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Las victorias de los otros

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 22/05/2017
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Las victorias de los otros

 

Somos lo que somos. No mucho. Así que nos disfrazamos de lo que no para parecer lo que querríamos ser o para justificar lo que no somos. Somos de un equipo, por ejemplo. El equipo no somos nosotros, pero, como no somos mucho –aunque seamos demasiados–, a veces queremos ser ellos (decimos que somos ellos, pero somos lo que somos). Hay equipos que ganan mucho. Con frecuencia, quiero decir. Hay equipos que ganan poco. Equipos de fútbol, por ejemplo (me vale de baloncesto, pero se entiende mejor con fútbol, así que de fútbol, digo). Nuestro equipo gana –por ejemplo– muchas veces. Que es lo que queremos todos. Porque queremos ganar –que nuestro equipo gane, ya que no nosotros–. Según cuál sea el equipo, le da por ganar mucho. Muchas veces. Casi siempre. Según cuál sea, no tanto; así que somos, a lo mejor, de un equipo que gana más veces que otros (menos de las que querríamos) y menos, tal vez, que otros. ¿Ser de un equipo u otro cambia en algo lo que somos? No lo hace. Somos cuanto somos, y no somos un equipo, aunque creamos que sí porque somos poco. Pongamos que nuestro equipo no gana muchas veces, aunque en realidad sí, pero menos veces que otro. Podemos admirar al otro. O envidiarlo. Podemos despreciarlo. Podemos enorgullecernos de no ser como ellos. Si el otro equipo nos gana, ¿agachamos la cabeza, o cantamos bajo la lluvia? Mejor cantar, claro. Siempre. Y bailar. Aunque eso no cambie nada. No cambia nuestra derrota; ni siquiera cambia lo que somos, lo que somos de verdad, aunque nos decimos que sí. Tampoco ganar lo haría. No hay seguidores gallardos que ennoblezcan las derrotas con la alquimia moral de la pertenencia al club correcto. Si una afición salta bajo la lluvia, empapada de derrota, orgullosa de quienes repudió una semana antes, es sólo que ha perdido y trata de que no se note. Si una afición se pone el chubasquero con calma es –puede ser– porque ya ha ganado, porque cree que lo ha hecho con la mente y porque está a otras cosas. Perder bien, como ganar bien, es cuestión de práctica. Cada uno tiene la suya y la tiene en lo suyo. Otro día, la foto (las fotos siempre mienten: congelan la nada y la arrojan lejos de su contexto) sale distinta y los mismos aplauden en casa a quien le mete tres goles. O a un equipo que cae con la cabeza bien alta, un segundo antes de que se la agachen. En otra foto se insulta al último rey caído con sus guantes de portero. No hay aficiones con señorío. No hay aficiones con furia. No hay afición con valores. No hay clubes que sean más que un club. No hay gestas, no hay cielo, no hay infierno. No hay lealtades: la afición ama de mentira al delantero al que de mentira odia cuando falla un gol cantado. Ama un día al héroe que llega a casa hasta que, traidor, deserta. El mediocre exige y pita a quien le dio más alegrías de las que nunca se dará a sí mismo, y repentiza una hidalguía que no tiene. Porque somos lo que somos. Muy parecidos, todos. Somos de quien podemos ser, de quien nacemos o de quien nuestro padre nos dice o prohíbe que seamos. No hay valor sentimental (no hay superioridad moral) que nos arregle ni arregle nada. Queremos ganar. Perdemos. Las dos cosas las hacen por nosotros. Con la sonrisa pintada, improvisamos un traje que haga nuestra imagen tolerable. Ante nosotros, decía. Que no queremos perder. Y nos inventamos las victorias y la luz de las derrotas. Aunque sean de otros.

 

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Anónimo

El 24/05/2017

Partiendo de la base de que el fútbol es algo prácticamente intrascendente a lo que hay que darle la importancia personal que tiene, poca: a quien elige, sí que le define su decisión. Obviamente no hay ninguna diferencia entre aficionados irracionales de diferentes equipos, no obstante, sí que la hay entre quien aplaude a un jugador solo cuando gana, independientemente de su esfuerzo, y quien aplaude a un jugador cuando se esfuerza, independientemente del resultado. Son actitudes diferentes, fruto de elecciones de comportamiento diferentes que se traducen en actos de naturaleza también absolutamente diferente y, por tanto, no pueden juzgarse como lo mismo. No estoy hablando de fanáticos que justifiquen todo para justificarse a sí mismos y para no reconocer las victorias de los otros. De fanáticos que irracionalmente copian lo que ven en su entorno que aleatoriamente puede ser bueno o malo. En ese caso sí serían lo mismo por muy diferentes que fueran sus actos. Estoy hablando de quien sí elige por voluntad propia cómo ser en la vida. Esa gente existe, y existe incluso en algo tan irracional como el fútbol. Esa gente no es exclusiva de ningún equipo ni es tampoco mayoritaria en ninguno, porque por desgracia en la vida lo habitual es copiar lo que ves a tu alrededor y no aplicar tu criterio propio. No obstante sí que hay quien piensa y quien elige lo noble por si mismo, y esa gente está más en unos clubes que en otros, ya que por su propia naturaleza siempre preferirán alejarse de actitudes y aficiones interesadas que solo están ahí porque y cuando el equipo gana y que con frecuencia pitan sin mirar el esfuerzo, y preferirán acercarse a aquellas que están gane o pierda y aplauden el esfuerzo sin mirar el resultado. Y esa gente está, entre otros muchos sitios, entre los que cuando su equipo pierde 3-0, eligen no despotricar de sus jugadores, eligen ayudarles a remontar el siguiente partido animando, y eligen, si no lo consiguen, reconocerles su esfuerzo aplaudiendo bajo la lluvia. Esa gente no puede ser lo mismo que quien en idéntica situación elige pitar, insultar y esconderse después.