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La historia jamás contada de lo hipster

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 19/06/2015
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La historia jamás contada de lo hipster


Todas las cosas, por sólidas y materiales que nos parezcan, tienen muy adentro su esquema, que viene a ser la mecánica de aquello a lo que de algún modo imitan. Algunas son evidentes: Rajoy lleva dentro en esquema a Merkel, Pablo Iglesias lleva dentro en esquema a Tsipras, el comunismo lleva dentro en esquema al cristianismo, el neoliberalismo a la Gran Depresión del 29, etc. Otras no son tan claras a simple vista: Walt Disney y su relación delirante con el reino animal lleva dentro en esquema la relación delirante que Thoureau estableciera con la naturaleza, Internet lleva dentro en esquema la estructura moral del sistema de alcantarillado urbano, que con independencia de clase y género conecta a todo ciudadano. Y así con todo.

En el ámbito de las modas y tribus urbanas, el movimiento hipster lleva dentro el esquema de la nostalgia en clave sofisticada, manierismo cifrado en la barba del bisabuelo, bicicletas de piñón fijo (es decir, datadas en la prehistoria de tráfico rodado), tatuajes con los que más de alguno/a va a flipar cuando tal estilismo se desvanezca, y sobre todo lleva dentro todo cuanto tenga que ver con el pan. Pero del pan hablaremos más tarde. La profesión que más abunda entre tal tribu es la de diseñador gráfico, pero ocurre que los diseños que después te enseñan o bien nunca son suyos o son volcados directos y demos. Dicen estar muy leídos y cuando escarbas sólo han leído a Bolaño, a Thoreau y a mí. Creo que con eso está todo dicho.

Acerca de lo hipster en una de sus cunas, radicada en Williamsburg, Brooklyn, hice hace ya bastantes años un artículo para El País Semanal, el cual por mera información aquí enlazo (pena que el periódico no haya conservado las fotos). Ya por entonces, año 2007, era percibido como un fenómeno en franca en recesión, que había tenido su auge a principios de siglo 21, y cuya degeneración habría acontecido en el momento en que ciudadanos de alto nivel adquisitivo de Manhattan comenzaran, allá por 2004, a comprar propiedades en Williamsburg a fin de rehabilitarlas: esa fantasía burguesa de vivir junto a artistas emergentes siendo broker. Naturalmente, cuando el hipster llega a nuestras costas (el Atlántico es tan grande) lo hace en look de futbolista de Primera División. Ahora parece que incluso ha tomado al asalto el mundo poligonero: “lo jister”, que dirían en Sálvame, palabra de bizarra semántica que, por explosiva, quizá incluso dé algún fruto digno de ver; el poligonero 2.0. Habrá que estar atento a lo que ahí aparece.

Pero a lo que iba: el pan. Fíjense que a imagen y semejanza de las bakery de Nueva York o de Los Ángeles, los hipsters acostumbran a montar locales de toda clase de panes y bollos de leche de soja, acompañados de zumos de frutas lo menos exóticas posible, que cobran a precios fabulosos. También a imagen y semejanza de la metodología yanki de venta al por menor, el tipo o la tipa te explican las propiedades nutritivas de todo ello en un lenguaje falsamente técnico de Revista Integral y similares, el cual siempre tienes la sospecha de que no entienden. Gran hit del hermanamiento entre lo hipster y la new age, sección autoayuda.

Sorprende, pues, que los analistas de la tribu hipster no hayan dado aún con la clave, la evidencia que lo explica todo de tal movimiento. Si uno paladea detenidamente se percata de que esos cruasanes, esos bollos de leche y demás material panificado tiene la masa a medio hacer, la cual te deja en la lengua un sabor a engrudo, como si no hubiera cocido del todo. Pero el motivo no es que esté mal cocido, sino algo mucho más grave: está mal amasado; concretamente, muy poco amasado. En efecto, el hipster, básicamente, es vago, mejor dicho, perezoso, pedalea muy bien pero infrautiliza sus brazos, le cuesta golpear una y otra vez la masa de pan contra el tablero. Y es ello lo que, por mal ejecutado, procura ese sabor novedoso en panes y bizcochos para cuya ingestión no hay musculación suficiente en la garganta de un humano estándar.

 


ikea

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Unos 20 metros más allá de mi portal hay un bar digamos que convencional, al cual cada día, a las 10:00 am, bajan a desayunar los obreros que ahora tengo en casa, pues estoy reformando la cocina y los baños. Justo en frente de mi portal, hay otro bar, éste sí 100% hipster, al cual nunca van los obreros. Desde que me hallo sumergido en el mundo de la albañilería, me he fijado que los profesionales, o al menos los que yo tengo contratados, no siguen instrucción alguna, pasan de las hojas de instrucciones de montaje de todo tipo de aparatos, muebles o materiales, ellos tiene su idea de lo que es o no es correcto e intuitivamente tiran hacia delante. También me he fijado en que lo que más les molesta son las instrucciones de montaje de Ikea. No las soportan. El otro día, mientras ellos ponían azulejos estaba yo montando una estantería y como tenía que irme les pedí si podían montarla ellos. Como son muy amables contestaron que sí. Cuando les hice notar que había unas instrucciones, tras un coro de carcajadas me dijeron que no les hacían falta, y que además tales instrucciones estaban mal, carecían de sentido y lógica. Me di cuenta de que el máximo orgullo para ellos era contradecir a Ikea, refutar a Ikea. Les dije que eso era imposible, que Ikea es irrefutable, nada en ella puede estar mal, pero ellos ni caso.

Hoy, tras su desayuno, se han puesto a montar los muebles del baño, también de Ikea, e inopinadamente han seguido la hoja de instrucciones paso a paso, como si ellos mismos la hubieran redactado. Les pregunté entonces dónde habían desayunado y me han dicho, “en ese bar moderno de enfrente, el de las bicicletas.”

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