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La tensión eléctrica

Antonio Hitos
Por Antonio Hitos
El 15/12/2017
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La tensión eléctrica

 

A finales de 2003, la revista ‘El Víbora’ había salido a la calle con una portada completamente roja cruzada por un único texto en el que se leía un apocalíptico “¿El fin?”, y que rompía con la discutida tendencia adaptada muchos años atrás de usar ilustraciones eróticas para las cubiertas. Era una señal de alarma de la editorial La Cúpula que venía a informar del declive imparable de ventas, un hecho que en décadas anteriores ya se había cobrado la continuidad del resto de revistas de cómics publicadas en España, convirtiendo a ‘El Víbora’, junto a ‘El Jueves’, en los últimos supervivientes de su clase. La maniobra tuvo su eco en los medios, y aunque por un breve instante se produjo una cierta agitación, la industria y los hábitos de consumo hacía ya tiempo que habían cambiado. Aquella muerte anunciada era inevitable y se terminaría consumando apenas un año más tarde.

 

el vibora

 

En algún momento de ese período final asistí como público a una mesa redonda en un Salón del Cómic que echaba la vista atrás para repasar el cuarto de siglo de trayectoria de la publicación. Yo era un chaval de 18 años y el panorama editorial era muy distinto al actual, con la novela gráfica aún lejos de convertirse en el formato comúnmente aceptado que es hoy. Las apariciones de cómics en suplementos literarios y culturales eran apenas anécdotas que se contaban con los dedos de una mano, y su espacio en librerías y superficies generalistas, cuando existía, solía ser un bloque inmóvil y minúsculo. ‘El Víbora’ era importante para mí, porque me había ayudado a descubrir otras vías y otros autores, así que lamentaba su desaparición inminente. Tras aquella charla me acerqué a Emilio Bernárdez, uno de los editores de La Cúpula, y le enseñé mi trabajo en la carpeta de fotocopias que paseaba por cualquier stand en el que quisieran echarle un vistazo. Unas semanas después publiqué mis primeras páginas pagadas en ‘El Víbora’ número 292, y tuve el enorme privilegio de continuar hasta su cierre en el 299.

 

Aquellas páginas no merecen mayor mención porque eran palos de ciego, un trámite formativo ramplón y sin cuerpo por el que quiero pensar que todos los dibujantes pasamos con mayor o menor fortuna. Pero estar ahí fue para mí una inyección de moral enorme que aún resuena, y me permitió por primera vez en mi vida compartir espacio con los autores a los que quería parecerme. Después vinieron muchos fanzines, colaboraciones, cómics institucionales y por encargo, largos períodos de aparente inactividad, la Universidad, publicaciones online y finalmente, ‘Inercia’, que me puso otra vez a la vista. Las páginas de ‘El Víbora’ no tenían ya nada que ver con mis nuevos trabajos. No conseguí parecerme a aquellos autores jamás.

 

Voltio - comic - portadas

 

Doce años después todo había cambiado. En 2016, Ana Oncina y Alex Giménez me invitaron a formar parte de una nueva publicación colectiva a la que estaban dando forma, de nuevo con La Cúpula, y que cristalizaría en la antología semestral ‘Voltio’, que con su recién estrenada tercera entrega acaba de poner punto y seguido a su fugaz pero luminosa vida. En ‘Voltio’, una vez más, he podido compartir espacio con los autores a los que quería parecerme pero, esta vez sí, creo que algo de eso sí que hay. Lo que en ‘El Víbora’ fue para mí circunstancial ha sido orgánico en ‘Voltio’, y me he sentido parte de un grupo extraordinario de autores con los que comparto una especie de afinidad difícilmente comunicable para mí estando dentro, pero que se hace bastante clara puesta en contexto. ‘Voltio’ tiene sentido y criterio, y explica una parte del cómic contemporáneo que, como suele pasar con estas cosas, ha surgido desordenada y dispersa, pero que Ana y Alex han sabido leer y reunir en estos tres volúmenes que son el testimonio de un momento.

 

Tiendo a pensar que los referentes se van volviendo cada vez más minoritarios o aislados, porque internet ha permitido que cada uno pueda componerse un mapa más o menos propio de influencias sin necesidad de que estas sean tendencias aceptadas por los canales tradicionales. Ahora es más fácil ignorar a las grandes figuras de consenso y trazar vías de aprendizaje paralelas o contrarias, y aunque no estoy seguro de tener una opinión clara sobre las bondades o perjuicios de este nuevo escenario, el cambio de modelo es del todo inevitable. En ‘Voltio’, sin embargo, sigue habiendo una cierta coherencia grupal, y dentro de su innegable diversidad parece fluir un hilo conductor que nos conecta a todos. Por ejemplo, la mesura con las piruetas formales. Las viñetas suelen estar ordenadas a la manera ‘oficial’, en estructuras claras y contenidas. O el color no natural y de explícita vocación narrativa, desconectado del objeto figurado pero integrado en la escena narrada. Y el dibujo, autoconsciente y orgulloso de saberse dibujo. Ese es quizás el rasgo definitivo para mí: los cómics de ‘Voltio’ son una celebración de su lenguaje, y sus autores no pierden el tiempo con prejuicios y complejos.

 

Voltio - comic - interior

 

Y aún en este panorama de singularidades apabullantes, es curioso esto que Ana y Alex han conseguido capturar. Nuestros mapas particulares no se encontrarían nunca, y a pesar de todo, ahí está ese hilo conector en el que nos retroalimentamos. El argumento generacional era cierto después de todo.

 

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