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La habitación nº4

Mikel Aristregi
Por Mikel Aristregi
El 21/10/2015
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La habitación nº4

 

Dos hombres de procedencia, condición, edad, raza y religión diferentes, cuya probabilidad de encuentro es tan remota como improbable, coinciden por un breve periodo de tiempo en un mismo espacio, la habitación número 4 del hotel Kenareh de la ciudad de Rasht, al norte de Irán, si bien, y aunque concatenados entre sí, en momentos diferentes. Uno de ellos es Ali Akbar Kiani, vendedor ambulante de bisutería, en el ecuador de su sesentena, con domicilio en el número 14 de la calle Kashani de Chalus, persa y musulmán por obligación. El otro hombre eres Tú.

Las cámaras de seguridad del hotel registran la llegada del señor Ali a las 22:57 horas. De talla menguante y complexión triste, su cabello y barba blancos contrastan con el tono marrón arcilla mojada de su tez. En esencia tiene cara de buena persona, del tipo a quien preguntarías la hora una lluviosa tarde de febrero en una zona poco transitada convencido de que te la va a dar. Viste un polo beige abotonado hasta el cuello, pantalón gris zona seis y zapatos negros de suela baja. Parecen cómodos y de buena calidad. De la mano derecha le pende un maletín Samsonite y con la izquierda sujeta una cartera, no sabemos ésta de qué marca, ambos objetos del mismo color que el de sus zapatos. El señor Ali intercambia unas breves palabras con Rashidi, el recepcionista y, junto con su hermano, copropietario del hotel, y tras formalizar el registro se introduce con pasos cansados en la habitación que, como ya se dijo,  es la número 4 y que queda en el piso superior, justo encima de la recepción.

Esas mismas cámaras de seguridad registran la salida del señor Ali del hotel a las 23:31 horas de esa misma noche. Al parecer, su mujer lo ha telefoneado para comunicarle que un pariente, no queda claro quien, tal vez un hijo, tal vez un nieto, tal vez ambos, Alá no lo quiera, ha sido ingresado en el hospital tras sufrir un accidente, por lo que debe partir inmediatamente hacia Tehran. Así se lo hace saber en un discurso atropellado y caótico, pleno de errores sintácticos y algún que otro morfológico, un hecho, por otro lado, insólito en alguien cuyo sustento depende de sus dotes de oratoria y que solo puede ser atribuible al nerviosismo del que, imaginamos, es presa el pobre hombre en ese momento, al orondo recepcionista quien en esos instantes se encuentra viendo un partido de fútbol entre el Esteghlal y el Paykan por televisión. El resultado hasta el momento es de  empate a cero pese a estar muy avanzada ya la segunda parte. En este punto cabría esperar la solicitud por parte del Sr. Ali de que le sea conmutada la deuda adquirida por el uso, breve, brevísimo, de la habitación, más aun si tenemos en consideración las dramáticas circunstancias que lo obligan a marcharse de forma tan precipitada. Pero no. El viejo vendedor ambulante paga sin titubeos los 40.000 tomanes a los que asciende la cuenta y abandona con paso apresurado, y muy probablemente para siempre, el hotel Kenareh de la ciudad de Rasht.

Desconocemos lo que ha podido hacer o dejar de hacer el señor Ali durante la media hora pasada que ha permanecido en la habitación número 4 de dicho hotel, pero lo que sí sabemos es lo que has hecho Tú en ella pocas horas antes de que la ocupara él.

Primero has inspeccionado la estancia que, aunque pequeña, te ha parecido agradable, por encima de los estándares a los que estás acostumbrado. Además de la cama individual hay un perchero, un lavabo con un espejo y un dispensador de jabón medio lleno -o medio vacío, eso que lo decida cada cual-, una mesa plegable con un cenicero sobre ella y una silla de plástico blanca, además de un pequeño televisor junto a la amplia ventana que no tienes intención de encender, por lo que tras desenchufarlo pones tu móvil a cargar. También hay un pequeño baño con ducha y un váter de taza, un detalle nada desdeñable en esta latitud del planeta.

Estás acalorado, así que enciendes el ventilador del techo y sientes el crujir de las aspas antes de que te toque el primer soplo de aire, todavía templado. Te desnudas, quedándote en calzoncillos. Después extiendes los billetes arrugados que llevas en el bolsillo del pantalón sobre la cama con intención de ordenarlos de mayor a menor. Tras apuntar meticulosamente los gastos del día en una libreta que parece una Moleskine pero que no lo es, devuelves parte del dinero al bolsillo y parte a la riñonera color crema Coronel Tapioca donde atesoras todo tu capital, unos dos mil euros aproximadamente. Como consecuencia de las sanciones económicas con las que desde hace años occidente castiga a la república islámica por defender su derecho a desarrollar una actividad nuclear digna de cualquier civilización que se precia a llamarse así -al menos eso es lo que ha trascendido, aunque vaya uno a saber-, la posibilidad de adquirir líquido a través de un cajero automático es inexistente para cualquier extranjero que no disponga de una cuenta en un banco estatal, obligando a todo aquel que visite el país a llevar todo su dinero, si se me permite el anglicismo, que aún a riesgo de quedar como un pedante siempre da, se diga lo que se diga, categoría, en cash. Dos mil euros para dos meses de estancia más imprevistos te había parecido una cantidad más que razonable. Así que, si todo va bien, que no tiene por qué ir mal, si no hay ningún contratiempo, deberías regresar con aproximadamente el treinta por ciento de ese capital. Finalmente, en un acto reflejo, depositas la riñonera bajo la manta de Bob Esponja que hay doblada a los pies de la cama; por seguridad, te dices; por si acaso, por si en tu ausencia entrara algún amigo de lo ajeno en este espacio del que en tan poco tiempo has hecho ya tu hogar.

Acto seguido te duchas, lavas algo de ropa y sales a comer. A media tarde regresas a la habitación y te tumbas en la cama a descansar. Hay un ambiente agradable, diáfano, por lo que sopesas abandonarte al hedonismo. En su lugar te abandonas a discernir sobre el hecho en sí, sobre si te abandonas o no, al hedonismo, se entiende, hasta que,  finalmente, te quedas dormido, lo que no deja de ser otra manera de abandonarse al mismo. Después sales a pasear; cruzas la plaza Shahrdari y te internas por la peatonal A’lam-ol Hoda que a esas horas es un hervidero; atraviesas el parque Sabz donde los hombres juegan a dominó y las mujeres comen helados en espiral mientras conversan sobre la vida; caminas toda la calle Bahman hasta la intersección Laqani y una vez allí giras sobre tus pasos. De regreso compras un batido de plátano que te sirven con trocitos de fruta, pepitas de chocolate y coco espolvoreado acompañado de un canutillo de barquillo en vaso de plástico. Mientras te lo comes de camino al hotel una frase acude a tu mente: la vida es maravillosa. Inmediatamente después, avergonzado, introduces un condicional a tan brutal aseveración, quedándote mucho más tranquilo.

Una vez en la recepción del hotel llamas a tu contacto en la ciudad, un criador de carpas y esturiones que has localizado a través de Couch Surfing y con el que tienes intención de quedar al día siguiente por motivos laborales. Sin embargo, el señor de los peces insiste en pasar a buscarte y llevarte a su casa esa misma noche. A ti eso no te apetece una mierda, a esas horas; deben ser por lo menos las ocho, y con lo a gusto que estás en la habitación número 4 del hotel Kenareh, ya pagada, todos tus enseres desperdigados aquí y allá y los ecos de esa dulce promesa de soledad resonando aún en tu interior. Por lo que tu también insistes. Pero él insiste más. Y mejor. Y cualquiera que haya estado en Irán sabrá lo buenos que son insistiendo. Así que, tras colgar el teléfono, subes resignado a la habitación que bajo la luz mortecina del fluorescente ya no parece la misma, vuelves a meter tus cosas en la bolsa de viaje, aún húmedas, pesadas, frías, las prendas recién lavadas, y te despides de la estancia mirando a la taza del váter y pensando que definitivamente ésta ha sido una ocasión perdida. Ya está todo dispuesto. Antes de abandonar la habitación, la mirada del gitano. No me dejo nada, piensas. Por si acaso, ya con la mochila cargada a la espalda, miras, como digo, por si acaso, debajo de la cama, donde no hay más que polvo y una colilla. Bob Esponja ni se inmuta. Las cámaras de seguridad registran tu salida del hotel Kenareh a las 21:20 horas.

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