólogos, fisioterapeutas y demás expertos, un buen puñado de beneficios. Que nadie dude que trinchar un codillo humano da menos repelús cuando el que sufre paga al que mete mano, aunque sea mediante la mutua aseguradora, o la seguridad social incluso, que también cuesta, y muchísimo. El que trincha es el que cobra, y aunque sepan que la moda del running es dañina, van a callar como callan siempre los profesionales la parte más interesante de lo que hayan aprendido. No importa que los pacientes sean ancianos o niños, ni que sepan al cortar que la operación no servirá para nada. Cuantas más operaciones, mejor. La paz es una guerra suave. Ahora Colau la emprende contra los segways. Las bicis no están mucho más blandas.

En los dos meses que he estado metido en una furgoneta yendo de un lado para otro con el cargamento de guitarras y cacharrajos me empezaron a doler las rodillas y supe que ya no correría más. Hoy leo a Jesús Nieto en El Cultural que corro apoyando demasiado el empeine. Me alegra saberlo. Se acabó el sufrimiento.

Tuve miedo de engordar, porque además aún no se ha ido del todo la ansiedad del exfumador (28 meses ya, gracias), pero escuché a Silvia Tortosa confesar orgullosa en un programa de estos de la tele por la mañana que seguía tan estupenda a sus sesenta y muchos años porque caminaba todos los días mucho rato, y que el secreto estaba en no someter el cuerpo a impactos. El cuerpo como bomba de sí mismo. Los saltos para la cama. Y yo, que de chaval hubiese hecho lo que Silvia Tortosa hubiera querido, no vi razón para cambiar de opinión por unas inevitables arrugas que ambos tenemos ya. Dice el administrador de la comunidad de vecinos que la Tortosa veraneó en lo setenta por aquí, en estas mismas casitas. Y Jerry Lewis, el cómico, el profesor chiflado, también. La locura está en el aire.

Cuenta mi padre que mi abuelo, que murió no hace mucho, bastante mayor, qepd, se llevaba las manos a la cabeza cuando veía a alguien practicar algún deporte, y afirmaba que los más famosos centenarios no habían practicado ninguno en sus vidas. Podría ser que una vez que la gente tuvo que dejar de gastar dinero a lo loco, a finales del 2007, empezó a gastar de igual modo sus cuerpos, en un simple proceso de sustitución de métodos para calmar la ansiedad. Los que caímos en la trampa del tabaco u otras drogas aún podemos recurrir a las cerezas y los aguacates, productos más sanos y baratos (digan lo que digan) que las tarrinas de helado de a kilo (a 7€ en Hipercor, según la radio), de las que poca gente de la que espío en las colas de los supermercados se priva, por no hablar de precocinados de todo tipo, llenos de conservantes, grasas saturadas y aludes de harina y, que no falten, envueltos en mucho plástico.

Tampoco creo que haya que llevar los andares ridículos de Rajoy, no hace falta esa pantomima de la prisa. Solo debes disponer de un par de horas al día y echarte al brazo, a modo de tensiómetro, el teléfono con los auriculares, si no eres de esa clase de persona para la que la música no es más que una excusa para socializar, por decirlo de un modo suave. Tampoco tiene nada de malo resumirla en danzas y timbales y hierbas al calor de una hoguera, pero no me gustaría que fuesen a deshora y debajo de casa. Preferiría que hubiese al año aquí en Málaga un festival o dos de la música que más o menos me gusta. El último se llamó 101sunfestival, algo así, pero lo hicieron cerca del Hospital Quirón, donde la gente va a rajarse para hacer uso de las mutuas, y gente influyente, sin duda, se quejó. Abajo, en el balneario abandonado a la suerte de los trileros que mejor conocen la administración pública, se hizo antes de que me mudase a Málaga un concierto grande en el que tocó Deus, la banda belga que estuvo afincada en Ronda y cuyo estudio está siendo hoy convertido en alojamiento turístico, como Ana Becerra tuvo la gentileza de mostrarme, acaso para contemplar mi desolación por mi tardanza en ir a verlo y retratarla. Uno de los organizadores de aquel evento con Deus me contó que la gente se colaba por tierra, mar y aire, proeza que podía imaginar de sobra. Ahora, con el exconcejal de cultura del PP mandando ahí, el único modo de colarse en los eventos camufladamente privados que organizan en este privilegiado enclave público es peinarse con fijador hacia atrás y decir que los conoces de algo, lo cual no deja de ser cierto. Hay que decir, porque hay que decirlo todo, que ha mejorado bastante el ambiente del bar, pues de balneario no queda nada: no son necesarias las casetas para cambiarse, y puede uno ponerse el bañador en un rápido movimiento delante de todos, del mismo modo que con las redes sociales hemos perdido toda privacidad y el voto electrónico no tiene por ahí impedimento alguno. Tengan en cuenta que podría ser que todas las votaciones sean puestas a propósito en domingos de verano, cuando uno tiene encima los papeles que se tienen cuando se está bañando o de resaca, para regocijo de los que salen de misa en tropel homocigótico. El colegio electoral para los de mi barrio está en el punto más alto, hay que superar un desnivel de unos 100 metros recorriendo unos 1000 desde la playa, en un laberinto que habría desesperado al Agrimensor K. Nada de esto es un inconveniente para tantos que son como inválidos si no tienen coche y lo usan hasta para ir a por el periódico; un anacronismo completo.

Yo echo a andar hasta la fábrica de cemento, en el extremo oriental del término de la ciudad de Málaga por la costa. No hace muchos años el alcalde dio permiso para que levantaran una chimenea de 110 metros de altura (han leído bien), un monstruoso gigante hecho con tubos de hierro y acero, una especie de enemigo descabezado de Mazinger Z que amenaza con echar de sus casas a los que habitan La Araña y otros núcleos de población cercanos. La fábrica está situada prácticamente dentro de la ciudad, que gracias a la burbuja de la construcción no paró de crecer hasta hace poco, nueve años no son nada, pero ante las voces que pedían su desmantelamiento la reacción municipal fue la de ofrecer dos tazas de caldo para todos, y hoy día, cuando la burbuja inmobiliaria y de obras públicas faraónicas comienza a hincharse de nuevo a falta de una idea mejor, pasa un camión cisterna cargado de cemento y con exceso claro de velocidad por las muy pobladas calles Bolivia y Juan Sebastián Elcano cada cinco minutos como mucho.

Cuando mi hijo (al que operaron del tendón de Aquiles porque, como yo, anda un poco de puntillas) pasaba con tres años de edad en la parte de atrás de la furgoneta que tuve y cambié hace tres años, tras darle un golpe, por la grabación de un disco que aún no puedo grabar, se fijaba en la fábrica y decía:

¡Da vueltas!

Es un enorme tubo casi horizontal levemente inclinado y marcado con pintura con números del uno al diez. No tengo ni idea de para qué sirve, porque yo trabajé con Bollycaos y envasando aceite, pero de la fabricación del cemento, ni flores. El tubo gira en el sentido de las agujas del reloj si se mira desde la izquierda, saliendo de Málaga, y en contra desde la derecha; no podía ser de otro modo.

Eso era 2008. El tubo daba vueltas. Un año o dos después se paró, y ahora que paso andando me fijo y da vueltas de nuevo. Es el progreso, me digo, que es circular. Y al día siguiente, cuando voy donde Pepe, mi barbero, cojo la revista de propiedades inmobiliarias y la hojeo un poco, mientras me remojan el pelo antes de tomármelo de nuevo, esta vez sin consecuencias.

Una vez que se acaba la repetición de bares de El Palo, sumidos en la lucha desesperada y deflacionista que La Sexta bautizó como La guerra de la sardina, guerra que no tendrá fin, según los expertos, y una vez pasado el pequeño puerto deportivo de El Candado y sus gasolineras (malditos deportes contaminantes) comienza el Paseo de Los Canadienses, que se llama así por Norman Bethune, creo, porque los carteles que hay en el camino hasta la cementera no explican el porqué del nombre. Hay un cartel de esos en los que se ve el paisaje con los nombres de las cosas encima: el Cerro Juan, la Torre de las Palomas (torre vigía de cuando los enemigos eran los moros de la costa y se les veía venir), la cantera y, dominando el paisaje de la ciudad entera, la Cementera de La Araña, escrita así, con mayúsculas que hacen honor a sus 110m de altura. Me doy cuenta según me acerco de que se trata de la auténtica catedral de Málaga, a la que los pudientes dirigen sus oraciones para que todo vuelva a ser como antes del verano de 2007, cuando mis paseos a solas con mi hijo en la furgoneta comenzaron y la burbuja de nuestra supuesta riqueza reventó, dicen que en los USA, vaya usted a saber por dónde revienta una burbuja.

A la otra catedral de Málaga, la de los curas, los completamente disfrazados, le falta una torre, al parecer porque el dinero que estaba dispuesto para construirla se destinó a ayudar a la independencia de los Estados Unidos. En la Wikipedia dicen que igual se gastó en acondicionar el camino de Antequera. Obras y guerras, lo mismo son en lo esencial. El caso es que la torre que tiene solo mide 84 metros, y el tamaño sí que importa. Dios sería constructor si existiese. De los rápidos, de los que hacían todo en seis días y descansaban uno. Así de bien hechos están nuestro mundo y nuestras casas de justo antes de 2007.

De Canadá vino Norman Bethune, un médico, a probar su unidad móvil de transfusiones de sangre, salvando la vida a muchos heridos que huían de Málaga hacia Almería en febrero de 1937. Aún no han pasado 80 años de aquello, pero cada vez hay más gente que se opone a recordarlo. Incluso la Junta de Andalucía, del PSOE desde el principio de esto que llaman democracia, no se atreve a recordar la desbandá de los malagueños sino con una pequeña placa a la entrada de uno de los túneles que hay en el paseo este del que escribo, el de los Canadienses, por el que pasó después de la guerra un tren que unía Málaga con La Axarquía, que hoy no existe sabrá Dios por qué, y que algunos quieren volver a instalar. Y es que poner y quitar y poner y quitar y poner y quitar es el trabajo de los políticos, y, por extensión, de la especie humana. El tiempo cíclico. La Araña dando vueltas. Porque así pasan los días y se obtienen las correspondientes comisiones, y si alguna vez la gente molesta, ya habrá un Queipo de Llano que sepa qué hacer. El I más D más I de la industria armamentística, el Airbus aterrizando bruscamente en mi tierra, cerca de la fábrica donde trabajé.

Desde Sevilla, si no estoy mal informado, amenazó aquel criminal de guerra a los malagueños por la radio con hacer lo que finalmente hizo, masacrarlos desde el mar desde tres barcos de guerra, tras atraparlos entre la orilla y los cerros y acantilados que modelan la muy abrupta costa que separa Málaga de Almería. Unas ciento cincuenta mil personas desvalidas y desarmadas tratando de escapar como hacen hoy los sirios no muy lejos, y con la misma desidia o complicidad internacional que ahora.

Quizá de ahí venga el odio que nos tienen aquí en Málaga a los sevillanos, y no es para menos, aunque Queipo era de Valladolid. Pero está enterrado donde la virgen Macarena, creo. Bueno, también allí mismo, junto a las murallas de Sevilla, mataron a muchos por no secundar suficientemente el alzamiento, y bombardearon el barrio entero desde el palacio que hoy es la sede de la Junta.

Si algo no fue exactamente así es porque fue más terrible aún, así que nadie me venga con precisiones.

El camino de los canadienses hacia La Araña está flanqueado con una baranda hecha de troncos de madera, y una red que impide acceder al borde, a las rocas donde el mar rompe con fuerza, acompañando la música de mi teléfono.

Más de un gilipollas pasa a 50 Km/h con la bici muy cerca, amenazando con el atropello, ocupando gustosamente la posición de abuso que habría gozado el conductor de coches si se lo hubiese permitido una ley de circulación que ya está obsoleta en cuanto al ciclismo se refiere. Me pregunto si van todos dopados, si ya en el Decathlon hacen transfusiones de sangre, acaso un heredero de Bethune menos altruista.

Sale una canción de Destroyer en el aleatorio de los favoritos y pienso que estuvo bien su transfusión. Es lo bueno de andar. Puede uno pensar en algo más que cuánto queda para que pase la maldita hora corriendo. Si se tarda el doble en quemar lo mismo, tanto mejor. ¿Qué prisa hay?

Encuentro donde la playa del Peñón del Cuervo un reloj de sol. Está hecho con una mole de hormigón (la cercanía de la fábrica obliga), y una placa de hierro fundido que hace las veces de aguja. Algún salvaje, puede que de los que hacen pesas para alistarse en cuanto haya ocasión de una nueva guerra, ha torcido el hierro un poco, porque debe de estar durísimo, pero lo ha torcido, acaso disconforme con la hora que da el sol. No en balde un tercio de la población española cree aún, al parecer, que es el sol el que gira alrededor de la tierra, así que igual quieren retroceder no ya a los tiempos de la soldadesca drogada y remunerada, sino al de la quema de Galileos, Servets y de cualquiera con dos dedos de frente, se midan como se midan.

La red metálica que cae bajo la baranda de troncos está rota, y ni que decir tiene que el camino está minado de mojones de perro, en ocasiones casi tan dañinos como si fueran minas antipersona. La madre de un conocido se rompió la cadera tras pisar una. Pero es mejor que no insista en este tema. Esta misma mañana un vecino ha hecho gala de la peor grosería autóctona (que ya es decir) cuando le he reclamado que recogiera una caca que humeaba todavía junto a su mascota, que no ha sido responsable, ni él tampoco, claro. Cuando le he dicho que no llevaba bolsas encima se ha echado mano al escroto, que efectivamente puede ser una bolsa de mierda, en opinión de abyectos genocidas. Ha tenido su gracia el hombre. Sabe que el escroto es una bolsa. Este pueblo tendría imaginación para más, pero no quiere usarla para el bien. Igual cuando quiera será tarde.

Cuando he visto que de la red colgaba un cartel diferente que decía que estaba junto a una zona de flora protegida en peligro de extinción, me he acordado de cuando hice los herbarios en la escuela de agronomía, y me he fijado en que las plantas, rodeadas de envoltorios de comida basura, de más mierdas de animales ignotos, puede que incluso humanas, de papeles, de restos de motos desguazadas y de todos los vestigios de una civilización en franca decadencia, me han venido unas ganas muy malas de bombardear, de buscar en Wallapop una fragata de aquellas, obsoletas, vintage, seguro que mejor fabricadas que ahora. Luego se me pasan esas ganas locas de profesor chiflado, porque no tienen gracia, y preferir las plantas a las personas sería tan injusto como sustituir para todo e irreversiblemente a mis congéneres por perros u otras mascotas cualesquiera, y cuando veo un ramo de flores de plástico en una zona donde alguien, acaso en bicicleta, debió de morir no hace demasiado, encuentro que la muerte de mis semejantes es siempre terrible, y baste con acordarse del crimen arquitectónico que cometieron en La Coracha, el barrio que podría haber sido el Albaicín malagueño y que no es más que un paredón amenazante, un recordatorio de tiempos no tan lejanos en los que la clase obrera quemó las casas de los burgueses del bello barrio de La Caleta.

No obstante no me pregunten mucho por esas hierbas tan bonitas que crecen junto a los acantilados.

Etiquetas: música antonio luque
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Anónimo

El 27/12/2016

¡Excelente artículo!