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Las dos luces

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 05/07/2017
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Las dos luces

Deambulo. A buen paso, sin darme pena. Camino rápido. El único modo de vencer el insomnio es permitir que sea él quien gane, abandonar la esperanza y las sábanas calientes y salir a la calle sin negociar más. Conozco bien la ciudad, otras veces he dejado el cuerpo en la cama, convenientemente vacío, y he salido por mi cuenta a echar un vistazo, de madrugada. Conozco la ciudad. A las seis está apagada; hoy, algo menos: se acerca el viernes. A las seis y media empieza el cuentagotas. A las siete se activa de golpe: aparecen los coches como si alguien hubiera abierto el grifo. A las siete y media se levantan las verjas de algunas cafeterías.


Quienes las atienden están serios, competentes como sargentos. Cansados. Mucha parroquia es flotante, no hay lazos, reina la displicencia. Una mujer callada atiende la plancha como repasando qué decisiones en la vida la han llevado allí. Su marido esparce cafés sin mirar a nadie. Los rostros son severos, la gente sigue dormida, o va en grupo a una reunión temprana, en cuyo caso alguien habla demasiado alto y los demás recelan. En la terraza la gente fuma, entre resignada y triste, mirando un mar que se imagina y que parece, de todos modos, demasiado revuelto. La gente es más triste por las mañanas. Y más fea también.


Nunca hay más feos que en el metro a las seis. La gente guapa madruga menos; la muy guapa, menos aún. Consigue otros trabajos. Se casa de otra manera. La gente es más fea en las estaciones de autobuses que en las del tren. Y es más guapa en los aeropuertos. Cada vez se nota menos, pero se nota aún. En una terminal de mármol sucio, un señor gordo en bermudas mastica unas patatas de bolsa ocupando dos asientos, mientras una dama canosa y circunspecta remueve, con mejor piel, un té en la sala VIP, con el Financial Times a un lado. Los diarios financieros tienen un suplemento de color normal en el centro para los deportes y los chistes, para los crucigramas y el teatro, una sección que no lee nadie porque no y porque para qué. En casa, los hijos de la dama, que son dos y van a un colegio católico, aunque ya nadie lo sea, y que dan las clases en inglés, usan el suplemento normal para hacer cuentas, para calcular cuánto tendrán cuando su madre se muera, hartos de tanto dibujo y de tanto Ocón de Oro y de tanto frenesí.


El camarero malcarado reconoce a alguien de repente, un barrendero que levanta el brazo desde la calle sin dejar de empujar el carro, y rescata una sonrisa que le devuelve en un segundo toda su humanidad. La mujer sonríe también, más despacio, más cansada; se gira un poco sólo. Las mujeres están cansadas siempre, llegada cierta edad. Inspiran sin darse cuenta, suspiran haciendo ay, miran ese mar revuelto, o un mar en calma de hace muchos años ya. Se han quedado planchando hasta tarde, para evitar el calor y para aprovechar el silencio, se han levantado antes que nadie, van a trabajar al ambulatorio, tienen un niño que suspende, medio tonto, y una niña que, como ellas, se enamora de cualquiera. Se acuerdan de cuando eran guapas y tomaban batidos en el Nevada, de cuando les hacían caso, cuando los demás las veían, y de la mañana que les espera con la joven nueva, tan maquillada, tan choni, a la que toca ayudar; piensan en si tendrán media hora para hacer la compra o si la usarán, mejor, para echar un cigarrillo, uno sólo, en la parte de atrás del hospital, junto al aparcamiento, donde un camino de sol entra en diagonal a las doce, entre el edificio principal y la ampliación de hace cinco años, cuando se hizo tan difícil aparcar. Donde nadie dice nada y todos buscan su mar.


Luego el sol lo invade todo y se deshace el hechizo: la realidad no se ve ni de día ni de noche, hay cosas que sólo se ven, y sólo por el rabillo del ojo, cuando el horizonte titubea, entre las dos luces, cuando el día se asoma o se esconde, cuando todo es una gran sombra y las criaturas secretas no han tenido tiempo de cambiar de piel. El sol acaba con todo y el día se convierte en un día normal. Y de días normales no hablo. Demasiado he dicho ya.

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Anónimo

El 17/07/2017

Grande Rodrigo!!!