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Los círculos de Alton Barnes

Rodrigo Cortés
Por Rodrigo Cortés
El 19/07/2016
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Los círculos de Alton Barnes

 

Doug Bower y Dave Chorley, de 65 y 67 años respectivamente, llevaban casi dos décadas dibujando figuras geométricas en los campos de cultivo de la Inglaterra meridional. Trigo, avena, mijo, cebada... Al principio eran simples círculos de nueve o diez metros de diámetro con que atraer la atención de pirados y charlatanes. Pero cuando un meteorólogo, Terence Meaden –con más tiempo libre aún que ellos–, comenzó a especular con la posibilidad de que los causaran pequeños tornados, Doug y Dave decidieron añadir a los diseños líneas rectas y rectángulos, sólo para frustrarlo. Meaden dejó de buscar explicaciones y Bower y Chorley no dejaron, sin embargo, de darle motivos para encontrarlas, pasando, con soltura, del círculo al dodecaedro, del dodecaedro al código binario y del código binario al apéndice pixelado en forma de garra. Doug y Dave estudiaban mucho. Cuanto más especulaban los cerealistas (pues ese era el nombre que recibían creyentes y estudiosos), más complicaban Doug y Dave sus diseños, para ir al menos un paso por delante de ellos. Unos hablaban de platillos voladores, otros de radiaciones electromagnéticas, otros –los más místicos– de la propia Tierra, que advertía sobre su degradación con un lamento en clave. Doug y Dave frecuentaban los mismos pubs donde los exégetas tallaban sus teorías, y no olvidaban tomar nota de cuanto allí se decía para satisfacer los deseos de la nueva ciencia. Pronto los fractales dejaron de tener secretos para ellos. El código ASCII. La curva de Koch. Las progresiones armónicas. Eran jubilados diligentes con mucha curiosidad y tiempo para saciarla, y nada les gustaba más que ser la causa de una buena consecuencia y la consecuencia de causas que otros, más sabios que ellos, ignoraban.

Aquella noche decidieron, sin plan previo, que sería la última. El final de los círculos del cereal en el sur de Inglaterra. Tomaron una última pinta en el Percy Hobbs de Winchester, en el condado de Hampshire (cerca de Wiltshire, que muchos aún acortan como Wilts), se llegaron en la vieja camioneta de Dave a un trigal en Alton Barnes y se dispusieron a intentar un pictograma de más de 120 metros de longitud y 40 de ancho, su última obra maestra: un figura de base armónica diseñada por Doug, salpicada de polígonos que rompían de forma ordenada la simetría y recordaban al tiempo un circuito impreso y la lírica de Yeats, tal era su belleza, tal su poesía, tal su fuerza.

Trabajaron sin parar toda la noche. A la vieja usanza, sin láser ni ordenadores, como último homenaje a una forma original de genio. Dave se plantó como un poste en mitad del terreno, atado a una cuerda larga cuyo extremo sujetaba su socio mientras caminaba en círculos. Doug aplastaba el cereal con sus viejas botas, ayudándose de un tablón y unas cuerdas cortas para aumentar la superficie de prensado, como llevaba tres lustros haciendo. Cinta de agrimensor, cuerdas, tablones, linterna, brújula... Pasos y más pasos, capacidad de abstracción, experiencia acumulada, un termo lleno de té... Tres horas después, Doug y Dave sonreían satisfechos, sudando la gota gorda bajo las gorras de lana, dispuestos a añadir a su jubilación un segundo retiro, más merecido, quizá, que el primero. Imaginaban cómo se vería el diseño desde el aire, las reacciones de los cerealistas cuando amaneciera, en apenas unas horas. Cruzaron un instante la mirada como viejos zorros acostumbrados al silencio. Doug no podía esconder un aire mohíno: había llegado la hora. Dave se sacó las llaves del bolsillo, algo enredadas en el pañuelo de mano, y las dejó caer sobre el asiento del conductor, dentro de la camioneta. Ya no iba a necesitarlas. Ya no iban a necesitar nada. Se desnudaron meticulosamente y dejaron la ropa doblada sobre el capó, como pulcro testimonio de su ausencia. Caminaron en silencio hasta el más amplio de los círculos, mirando al cielo.

Las luces llegaron por el oeste. Blancas, azules, púrpuras, rojas. Parpadeaban en cadencia regular o se extendían en forma de haces hasta el suelo. Barrían el sembrado con un rastro intangible que se apagó, sin embargo, en un segundo, cuando una enorme sombra ocultó la luna y se hizo, de golpe, el silencio. Un túnel azulado rompió entonces el cielo y cayó, como un pasillo, sobre los cuerpos lacios de los pensionistas, que miraban hacia arriba con indiferencia. Cuando Doug Bower y Dave Chorley se subieron a la nave, preguntándose, acaso, cómo sería regresar a un mundo sin dardos ni cerveza, el pictograma comenzó a emitir un suave pulso que chamuscó la punta de las hebras de trigo y se fundió en un verde fosforescente que tardó diez minutos en apagarse del todo. Mientras tanto, la nave –apenas un punto en la distancia– se perdía, no muy lejos de la Estrella Polar, en la inmensidad del firmamento. En el suelo, sobre el sembrado aplastado, sólo un tablón y las viejas cuerdas quedaron en Wilts para explicar el misterio de los círculos del cereal, aclarado para siempre su fraudulento origen.

Etiquetas: rodrigo cortés cine
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