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La más gigantesca ficción jamás construida

Agustín Fernández Mallo
Por Agustín Fernández Mallo
El 27/08/2019
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La más gigantesca ficción jamás construida

De Ovidio a Kafka, de Johann Sebastian Bach a Rosalía, de Heráclito a la computación cuántica, las metamorfosis son esos mecanismos de transformación de las cosas, mutaciones que sin remedio viajan con nosotros, y que además tienen una peculiaridad: toda metamorfosis ocurre siempre en el presente, jamás en pasado ni en futuro. Una metamorfosis pasada, pasada está, es sustituida por otra que la cubre o suplanta. Y una metamorfosis futura no es más que una fantasía, una ilusión que jamás puede cumplirse porque el futuro, por definición, no puede ser programado ni diseñado a no ser que se trate de condiciones de laboratorio. Por ello, toda metamorfosis futura tiene algo de esa imposibilidad que asiste por igual a las utopías que a las distopías. Por ello jamás una utopía se ha cumplido, ni tampoco su correspondiente distopía. Así las cosas, las metamorfosis no pueden dejar de estar a nuestro lado en todo momento, en presente, son el combustible, el fungible equipaje del que ni podemos desprendernos ni tampoco él puede dejarnos atrás. Dicho de otro modo, son algo así como nuestra sombra.  

La más esencial metamorfosis social ocurre en verano. Es cierto que a lo largo de esa época la temperatura apenas cambia, es cierto que el verano llama a una calma, a una suspensión de criterios, a una laxitud en las costumbres, a un todo vale y en septiembre ya veremos cómo salimos del paso, sí, es cierto que en el verano el presente se fosiliza y, a salvo de depredadores laborales, todos los animales campamos a nuestras anchas, un alto el fuego, una tregua que nos convierte en poco más que trozos de carne que caminan y miran el mundo sin observar, para luego regresar a la tumbona y a la ración de chopitos. En verano se aletargan incluso los garantes de la actualidad, los periódicos y las televisiones, quienes a falta de noticias de peso se embarran en noticias de impacto, destellos súbitos sin más trascendencia que lo banal ascendido a suceso por obra y gracia de su locución con voz de pito, una sucesión de sustos informativos que acaso nos hagan levantar un párpado en esa continua siesta que es julio y agosto, y al instante volver a cerrarlo. En efecto, parece no haber metamorfosis alguna en verano, pero no todo es tan sencillo porque, en realidad, en la época estival estamos trabajando; de hecho,  trabajamos más que nunca: el ocio en general y las vacaciones en particular es ya trabajar para los demás. Quien piense que en sus vacaciones se halla exento de trabajo, bendito él o ella, que vive en un glorioso autoengaño. Quien crea que es un viajero y no un turista, bendito él o ella, que vive en la clasista ficción que separa a los veraneantes en turistas y viajeros; y es que turistas ya somos todos y los viajeros hace por lo menos un siglo que no existen.   

Porque al mismo tiempo que millones de personas creemos estar de vacaciones y sin hacer trabajo alguno, otros tantos millones ponen en funcionamiento toda una maquinaria para nosotros, millones de trenes, buses y aviones, millones de museos abiertos que alguien deberá atender, millones de chiringuitos en los que alguien deberá cocinar y servir bebidas que en otra época del año no beberíamos, millones de textos de folletos turísticos que alguien deberá redactar y después entregar. Millones de todo. No es la guerra de unos millones contra otros millones, ni tan siquiera una leve afrenta, sino la hábil construcción de una ficción que nos dice que en verano todo está en calma. No creo que nunca nadie haya podido crear un relato más colosalmente fantástico, irreal, y al mismo tiempo convincente que el de la vacación de verano: perfecta metamorfosis camuflada en la más perfecta calma, en el más perfecto estatismo. 

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