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La pesca

Antonio Luque
Por Antonio Luque
El 21/03/2017
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La pesca

Con la primavera el mar se deja poco a poco de hostilidades, aunque nunca hay que fiarse. Ayer comprobé en la tele que es cierto que hay personas que cruzan el estrecho en barcas de juguete. Se acercan a un caos legislativo enorme, a un castillo de naipes que esconde en su milagroso equilibrio la gran jugada de su propia destrucción. Para cuando eso ocurra, los hay que querrán verlo de cerca; en caso de hundimiento es mejor tener los restos a mano que nada. ¿Y quién no tiene manga ancha para un comodín? Por algo hacen ahora los billetes impermeables.


Las carabelas de Colón vistas de cerca eran poco más que unas maquetas del Ikea o unos trabajos manuales de colegio de pago, y cruzaron el Atlántico como los hay que lo cruzan a solas remando, por deporte o por ser entrevistados en el viejo transistor. Hubo una réplica de la nao Victoria, cuál si no, que volcó cómicamente a modo de presagio antes del apogeo del 92 en mi ciudad natal y, por extensión, en mi país olímpico de sofá, tan dado a los montes de orégano y el insulto al árbitro.
Compruebo que fue en Isla Cristina, ved a Matías Prats Luque aguantándose la risa.

 


La desfachatez de muchos españoles me desconcierta, empezando por los que recurren al bricolaje justo en horas de siesta y domingos por la mañana; y la serenidad y el sentido del humor o las tragaderas de las presentadoras y los presentadores de informativos no se contagia vía catódica, plasmática, o como quiera que hubiera decidido la tecnología en la época en que compré la tele, abandonando años de tranquilidad lectora, que ahora recupero en esta radiante mañana apagándola para leerme y corregir un poco, por no hacerlo como cuando me peino sin esperar a que se vaya el vaho del espejo o aprieto el cortaúñas demasiado cerca de la carne. No es tiempo de baños marinos, y muchas playas han quedado destrozadas, puede que por nuestras negligencias como consumidores y ciudadanos votantes, algunas tan cercanas como esos espigones que pretenden pastorear la arena de unos barrios a otros, de los pobres a los ricos, claro está. La arena de las playas es el oro del turismo en esta única alquimia remanente.


Un despiporre es que los Baños del Carmen aparezcan en la tragicomedia catastrófica perpetua de Telecinco o de La Sexta / Antena 3 como zona destrozada por los temporales del invierno que acaba de irse, cuando lo cierto es que siempre han estado así, al menos desde que los vi por primera vez hace ya más de diez años. Qué relato alegórico tan bello de mi país. Estamos obligados a admirar nuestra decadencia. ¡La ruina no era nueva!


Con un par de canciones más entro en la recta final de la fase previa del siguiente disco; acepten la retórica deportiva para explicar qué estamos haciendo en SR.CHINARRO, así, en mayúsculas. Qué y por qué. Es la competición que mantengo conmigo mismo desde que el 93 me sacó del país para meterme en esas maravillosas jugueterías que son los locales de ensayo, donde uno deja por fin de estar a solas o interrogado, o para sentarme en la cama con mi juguete de cuerdas y madera: un artefacto incómodo lleno de problemas matemáticos que resolver con la intuición de melodías aún no recombinadas, como la genética busca la eternidad en el otro momento estelar del catre, cuando la compañía, la pareja, te pide que te tranquilices siquiera quince minutos y dejes a un lado la maldita competición, acaso con mayor fe en la descendencia que en la promoción de los medios de siempre o el renovado big data como vía abierta al futuro de la humanidad que encerramos, calentita.


Por explicarme mejor vuelvo a comparar las canciones con peces, y se me ocurre que este fin de semana podría bajar con mi hijo con la caña a hacer como que pescamos. Ignoro si el amago de pesca acarrea sanción de los municipales o del Seprona; no sé si basta con que se suponga la resistencia de los peces al esquilmado propio de la zona del pescaíto frito, con el diminutivo criminal, o se necesita el cuerpo pescado para demostrar que hubo delito; también ignoro la cuantía de la posible multa. Seguro que hacen falta permisos y carnets. Mínimo el del partido.


Es evidente que mi existencia como aficionado a la pesca no ha influido en los caladeros de pesca del golfo de Cádiz ni de la bahía de Málaga, donde aún se publicitan los pescados en función de su tamaño y en contra de aquella campaña de los pezqueñines, que tan poca lástima parecen dar incluso en esta época de animalismo sensiblemente feroz. Muy pocos, pero algún pez recién sacado del agua he tenido en mis manos; son tan fuertes como excepcional es la vida que van a perder; se arquean para dispararse desde tus dedos hacia lo que haya debajo, presumiblemente agua para ellos, como nosotros escaparemos al cielo en algún vuelo subvencionado por unas ciudades muertas del primer mundo en busca de los turistas de las otras: intercambios culturales de extras en obras que no volverán a empezar.


Quiere escurrirse el pez sin mirar a su captor, sin soltar una lágrima absurda. Vida pura, más valiosa que la plata o que el sol, llena de espinas que sin querer te pinchan desde la aleta dorsal o la de abajo (caudal o como se llame, ahora lo miro y corrijo).


Tengo claro que si van a multar a alguien por pescar es a mí. Por eso me escudo en la guitarra. Sin enchufar, no sea que el del bricolaje o el de la tele a toda hostia dominical me denuncien por hacer ruido. Y vendrán. Por una cosa o por otra, algún día vendrán.


He soñado con una cárcel. Los pisos son las cárceles. Y el miedo a los demás, que está penado. Debe de ser la primavera, es hora de salir. Ya mismo acabo. Hay que tener mucha paciencia. Como las canciones, los peces están ahí, pero no es agarrar la caña o la guitarra y llenar la saca, no. A veces lo pienso mirando por la ventanilla de los aviones en los que ensayo mi huida. Si echara la caña sin ver el fondo, qué pocas veces el anzuelo bajaría hacia un pueblo o una ciudad y cuántas a un páramo y un secarral. A veces me fijo en la forma de los pueblos y trato de identificarlos luego en el Maps, para otro día ser yo el único, aparte del piloto (si es que el piloto sabe por dónde va), que pueda decir para sus adentros: eso es Alcalá la Real. Eso de ahí Albacete. O Las Columbretes, con su forma de anzuelo. Para colmo los peces viven en ciudades móviles, llamados bancos. (También tiene guasa el nombre. Como para jugar con ellos.) Hay mañanas en que uno tiene el pálpito de tener una canción a mano. Echas la caña y enseguida se comen el cebo, ya sabe uno que están ahí; por la marea o lo que sea, un día están y muchos otros no. Ahora hay que tener el tino, el buen temple, la habilidad, la técnica... Cualquiera sabe, o no hay trucos o todo es un truco. Había una peli sobre la pesca, la de Rock Hudson y Paula Prentiss. ¿Te acuerdas, Javi, de aquella canción que hicimos para Paula Prentiss? 'My favourite game', creo que así se llama la peli, como la canción de Cardigans, cuya cantante se merece otra copla, aunque ya se las hace ella. Miento, me dice Google que la peli es 'Man´s favorite sport'. Esa miopía irresistible de Paula. Llámame si recuerdas la canción, quizá la tengas grabada. O tú, Carlos. Era la época de los polvorones de limón y el Bisolvón, que tan buena rima tienen. El caso es que Rock Hudson... Bueno, no os la voy a contar.

 

chuck  berry


Otros días no pican y te pones a tocar malamente un rock and roll cualquiera, con motivo doble hoy si no se me ocurriera nada: homenajear a la historia en recuerdo de Chuck Berry, que tan bien me cayó cuando junto a otros guitarristas vi un documental en que se burlaba de la prevención del que le entrevistaba viéndole facturar para un vuelo una de sus Gibson ES335 rojas. Just tools, mate!


Dijo que si se rompía compraría otra, que era solo una herramienta de trabajo y que desgravaban a Hacienda. Qué crack, tan alejado de esos otros que les ponen nombres a los objetos y los adoran y los humanizan, quizá para compensar la deshumanización de lo humano, viendo por desgracia las lágrimas del pez ante esa muerte inminente que por suerte ignora, aunque no su asfixia.


Ya mismo está aquí el verano y veremos salir a los ineducados, la carne de cañón, con los arpones armados y los pulpos pequeños chupándoles los tatuajes, a fumarse un porro entre los bañistas, menores y mayores; y los vigilantes de playa que van de blanco inmaculado y pasan de todo porque entienden que son insolventes, muy resueltos en su pasividad de voyeurs de playa. Para entonces espero tener el disco terminado, o a falta de alguna letra, en la que tendrán que aparecer mis quejas, inspiradas en semejantes personajes, incluso a riesgo de parecer un cascarrabias donde debería haber un animador cultural de esos que hay en los cruceros o en las piscinas de los hoteles a los que la gente, estresada y aburrida de sus tareas cotidianas, muchas veces tan inútiles como la mayoría de nuestras necesidades, va a dar saltitos intentando inútilmente escapar de su hábital natural por unas horas, como el que se hace asfixiar para tener mejores orgasmos, harto ya de su existencia anodina y desmemoriada. Como los peces, yo solo salto si me persigue un depredador. En los escenarios no se da el caso. ¿O sí? Ahora dudo. Mi memoria es grande, no puedo no quejarme.

 

cazón - la pesca

 

Cuando niño era aún más tímido que ahora y temía sobre todo el paseo marítimo de vuelta con la caña, porque cualquiera era bueno para preguntar: ¿qué has pescado, chaval? Hay un policía en cada uno de nosotros. La mayoría de las veces la respuesta era muy embarazosa: nada. Tampoco a mi padre le gustaba responder a esa pregunta, y con él fui las primeras veces de pesca. Ayer fue el día del padre. Una vez vimos dos cazones grandes cerca del espigón de Valdelagrana, muy cerca, al alcance de nuestras manos, que mantuvimos lejos, pues son tiburoncitos negros, como dobermanes del agua, rasposos, dentera de solo mirarlos, con ese gesto de ellos de enorme suspicacia, de generales nazi emparejados. Nadie nos dijo que estuviésemos tranquilos, que no hacían nada. En los setenta había menos tonterías.


Igual fue ese mismo día: en vez de los cazones pescó un pez sapo. Sapo sapete, coge la caña y vete. Dijo eso, lo devolvió al agua y nos fuimos. Desde entonces me pregunto si un pez sapo y un rape son el mismo animal, y la verdad de los dichos populares. Si me acuerdo cuando acabe de escribir esto miro en Wikipedia qué es realmente un pez sapo y salgo por fin de dudas, son muchos años ya con eso a cuestas.
Mi hijo se hizo un día una caña con un palo y un anzuelo con sedal que encontró en las rocas. Pidió cebo en el bar y pescó un merillo tamaño sartén. Es evidente que la genética nos mejora. El sexo. Es lo único útil.


Se me está yendo la mañana y no voy a componer nada hoy. Y eso que he encontrado una app sobre el círculo de quintas que destripa el misterio de la armonía igual que el gamberrete confiesa que mueve el vaso en la ouija. Eso sí, yo sé que por muchos trucos que haya, cuando el vaso dice "aquí estoy yo" se mueve solo. Que sí, que sin embargo se mueve.
Ese pescado solitario que uno lleva en el cubo no es para enseñárselo a los que se cruzan por el camino, a los desocupados que quieren entretenerse a costa de cualquier información. Me da igual que ahora se pongan las canciones en el Spotify de una en una.


Es verdad que aquella tarde que pesqué once bailas desde la orilla, no desde el espigón, tenía más ganas de que me preguntaran, sobre todo las niñas del vecindario. Sería 1983. Las bailas son unas lubinas con puntitos, muy sabrosas, que espero que no hagan en piscifactorías nunca. Qué asco de piscifactorías. ¿No va a quedar nada que valga la pena?
La pesca era para enseñarla a la familia y a los amigos, como ahora me esfuerzo en componer mejor para enseñar los bocetos a la banda: para ellos los hago, y ya la nota de voz del primer esbozo de la melodía va por whatsapp al grupo, que anima a seguir, sinceramente, sin que les importe que ellos estén pescado al lado y al mismo tiempo.
Eso sí, cuando consiga de nuevo las once bailas me gustaría que lo supiera todo el mundo civilizado.

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