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La importancia del insulto

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 08/01/2015
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La importancia del insulto

 

 

“Tolerar la intolerancia es cobardía”
Ayaan Hirsi Ali  

 

Dios es un reducto de ignorancia que lleva varios siglos reconfigurándose para sobrevivir a los avances civiles y científicos. Ninguna acumulación de creencias o intensidad en las mismas las convierte en verdad, y las sociedades que basan sus principios fundamentales en las libertades individuales no deberían darle cabida en la esfera de lo público a los designios megalómanos y caprichosos de los hombres del espacio que habitan las esquizoides mentes de los creyentes. Las escrituras sagradas de las grandes religiones monoteístas son, entre otras cosas, un compendio espantoso de enseñanzas morales que contradicen casi todas las conquistas sociales que con tanto celo solemos reivindicar los occidentales, y mientras permitamos que se sigan intoxicando con ellas las mentes de nuestros ciudadanos a través de las instituciones y organismos oficiales, estaremos siempre dejando abierta la posibilidad a que el avance más o menos natural de los derechos civiles se subordine a la interpretación interesada de estos textos bipolares y cavernarios, como ha pasado con impertérrita continuidad a lo largo de la historia.

 

Incluso en acontecimientos de una intensidad dramática tan desmedida como es el fusilamiento de personas inocentes en nombre de una creencia sobrenatural, tendemos a relativizar el papel que esa creencia juega en los procesos mentales de aquellos que llevan a cabo tales barbaries. A muchos ateos y religiosos moderados les cuesta entender que no todos partimos de cosmovisiones equivalentes, y que existen masas muy críticas de personas que de verdad creen en aquello que dicen creer. El relativismo cultural que lleva a ciudadanos perfectamente cabales y educados a esforzarse en respetar las costumbres ajenas, por muy salvajes e incompatibles que estas sean con sus propios códigos morales, es un peligroso doble estándar. Deberían existir unos mínimos éticos irrenunciables, y aunque por supuesto serán siempre hijos de su tiempo y como tales tengan que estar expuestos a una continua revisión, no podemos perdernos en debates estériles. Si la libertad religiosa de unos significa poner en jaque la libertad de expresión del resto, ninguna forma de malabarismo intelectual va a dar como resultado una solución que satisfaga a todos.

 

Por supuesto que la inmensa mayoría de los musulmanes no sólo no son yihadistas, sino que son los primeros perjudicados por el auge del extremismo que padece su confesión. Por un lado, el aplastamiento brutal de los derechos humanos que instigan estos sectores violentos hacen mella con mayor saña e inmediatez entre su propia comunidad, y la guerra santa se cobra muchas más víctimas en el mundo islámico que en cualquier otro sitio. Y por otro lado, la acción despiadada de los radicales crea un caldo de cultivo en gran parte de la sociedad que desemboca en distintas formas de xenofobia hacia el conjunto de los musulmanes, sin dirimir entre los que simpatizan con la violencia de cualquier índole y los que no. En nuestro mundo globalizado, con las fronteras cada vez más desdibujadas, estas formas de racismo son una desgraciada caricatura de los prejuicios heredados de generaciones anteriores, y la actualidad informativa nos recuerda con dolorosa frecuencia que la nacionalidad no sirve para nada a la hora de reconocer a los bárbaros. Claro que el islam no te convierte en un asesino, de la misma forma que ser cristiano no significa que comulgues con la idea del comercio con esclavos a pesar de que la Biblia lo regule al detalle. Sin embargo, no puedo evitar pensar que los creyentes y simpatizantes están, quizás más por omisión que por acción, en el lado malo de la historia, de una forma parecida aunque no del todo comparable a como lo están el sexismo o la homofobia. Hay algo inherentemente nocivo en una creencia si, interpretada en su literalidad, empuja al individuo a estas conductas descarnadas.

 

Las religiones sólo dejan de ser peligrosas cuando ni siquiera los propios creyentes se las toman en serio, y las convierten en versiones edulcoradas y descafeinadas de sí mismas que degeneran en manifestaciones folclóricas. Cualquier creyente moderado te dirá que este versículo misógino o aquella sura belicista no representan de verdad la enseñanza de su dios, implicando tácitamente con una extraordinaria pero inconsciente arrogancia que sus valores morales aprendidos en nuestra sociedad humana son, de alguna forma, más elevados que aquellos que su dios dejó por escrito, y relegando por tanto siempre la interpretación de sus textos sagrados a los códigos civiles en los que ha sido educado. Esto, claro, crea tensiones, porque con mucha frecuencia las leyes y el conocimiento de los hombres van por delante del de sus religiones, que batallan el progreso hasta que no tienen más alternativa que remendarse y adaptarse a los tiempos.

 

En esas tensiones habita a veces el humor gráfico. Es la avanzadilla que mete el dedo en la llaga y señala los vicios del momento que habitamos, deformándolos para que el resto de nosotros los asimilemos con mayor nitidez. Y cuando el vicio es un peligroso enemigo dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias para silenciar la crítica y la sátira, el ejercicio de éstas ya no es sólo un acto de inteligencia, sino que se convierte en un atrevimiento valiosísimo en cuanto a que enfrenta los límites de la libertad de expresión allí donde estos se están viendo más amenazados. Los dibujantes de Charlie Hebdo asesinados eran probablemente conscientes de los riesgos que afrontaban al ejercer su legítimo derecho a la mofa,  y su compromiso con una idea que va mucho más allá de su profesión es un gesto de una valentía abrumadora. Si hay algo que merece la burla irrespetuosa es, sin duda, el sinsentido arcaico de las religiones, porque aún hoy es un paraguas que cobija toda clase de excusas para legitimar que hombres y mujeres de cualquier condición sigan sumidos en pensamientos que en otras circunstancias habrían quedado desautorizados hace mucho tiempo. El genial Mauro Entrialgo explicaba esto mucho mejor de lo que podría hacerlo yo en el libro que hizo junto a Santi Orue y Ata “Cómo convertirse en un hijo de puta” (Astiberri, 2007): “El cabreo que provocamos en las personas cuando nos reímos de sus creencias es directamente proporcional al tamaño del disparate que sean las mismas. Es decir, que si nos reímos de que uno crea que la capital de Francia es París, ese uno no se mosqueará nada porque esa creencia no es ningún disparate. Pero si nos reímos de que uno crea en los marcianos ya empiezan las malas caras. Finalmente, si nos reímos de alguna de esas colecciones de cuentos fantásticos que son las religiones, las repercusiones pueden implicar ir a la cárcel, ser víctimas de un atentado o, a poco que nos lo propongamos, iniciar una guerra.”

 

El derecho a la ofensa, incluyendo el derecho a ser ofendido, es un eje básico para garantizar la emancipación del hombre con respecto a las instituciones de poder que se esfuerzan por dirigirlo. El argumento repulsivo de la higiene estética, la corrección política y el buen gusto que esgrimen aquellos que tienen intereses de distinta naturaleza en que no se agiten las ideas deben ser discutidos en su cara con vehemencia.

 

“A mí no me gustan las religiones y no por eso voy a las iglesias y las mezquitas a protestar”, decía el entonces redactor jefe de Charlie Hebdo, Gérard Biard, en una entrevista en 2012. Por si alguien quiere hablar de tolerancia.

 

Etiquetas: antonio hitos comic
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